En Italia nadie tiene dudas ya de que Konrad Krajewski es el purpurado más atípico que ha visto pasar en años el colegio cardenalicio del Vaticano. El polaco, jefe de la casa de limosna del Papa, pasa las noches repartiendo comida entre los desfavorecidos que viven cerca de San Pedro, a quienes conoce por su nombre. No viste como un cardenal y rechaza cualquier protocolo de poder o jerarquía, incluido el apartamento al que tenía derecho por su cargo. Pero este fin de semana, Krajewski llevó varios grados más allá su lucha contra las injusticias sociales saltándose incluso la ley para entrar la pasada noche a un edificio ocupado de Roma en el que viven 450 personas (con 100 niños) y reactivar la corriente eléctrica, embargada desde hacía una semana. Un gesto del que piensa asumir las consecuencias, ha dicho, y que ya ha desatado los ataques del ministro del Interior, Matteo Salvini. Un paso más en la lucha que mantiene el Vaticano contra las políticas migratorias del Gobierno populista de Italia.

Krajewski, que se fotografió con las familias a las que ayudó a recuperar la luz, se ha convertido en un héroe popular. «El Robin Hood del Papa», lo han bautizado los medios italianos. El problema, sin embargo, es que el edificio en cuestión llevaba ocupado meses y la factura de la luz, según el propio Salvini, rondaba los 300.000 euros. El inmueble se encuentra en la vía Santa Croce in Gerusalemme, cerca de la basílica de San Juan de Letrán. Los habitantes del lugar llevaban varios días manifestándose contra el corte, algo que debió de atraer la atención del purpurado que acudió al lugar para dar algunos regalos a los niños. Krajewski, que antes de convertirse en sacerdote a los 25 años había sido electricista, advirtió a su llegada de que si al anochecer la compañía eléctrica no había restablecido la luz, lo haría él mismo. Y así fue.

Alrededor de las ocho de la tarde, el cardenal, un hombre austero y completamente ajeno a la pompa principesca del cargo, accedió a la sala de contadores, cerrados con precinto por las autoridades, y reactivó la corriente, asumiendo la responsabilidad ante la policía y la compañía distribuidora, ACEA. «Intervine personalmente para reactivar los contadores. Ha sido un gesto desesperado. Había más de 400 personas sin electricidad, con familias, niños, sin ni siquiera la posibilidad de encender los frigoríficos», señaló luego ante el asombro de los periodistas.

La acción del cardenal no es un caso aislado y vuelve a pone de relieve la lucha soterrada que existe entre los movimientos de ultraderecha y el Vaticano en el tema de la inmigración. El domingo, de hecho, un grupo de militantes neofascistas se fue hasta la plaza de San Pedro con una pancarta en la que se comparaba al Papa con el general Badoglio, que firmó el armisticio con los aliados en 1943 y es considerado por este tipo de formaciones fascistas como un traidor.

Más extraño fue que se enzarzase en la pelea también el ministro del Interior, Matteo Salvini, que desafió al limosnero a pagar los recibos atrasados. «Cuento con que si ha reactivado la corriente de un edificio ocupado en Roma pague los 300.000 euros de facturas atrasadas», dijo en un acto electoral. «Sobre derechos y deberes, creo que todos vosotros pagáis las facturas con sacrificio (…) Si alguien es capaz de pagar los recibos de millones de italianos con problemas económicos, me hace feliz», lanzó.

Las diferencias entre Salvini y el Papa, que nunca le ha recibido en el Vaticano, vienen de lejos. Ha habido declaraciones veladas y gestos en direcciones opuestas. Pero últimamente empiezan a tener un nuevo capítulo casi cada semana. Hace menos de un mes, un cura se embarcó en una de las naves de salvamento de una ONG que patrullan en el Mediterráneo —que ahora ha sido embargada por las autoridades italianas— con el permiso de las autoridades eclesiales italianas (conviene recordar que el Papa es el obispo de Roma). Un desafío clarísimo al cierre de puertos a este tipo de naves que lleva a cabo el Gobierno italiano. Sucede por mar. Pero también por tierra.

La semana pasada, un grupo de vecinos y militantes del partido fascista CasaPound se fueron hasta el barrio de Casal Bruciato y se concentraron en la puerta de la casa de una familia de gitanos que había recibido un piso de protección oficial. Pretendían que fueran expulsados y montaron una protesta violenta para desalojarlos. La alcaldesa de la ciudad, Virginia Raggi, se fue hasta ahí en un gesto insólito para defender la legalidad y tuvo que salir escoltada. Mientras tanto, Salvini se dedicó a equiparar a los gitanos a ladrones, traficantes de droga y vagabundos para justificar la ira de la gente. La respuesta del Vaticano fue, de nuevo, inmediata. 

El Papa invitó a esa familia al día siguiente a una oración en el Palacio Apostólico y se refirió a lo sucedido. «Hoy leí cosas malas en el periódico y sufro, porque no es civismo. El amor es civismo. Los ciudadanos de segunda son aquellos que rechazan a la gente y viven con una escoba en la mano para expulsar a los otros». Salvini, por supuesto, respondió diciendo que solo había invitado a los gitanos más elegantes a ese encuentro.




Fuente: El país

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