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El Princesa de Asturias de las Letras distingue al poeta polaco Adam Zagajewski | Cultura


El poeta, novelista y ensayista polaco Adam Zagajewski, en Madrid en 2014.

El poeta y prosista polaco Adam Zagajewski ha sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, acordado este mediodía por el jurado, reunido en el hotel de la Reconquista de Oviedo. El jurado distingue a un creador que contribuye, “de manera extraordinaria y a nivel internacional, al progreso y bienestar social a través del cultivo y perfeccionamiento de la creación literaria en todos sus géneros”.

Adam Zagajewski suele decir que todo gran poeta vive entre dos mundos —el tangible y el imaginario, el de la historia y del de los sueños— y que de los acuerdos y desacuerdos entre ambos surgen, tras “arduas negociaciones”, los poemas. Zagajewski no lo dice de sí mismo, pero en pocos casos es tan cierto como en el suyo. Toda su vida ha sido una pura dicotomía, desde el principio. Si la ciudad polaca en la que nació en 1945, Lvov, pertenece actualmente a Ucrania, su infancia transcurrió en Gliwice, un “lugar gris” de la Silesia alemana que Polonia se anexionó al final de la segunda guerra mundial, igual que la URSS se había anexionado Lvov.

Zagajewski es, de los pies a la cabeza, un fruto de la posguerra. Primero un desplazado y luego un exiliado. En 1982 se instaló en París para recalar en Cracovia veinte años después, tras ejercer como profesor en diversas universidades en Estados Unidos. Todavía, de hecho, sigue vinculado a la de Chicago.

Miembro de la llamada Generación del 68 (o de la Nueva Ola), el autor de títulos como Comunicado (1972) o Carta. Oda a la mayoría (1982), es un destacado continuador de una lírica, la polaca del siglo XX, que ha dado a las letras universales dos premios Nobel —Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska— y a punto estuvo de darles un tercero: Zbigniew Herbert. Como ellos, y tras debutar con una poesía “airada, política, dirigida contra el sistema”, Zagajewski ha sabido conjugar en sus versos la ironía y el éxtasis, lo sublime y lo cotidiano, sin renunciar a la claridad pero tampoco al misterio. No es casual que uno de sus libros de ensayos se titule Solidaridad y soledad. Así arranca el poema Autorretrato, escrito en 1997: “Entre el ordenador, el lápiz y la máquina de escribir / se me escapa medio día. Algún día sumará medio siglo. / Vivo en ciudades extranjeras y a veces con personas / extranjeras hablo sobre cosas que me son extrañas. / Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich. / En ella encuentro tres elementos, fuerza, debilidad y dolor. / El cuarto no tiene nombre”.

Idilio con España

El Premio Princesa de Asturias es parte del idilio de Adam Zagajewski, que es tan gran prosista como poeta, con las letras españolas y con España. Si el pasado 18 de mayo ofreció una lectura de sus poemas en la Residencia de Estudiantes, sus libros hace años que no faltan en las librerías: incluido pronto por Antonio Beneyto en su selección de 16 poetas polacos (Libros del Innombrable, 1998), Pre-Textos publicó en 2003 En la belleza ajena, un libro a medio camino entre el diario y las memorias. Dos años más tarde, el poeta Martín López-Vega preparó para la misma editorial la antología Poemas escogidos, tal vez la mejor puerta de entrada al escritor recién galardonado. Con todo, al traductor Xavier Farré y a la editorial Acantilado debemos el grueso de las versiones de Zagajewski publicadas en España. En ese sello pueden encontrarse poemarios como Tierra del fuego, Deseo o Antenas y brillantes muestra de sus memorias y ensayos como En defensa del fervor, el citado Solidaridad y soledad y el imprescindible Dos ciudades.

Ese libro, que arranca con los tragicómicos recuerdos infantiles de Zagajewski, se cierra con una nota sobre William Blake que parece otro autorretrato: “¿De veras la inocencia es algo que perdemos como la infancia, de una vez para siempre? ¿Acaso no podemos perder también la experiencia? La experiencia es un tipo de conocimiento. Y no hay nada más frágil que los conocimientos (…) No es nada seguro que la experiencia llegue la última. La inocencia sigue a la experiencia, y no al revés. Una inocencia más rica en experiencia, pero menos rica en seguridad en sí misma. Sabemos muy pocas cosas. Por un segundo entendemos algo y pronto olvidamos o traicionamos ese momento. La que llega la última es la inocencia, la amarga inocencia del ignorante, del que hace preguntas sin respuesta, del que se desespera y no puede saciar su curiosidad”. La amarga inocencia del ignorante insaciable. Se diría que está hablando de un poeta.

El jurado del galardón ha estado integrado por: Félix de Azúa Comella; Xosé Ballesteros Rey; Xuan Bello Fernández; Blanca Berasátegui Garaizábal; Juan Cruz Ruiz; Luis Alberto de Cuenca y Prado; Álex Grijelmo García; Manuel Llorente Manchado; Carmen Millán Grajales; Ángeles Mora Fragoso; Carme Riera i Guilera; Ana Santos Aramburo; Sergio Vila-Sanjuán Robert; Darío Villanueva Prieto; Juan Villoro Ruiz y José Luis García Delgado (secretario).

Se presentaron 38 candidaturas de 23 nacionalidades para optar por el galardón. El de las Letras es el sexto de los Premios Princesa que se falla en esta XXXVII edición de 2017. Con anterioridad, han sido galardonados William Kentridge (Artes), Les Luthiers (Comunicación y Humanidades), Hispanic Society of America (Cooperación Internacional), la selección de rugby de Nueva Zelanda (Deportes) y a la pensadora británica Karen Armstrong (Ciencias Sociales).

El acto de entrega de los Premios Princesa de Asturias, dotados cada uno con 50.000 euros y la reproducción de una escultura diseñada por Joan Miró, se celebrará en octubre, en el Teatro Campoamor de Oviedo, en una ceremonia presidida por los reyes.

Un poema de Zagajewski

“Soñé con mi antigua ciudad,
Hablaba la lengua de los niños y de los humillados (…)
Y entonces oí unas palabras de todo diferentes:
‘Pero los milagros existen, no todos creen en ellos,
Pero los milagros ocurren…’. Y al despertarme,
Cuando salí lenta y penosamente del búnker de aquel
sueño
Entendí que allí todavía duraban las disputas,
Que todavía no se había solucionado nada…”.
(de Mano invisible, Acantilado)




Fuente: El país

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