Pocos en el barrio de Kesselstadt creen que la matanza racista atribuida al alemán Tobias Rathjen la noche del pasado miércoles en dos cafés de la ciudad de Hanau frecuentados por inmigrantes fuera un acto improvisado. Apuntan a la pintada que el presunto asesino de diez personas, nueve de ellas de origen extranjero, hizo en un túnel que conecta una escuela muy próxima a su domicilio —a menos de cinco minutos a pie— con el bloque de viviendas donde se encuentra el Arena Bar & Café, el segundo local atacado y donde murieron cinco de sus víctimas.

El grafiti fue rápidamente tapado con pintura gris por la policía, pero los vecinos enseñaban este viernes en sus móviles fotos de la pintada original: una dirección web —ya desactivada— con el nombre de Rathjen. Llevaba semanas en ese muro rodeado de murales infantiles, aseguran los vecinos. También dicen que aunque Rathjen no se prodigaba mucho por esa zona, pese a la cercanía de la casa de sus padres, donde vivía últimamente y donde presuntamente se suicidó tras matar a su madre, había ido unos días atrás a comprar agua al mismo local que acabó atacando. La grabación de una cámara de seguridad del Arena Bar revelada por la revista Focus también muestra dentro del local, el 15 de febrero, a un individuo que parece el asesino, vestido con un chaquetón verde y un gorro azul con los que también grabó algunos de los vídeos racistas que dejó como legado.

El grado de premeditación de la masacre, así como el estado psicológico de Rathjen —o incluso, como creen en su barrio muchos, la posibilidad de que contara con un cómplice— son cuestiones que aún investiga la policía. Busca cualquier pista que ayude a comprender lo incomprensible: qué llevó a un hombre de 43 años que hasta entonces no había disparado las alarmas de las autoridades a empuñar un arma, coger su coche y dirigirse hasta dos bares shisha (pipas de agua) para matar al máximo número de personas posible antes de volver a su casa y quitarse la vida, según los primeros indicios. El fiscal federal, Peter Frank, dijo ayer que Rathjen contactó en noviembre con la fiscalía. Dijo que conocía “una organización secreta de inteligencia que se estaba infiltrando en los cerebros de la gente para apropiarse de ciertas cosas y controlar los asuntos del mundo”. Pero no se detectaron señales del odio racista que supuestamente lo llevó a cometer la matanza.

Parte de esas respuestas podrían encontrarse en el domicilio de los Rathjen. La Helmholzstrasse, la tranquila calle donde se encuentra la vivienda unifamiliar adosada de los padres de Tobias y adonde este había vuelto a vivir hace seis meses, continuaba ayer siendo tratada como una escena del crimen. Para pasar, el cartero que repartía con su bicicleta el correo en las casas vecinas se veía obligado a levantar las cintas de demarcación de la policía, que también vigilaba estrechamente que nadie se acercara hasta la casa de los Rathjen, al final de una de varias hileras de modestas viviendas idénticas.

Pocos vecinos —algunos de origen turco, como parte de las víctimas— hablan y, de ellos, ninguno tiene nada amable que decir de una familia que, a pesar de llevar años instalada en el barrio, no se prodigaba. Al hijo “lo veíamos a veces de pasada, pero nunca estuvimos seguros de quién se trataba porque apenas se dejaba ver. Tampoco veíamos nunca a la madre”, cuenta Andreas Kupferer, que vive en la misma calle. El más conocido era el padre, un hombre que “tenía aterrorizados a los vecinos” con sus amenazas constantes por una disputa con los cubos de basura. “Era una familia muy retraída, no mantenían contacto con nadie. El chico nunca saludaba a nadie, eran muy cerrados”, coincide Hannelore Schilling, que viene cada día a cuidar a una amiga anciana que vive en la misma línea de casas que los Rathjen. Ella está convencida de que el padre, que permanece retenido pero sobre el que las autoridades no han vuelto a hablar, fue de alguna forma el “instigador” de las acciones atribuidas a su hijo, que dejó un confuso manifiesto en el que expresa opiniones profundamente racistas. “El viejo era un radical, nadie lo quería. Odiaba a los extranjeros, sobre todo criticaba a los turcos. Y trataba muy mal a su mujer”, afirma Schilling.

Desempleado

El presunto asesino, que creció en la región —la prensa local publicó ayer una foto de un instituto local del Tobias adolescente, en 1996—, estudió Administración de empresas y había vivido en Múnich, pero desde comienzos de 2019 estaba en el paro. Soltero y con apenas algunas relaciones pasajeras en su haber, a mediados de ese año volvió a casa de sus padres, cuenta Schilling.

Una imagen de Tobias Rathjen, en 1996. ALEX GRIMM GETTY IMAGES

Aunque “el chico”, como lo llama, “no trabajaba, tenía un gran BMW”, el coche con el que presuntamente cometió la matanza. También lo utilizaba para ir al Diana Bergen-Enkheim, el club de tiro en las afueras de Fráncfort del que era socio desde 2012 y donde practicaba con las armas que había comprado legalmente por Internet. Tampoco saltó allí ninguna alarma. Era “un tipo más bien tranquilo” que nunca llamó la atención, aseguró el presidente del club, Claus Schmidt, al diario Hanau Post. “Nunca hizo ningún comentario xenófobo” ni se comportaba de manera diferente con los socios de origen extranjero. Hasta que decidió salir a matar a los que eran como ellos.




Fuente: El Pais

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