Cuando se dice que el Brexit no tiene precedentes, en realidad no es del todo cierto, aunque la verdad es que se remontan a hace quinientos años. Entonces Enrique VIII rompió con Roma como Londres se dispone a hacerlo con Bruselas, con muchos argumentos similares a los que se utilizan ahora, y también con consecuencias económicas y sociales equivalentes a las que se vaticinan para las próximas décadas.

Aunque el motivo del monarca Tudor era la disolución de su matrimonio con Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena, a fin de tener de su lado al pueblo, puso en marcha una gran campaña propagandística sobre la opresión del Papado, en la línea de la “recuperación de la soberanía” y del “control de nuestras leyes, nuestras fronteras y nuestro dinero” que fue el lema de los partidarios de la salida de Europa en el referéndum, y que Theresa May ha hecho suyo para intentar implementar su resultado.






Enrique VIII sentó las bases del nacionalismo inglés que cinco siglos después es uno de los motores de la retirada

Con Enrique VIII y la Reforma nació la teoría de la “excepcionalidad inglesa”, de que Inglaterra (Escocia estuvo al margen, igual que ahora) es diferente y mejor que los países del continente, una convicción que eventualmente desembocó en la expansión colonial, la construcción del imperio y la creación de una identidad como potencia mercantil. En la era isabelina, Londres estableció una cordial relación con el sultán otomano Murat III, y desplegó delegaciones comerciales por todo el norte de África y el Oriente Medio, en lugares como Raqa y Alepo.

Igual que ahora los brexiters consideran aberrante la supeditación a los tribunales europeos y las contribuciones a los presupuestos de la Unión Europea, Enrique VIII hizo aprobar las llamadas leyes de Supremacía que abolieron “todos los usos, normas y costumbres extranjeras”. Y de la misma manera que Bruselas no ha querido saber nada de volver a abrir el acuerdo de Retirada en el tema de las garantías sobre la frontera irlandesa como demandaba Theresa May, el Papado se negó entonces a concederle una dispensa especial para casarse con Ana Bolena, porque ya había hecho una excepción para autorizar su matrimonio con Catalina de Aragón, y una excepción a la excepción era demasiado.





El primer Brexit estuvo financiado por la expropiación de los monasterios y tierras de la Iglesia (una cuarta parte del total que había en el país), unos estímulos fiscales y unas políticas de inversión keynesianas –de antes de que John Maynard Keynes hubiera nacido– que Theresa May no podría aplicar hoy en día ni aunque quisiera. La economía creció con la ayuda de refugiados protestantes y hugonotes venidos de la Europa continental (la inmigración también jugó entonces un papel destacado), y Londres registró una enorme expansión. También se incrementaron las diferencias entre el sur y el norte del país, donde mucha gente dependía del papel de la Iglesia como benefactora, y se registraron rebeliones sofocadas con facilidad.

El segundo Brexit todavía tiene que dar muchas vueltas, y lo mismo ocurrió con el primero. Tras la muerte de Enrique VIII en 1547, Eduardo VI le dio un aire más teológico, afianzando la imposición del protestantismo. En cambio, la reina María I buscó una aproximación a Roma, que demandaba la devolución de las propiedades que le habían sido arrebatadas y una compensación económica (el equivalente de la factura de divorcio de más de 40.000 millones de euros negociada entre Londres y Bruselas). Isabel no pudo impedir que se sentaran las bases de la guerra civil.





Así como Theresa May es criticada como una pésima negociadora (aunque es cierto que desde una posición muy débil), Enrique VIII jugó con extrema habilidad sus bazas para transformar la identidad política de Inglaterra, fomentar el nacionalismo que todavía quinientos años después es uno de los motores del Brexit, y establecer el trasfondo emocional para la Reforma y la estigmatización de Roma, y aprovechar la coyuntura para establecer un régimen autoritario por encima fe la democracia parlamentaria, y presentarse a sus súbditos como cabeza de la Iglesia en lugar del Papa, y representante de Dios en la tierra.

Los brexiters prometieron en la campaña del referéndum una bonanza sin precedentes, pero hasta ahora lo único que ha habido es contracción económica, fuga de empresas y reducción de la inversión. El Brexit del siglo XVI provocó hambruna, autoritarismo y depresión. Y lo mismo que el de ahora, recurrió al populismo y se enfrentó a una organización supranacional, sólo que Roma en vez de Bruselas. Eran otros tiempos, y Enrique VIII lo tuvo más fácil que Theresa May.








Fuente: LA Vanguardia

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