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El plan de China para superar a Silicon Valley

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En 1992, el líder reformista chino Deng Xiaoping emprendió su famoso viaje al sur, que marcó la senda de las reformas de mercado e hizo de esta región una de las claves del milagro chino. Casi tres décadas después de aquel periplo, con el país ya convertido en la segunda economía mundial, las autoridades comunistas han vuelto a depositar sus esperanzas de crecimiento en esta región sureña, donde quieren desarrollar un centro tecnológico, financiero y académico capaz de competir con otras grandes cunas de la innovación como Silicon Valley, Nueva York o Tokio.

Hace tiempo que la innovación tecnológica dejó de ser un tema exclusivo de Silicon Valley, que ve como muchas
start-ups
optan por ciudades chinas para albergar sus centros de investigación y crear núcleos tecnológicos que atraen capital y talento a partes iguales.





Para liderar esa trasformación, que tiene como meta convertir a China en la mayor potencia en innovación tecnológica para el año 2050, las autoridades Pekín se han convertido en el segundo país del mundo en inversión I+D. En el 2017, el país gastó 370.600 millones de dólares en este apartado, más que el doble de Japón, y tan sólo fue superado por EE.UU., que destinó 476.000 millones a esta partida. A su vez, esto propicia que la primera y segunda economía del mundo acojan a más del 80% de las start-ups mundiales, algo que deja a Europa descolgada en esta carrera por la innovación.


Shenzhen, el semillero tecnológico chino, ya alberga a gigantes como Huawei, Tencent, DJI o Xiaomi

Como suele ser habitual en China, el plan de la llamada Área de la Gran Bahía maneja cifras de vértigo. Según dio a conocer recientemente la agencia Xinhua, el proyecto planea la integración de los territorios semiautónomos chinos de Hong Kong y Macao con otras nueve grandes ciudades de la provincia de Cantón, incluyendo las metrópolis de Shenzhen y Cantón. En total, una superficie del tamaño de Croacia en el que residen unos 70 millones de personas y con un producto interior bruto (PIB) combinado que lo situaría, de contar como país independiente, entre las 15 primeras economías mundiales.





De acuerdo con los once capítulos del proyecto, cada uno de los núcleos urbanos tendrá un rol predominante basado en sus fortalezas actuales. Así, Hong Kong conservará su condición de centro financiero y comercial y contribuirá a la investigación a través de sus renombradas universidades; Macao, la reina de los casinos en Asia, se afianzará como un núcleo turístico y de comercio con los países de habla portuguesa; Guangzhou tendrá un papel de liderazgo como capital provincial; y Shenzhen, el semillero tecnológico chino que ya alberga a gigantes como Huawei, Tencent, DJI o Xiaomi, seguirá cultivando su papel de centro innovador y tecnológico.

El plan también recoge la creación de varias incubadoras tecnológicas, el afianzamiento de los vínculos comerciales, financieros e industriales, la protección del medio ambiente y la seguridad energética y la integración territorial a través de nuevas infraestructuras, algunas de las cuales ya han sido inauguradas en los últimos ­meses. Es el caso de la línea de alta ­velocidad entre Hong Kong y Guangzhou o el puente sobre el mar más largo del mundo, que une Hong Kong con Zhuhai y Macao, dos costosísimos proyectos que cuentan con una legión de críticos.


El proyecto crea dudas entre los sectores más democráticos de Hong Kong






Pese al aparente atractivo, muchos analistas señalan que este plan, que se espera que esté definido para el 2022 y sea una realidad en el 2035, es más bien un proyecto simbólico. Algunas voces apuntan a las dificultades a las que esa integración económica se enfrentará dado que en la región conviven diferentes sistemas legales, fronterizos, de divisas e impuestos. “Será necesario reducir una gran parte de la burocracia relacionada con el transporte, las aduanas y la inmigración para que de verdad sea fácil que personas, bienes y dinero se muevan por esta zona”, señaló Martin Chorzempa, investigador del Instituto de Economía Internacional Peterson, a la BBC.

El proyecto también crea dudas entre los sectores más democráticos de Hong Kong que se preguntan cómo afectará esta futura integración al un país, dos sistemas por el que se rige la ciudad desde que volvió bajo soberanía china en 1997. Este principio, pactado por Pekín y Londres cuando la ciudad era colonia británica, le otorga más derechos y libertad en asuntos políticos, económicos y legales que los que goza la China continental. “La prosperidad de Hong Kong se basa en el reconocimiento mundial de su autonomía con respecto a China”, señala la economista Yue Su.





Sin embargo, la jefa del Ejecutivo local afín a Pekín, Carrie Lam, le quita hierro al asunto. “El Gobierno central nunca me ha dicho que haga esto o lo otro, pero nos han dado una dirección, un marco y una oportunidad que Hong Kong puede aprovechar”. Con una economía estancada y un mercado inmobiliario con el precio por metro cuadrado más alto del mundo, muchos como ella ven en la Gran Bahía una vía que facilitará la movilidad de los residentes y que la ciudad se redefina como parte de un centro tecnológico de talla mundial. “Se trata de derribar muros entre ciudades durante los primeros años. Por eso este documento es muy importante”, apuntó en una nota Andrew Collier, de la firma Orient Capital Research.








Fuente: LA Vanguardia

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