Vaya fiasco. El Sevilla necesitaba ganar a un Leganés de vacaciones para posicionarse en la lucha por la Champions o, como mal menor, empatar para asegurarse su presencia en la próxima Liga Europa. Lejos de eso, sufrió un soberano repaso a manos del Leganés, que pasó como un ciclón por el Sánchez-Pizjuán y confirmó que la temporada sevillista sólo puede ser ya mala o pésima. Se impone una enmienda a la totalidad en un club cuyo declive es total, desolador e innegable.

La candidatura de Mauricio Pellegrino al banquillo de un conjunto con mayores aspiraciones que el pepinero quedó presentada en una primera mitad primorosa en la que el Sevilla fue laminado. Es verdad que la hiriente falta de calidad del Sevilla cooperó con la causa visitante desde la acción del 0-1, cuando Promes contravino el primer mandamiento del fútbol alevín: no cruzar balones en parcela propia. Óscar interceptó, Braithwaite tocó hacia En-Nesyri y el marroquí la puso en el tragaluz, imposible para Vaclik.

La desventaja tempranera, con ser grave, no era la peor noticia para un Sevilla desquiciado desde el inicio, como si hubiese olido la tragedia desde el vestuario. Más duro que ir perdiendo era comprobar la aplastante superioridad de unos jugadores visitantes más fuertes, más precisos, más inteligentes y, de forma inexplicable, más metido en un partido en el que se jugaba bien poco que un rival que trataba de asaltar la cuarta plaza. Con semejante panorama, el 0-2 caía por su propio peso en un saque de banda mal despejado por Escudero y peor defendido por Navas, al que Braithwaite anuló con un control orientado antes de fusilar al portero checo. Los mazazos noquearon a un equipo local que no reaccionó ya en toda la noche.

Joaquín Caparrós, que había entregado tres cuartos de partido alineando un once liliputiense, equilibró los físicos con la entrada de Gonalons, aún en la primera mitad, y de Vázquez en el descanso. De este modo, el sevillista terminaba con la sangría -aunque Silva rozó el tercero en un contragolpe-, pero no resolvía el problema de la creación, ya que la primera ocasión seria no llegaba hasta el cuarto de hora final, cuando Bryan Gil ensayó un zurdazo desde el borde del área que se topó con el travesaño. El Leganés había vivido cómodo hasta los minutos finales gracias a un trío de centrales que no tenía ni para el aperitivo con los menudos Munir y Ben Yedder. La cacareada pegada del Sevilla es puro cartón-piedra y el efecto Caparrós, una hoguera de papelillos. Aquí sólo hay ya mediocridad y agoramiento.

Para completar la humillación, Óscar marcó el tanto que se había venido mereciendo toda la noche, tras castigar la enésima pérdida de Escudero y aprovechar la siesta que se echó en el punto de penalti Mercado, que habilitó a Braithwaite. El ariete danés, un tanto y dos asistencias, dio una lección a un Sevilla mortecino que agradecerá los tropiezos de sus rivales en la pelea por la segunda competición continental. Un repaso a la plantilla confeccionada en este bienio de ausencia de Monchi dicta que el trabajo que el técnico de San Fernando tiene por delante es colosal. Sirve muy poco de lo que hay, casi nada, e incluso la proverbial exigencia de la grada ha degenerado en inexplicable conformismo. Estos tíos se han cargado la «jangá».




Fuente: La Razón

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