Uncategorized

El pizzero que escribía para Raphael


«La moto es un lugar estupendo para escribir», asegura Jorge Marazuela (Ávila, 1986). Pero no piensen que se refiere a una Harley tipo Easy Rider por la costa de California, sino de una scooter ruidosa como el demonio de la flota de Telepizza, en cuyo asiento Marazu escribía canciones que registraba en la memoria, canciones de cuatro quesos y pizzas que a menudo se pasaban cuatro estaciones del destino por estar pensando en estribillos. Las pizzas llegarían templadas pero los versos le salieron redondos. «Recuerdo estar cambiándome en casa para ir a trabajar cuando veo que en el programa de Teresa Campos está Sergio Dalma cantando una de mis composiciones», cuenta el artista sobre un periodo precario y gozoso. «Imagínate. Pero pude presentarle a mi madre a Sergio Dalma. Poco después me dijeron que Raphael había elegido otro de mis temas para su siguiente disco». Más tarde llegarían otros para Mara Barros y Pasión Vega, y tiempo para publicar dos álbumes, porque Marazu no es ningún recién llegado. Su talento y su falta de prejuicios no han pasado desapercibidos para Universal, que le ha fichado para editar «Lumínica», álbum de rock, sí, de rock en español, que aparecerá en septiembre, pero que el próximo 25 de julio presenta en los matinales del Universal Music Festival.

Coplas, cumbia y jotas

La familia de Marazu es muy musical, «aunque no había discos de Bob Dylan, sí que había de Miguel Ríos, Raphael o Enrique Urquijo. Mi padre era cantante de orquesta y por eso desde niño escuché de todo: también pasodobles, coplas y cumbias», explica. Con 3 años iba a clases de música, luego estudió trompeta en el conservatorio. No tenía plan B. Sólo había una cosa que Jorge quisiera hacer en la vida. «En mi casa siempre me apoyaron. Quizá mi madre alguna vez me insinuaba que necesitaba una alternativa. Mi padre, en cambio, no. Creo que de alguna manera yo estaba intentando cumplir su sueño», explica. Marazu se educó en la libertad para disfrutar por igual de Julio Iglesias y del rock americano. Aunque hay que decir que sus canciones suenan más a esto último. «Sí, pero cuando me surge la oportunidad de grabar con Raphael, pensé en mi abuela, lo feliz que la haría. Y si esto se acaba en tres años y me pongo a trabajar en Mercadona, se lo contaré a mis nietos. He aprendido que en la música nada sucede porque sí. Y mucho menos los que aguantan décadas y que algunos consideran artistas banales», explica Marazu con la nobleza del que se define como un «músico de provincias», de un pueblo demasiado grande para su código postal, Blascosancho (Ávila), enclavado en la enorme llanura castellana. «A veces parece un poco como el paisaje del country… Cuando estuve en México de gira, reconocí mi pueblo en el paisaje».

Igual que los asturianos, vascos o andaluces rescatan su folclore, en Castilla comienza a revertirse la idea de que las jotas no molan. Fetén fetén o los Hermanos Cubero lo han hecho también. «He incluido una jota rara, con sintetizador, en el disco. Es extraña, pero estoy orgulloso de ella. Es como cuando Camarón hablaba de la pureza. Él la tenía dentro, pero quería llevarla a otra parte». Marazu intentó vivir en Madrid pero aquí todo va demasiado deprisa o demasiado despacio. Vive mejor en Ávila. Ha atravesado un momento feliz («he escrito demasiadas canciones tristes») y lo plasma en los temas de su nuevo álbum, del que se puede escuchar un adelanto de cinco cortes en acústico. «He explorado la poética de unas sensaciones positivas que raramente había tratado. Es un reto, porque resulta más fácil escribir de lo que va mal», apunta. «Sólo espero seguir teniendo necesidad de hacer canciones y que salgan, que no se seque la fuente». Y no volver a ponerse el polo de Telepizza. «Si es necesario, lo volveré a hacer».




Fuente: La razon

Comentar

Click here to post a comment