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El realismo mágico de la otra Frida


Salir de la zona de confort para crecer artísticamente. Una práctica que llevan a cabo un montón de artistas y que, si no se hace bien, tiene el riesgo de fracasar. Hace tres años, Natalia Lafourcade se coronaba en los Grammy americanos y en los latinos como una de las figuras más importantes de la música latinoamericana. La culpa la tuvo «Hasta la raíz», un álbum estupendo y el cuarto en solitario de su carrera, donde la cantautora folk-pop de Ciudad de México demostraba que el pop comercial podía escapar del aburrimiento y de la falta de ideas. Con ese disco se ponía en el pelotón de cabeza de las herederas de Julieta Venegas; el gran faro del pop mexicano de calidad que ilumina el camino a la fama de todas sus compatriotas. Como ella, Lafourcade ha prestigiado estos últimos años la música de su país que se puede escuchar en las radios y que triunfa en las listas de éxitos, algo conseguido sin bajar el listón de excelencia. Tras la colección de Grammys podría haber apostado por penetrar aún más en el «mainstream» suavizando su pop de autor, impresionista, cercano y lleno de matices, pero no fue así. La mexicana tomó el camino menos acomodado, siguiendo la norma apuntada al principio de este texto de ponerse en problemas para avanzar como intérprete. Y es que, con el mono de trabajo puesto y con ganas de hacer algo nuevo en su carrera, en poco menos de un año ha publicado un fantástico díptico homenaje a la música latinoamericana. Proyecto que llevó en secreto durante un tiempo por miedo al rechazo de su núcleo duro de confianza –existía el peligro de que lo vieran como un autosabotaje de su carrera–, los dos volúmenes de «Musas» (un homenaje al folclore latinoamericano en manos de Los Macorinos) repasan de forma libre –y a la vez también respetuosa– la herencia de la música tradicional y popular de la América Latina. Lo hace entremezclando composiciones ya conocidas, con temas propios; canciones que la artista compuso inspirada por los clásicos que iba redescubriendo y que han acabado teniendo una vida poderosísima (a veces es difícil distinguir entre las versiones y los temas nuevos).

En compañía de «Las musas»

La cantante mexicana ha recuperado originales de Violeta Parra, Frank Domínguez, Agustín Lara (a quien ya dedicó un disco homenaje en 2012), María Grever y Álvaro Carrillo. El trabajo de redescubrir a esas figuras es importantísimo; primero porque vuelve a poner luz sobre ellas, y segundo porque se las descubre a una audiencia joven. Una de las características de estos dos trabajos (el segundo apareció hace solo unos días) es que, como si se tratara de una novela de Laura Esquivel o de un cuadro de Frida Kahlo, están impregnados del folklore, de las gentes y del realismo mágico propios de la América Latina (hay citas a Chile, Costa Rica, Cuba y, claro está, México). Algunas de las canciones nuevas son el producto de sueños (uno en concreto dio origen a «Rocío de todos los campos», tema que recuerda la figura de la artista mexicana Rocío Sagón, amiga personal de Lafourcade), revisitan leyendas fantásticas de manera conmovedora (esa reinterpretación del romance tradicional de «La llorona»), o dan voz al pueblo («Un derecho de nacimiento» parte de una serie de tuits de fans de Lafourcade que criticaban a la corrupta clase política mexicana). Otra de las características clave del proyecto de «Musas», cuyo primer volumen se alzó con un Grammy Latino, es su naturaleza de trabajo colaborativo. Además de la banda habitual que la acompaña en directo se ha rodeado de Los Macorinos y de tótems de la música latinoamericana como Eugenia León y Omara Portuondo (ambas participan en «Desdeñosa», una de las mejores canciones de «Musas»).




Fuente: La razon

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