La longitud correcta, las huellas de sangre, la marca… Todo cuadra. Keith Melton lleva décadas coleccionando artefactos relacionados con el mundo del espionaje. Ha recopilado más de 7.000 pero ninguno le costó tanto hallar como el arma con que el comunista catalán Ramón Mercader realizó el asesinato del siglo. Desde el domingo, el piolet más famoso del mundo estará expuesto al público en Washington. Tras muchas investigaciones, no tiene ninguna duda sobre autenticidad del arma que acabó con la vida de Leon Trotsky.

“Es la pieza original”, afirma categórico Melton junto a la vitrina en que se expone el arma en la nueva sede del museo del Espionaje, al que ha cedido toda su colección. La historia de la pequeña hacha es tan fascinante y convulsa como la de la operación que condujo al asesinato de Trotsky en la casa de Coyoacán (México) en que se había refugiado supuestamente lejos de la mano asesina de Stalin después de vivir un tiempo con los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo. En el pasado, al menos dos coleccionistas han proclamado tener el piolet. Vendedores de todo el mundo se lo habían ofrecido. Pero “sus historias se derrumbaban enseguida, pocos la conocen bien”, afirma Melton.





Keith Melton lleva décadas coleccionando artefactos relacionados con el mundo del espionaje
(Beatriz Navarro)

A él le ha obsesionado durante décadas y cuando se enteró de que Alicia Salas, una mujer mexicana, aseguraba haberlo tenido bajo su cama durante 40 años y estaba dispuesta a venderlo, el coleccionista fue rápidamente a verla. ¿Cómo llegó hasta ella el artefacto? Según una carta en poder de la familia, fue un regalo de sus compañeros cuando se jubiló. Antes, según otro documento, había estado expuesta en un pequeño museo de criminología de la policía mexicana.

Las negociaciones con Salas duraron tres años. “Pedía una cantidad ridículamente alta de dinero. Al final me puse de acuerdo por otra cantidad ridículamente alta de dinero”, afirma Melton, que prefiere no revelar cuánto pagó. Tres datos le convencieron de su autenticidad. En primer lugar, su longitud, doce pulgadas (el tamaño original debía de ser de 32 pulgadas, pero la recortaron para poder ser ocultada bajo la chaqueta de Mercader).

“Esto podría saberse porque era público pero lo que no se sabía era su marca, porque estaba sólo en el dossier policial”, que fue robado pero del que hay algunas copias, explica. En el reverso de su mortal filo puede leerse ‘Werkgen Fulpmes’, el nombre del fabricante del piolet, un modelo que sólo se fabricó un año en Austria y del que se conservan pocas unidades.





Para llevar a cabo la prueba definitiva, Melton contactó con un forense exagente del FBI que fotografió el objeto en la misma posición que en la imagen de 1941. La original era gran calidad y, ampliada, permite apreciar perfectamente los restos de sangre. Con un programa informático de análisis de imágenes, determinaron que las huellas de sangre estaban exactamente en la misma posición. “No digo que sea absolutamente imposible de falsificar pero me cuesta mucho imaginar cómo podría haberse hecho” con esa precisión. Melton hizo pública la adquisición en el 2017.


El coleccionista Keith Melton pagó una elevada suma a una mujer mexicana que lo guardó durante 40 años

Llegados a este punto, la pregunta inevitable es si se ha verificado que la sangre era realmente de Trotsky. Sus descendientes, la familia Volkov, no quiere colaborar con él. A Salas le ofrecieron hacerse las pruebas de ADN, cuenta, pero sólo a condición de que si el resultado era positivo donara el arma al museo que existe en la casa de Trotsky. “No íbamos a aceptar formar parte del negocio de aquella mujer”, declaró hace un par de años Esteban Volkov, nieto del líder revolucionario ruso. Salas prefirió sacar dinero por él y allí se acabaron los contactos.





A través de sus investigaciones, Melton, autor de varios libros sobre historia del espionaje, cree haber resuelto el misterio de por qué el asesino utilizó el piolet y no el cuchillo o la pistola que se había procurado para ejecutar sus planes por encargo de Stalin. Ramón Mercader y su madre, Caridad Mercader, eran en realidad el ‘plan B’. El plan original se había confiado a David Alfaro Siqueiros, un afamado artista muralista que había luchado en la Guerra Civil española.

El 24 mayo de 1941, Siqueiros sobornó a uno de los guardias e irrumpió a tiros en la casa de Trotsky acompañado por dos decenas de mexicanos medio ebrios vestidos de policías. Dispararon cientos de balas pero Trotsky y su familia sobrevivieron. Tras el fallido atentado, la seguridad de Trotsky decidió instalar una cerradura eléctrica a la valla intermedia entre el patio y la sala de espera de la casa que se controlaba a distancia desde una torre, explica Melton. Su asesino lo sabía.

Colección en el Museo del Espionaje
Colección en el Museo del Espionaje
(Beatriz Navarro)






Mercader, que se hacía llamar Jacques Mornard Vandendreschd y decía ser hijo de un diplomático belga, había dedicado dos años a conquistar a la trotskista Sylvia Agaloff, hermana de la secretaria del líder comunista, lo que le permitió a su vez ganarse poco a poco la confianza de este. Con la excusa de que le corrigiera un artículo, el 21 de agosto de 1941 entró en su residencia. Fuera, en un coche, le esperaban su madre y el amante de esta, Leónidas Eitingon, jefe de la unidad.

“La misión que le habían encomendado era matarlo y huir. Si hubiera usado la pistola, habría alertado a sus guardaespaldas, que estaban en la habitación de al lado. El cuchillo habría sido letal pero no una muerte silenciosa. Como experto alpinista, Mercader pensaba que podía matarlo de un golpe seco en la nuca”, razona Melton, que obtuvo la información de una hija de Eitingon, el líder del comando asesino, con la que a lo largo de los años ha trabado amistad.

En el momento de asestar el golpe, Mercader cerró los ojos. Trotsky intuyó algo, porque se movió ligeramente. Quedó gravemente herido pero gritó y logró retener a su agresor. El líder de la revolución bolchevique, convertido en el máximo enemigo de Stalin, moría 26 horas después como consecuencia de las heridas.





“Creo que podemos decir que fue el asesinato del siglo. A nivel global, su impacto en los medios superó al del asesinato del presidente Kennedy”, afirma Melton.

En el flamante nuevo edificio del ‘Spy Museum’, a una manzana de la explanada del ‘mall’ de Washington, se exponen también las gafas rotas que llevaba aquel día el comunista catalán, condenado a 20 años de cárcel, así como el reloj de oro que la URSS regaló en 1965 con su nombre de guerra, Raymond, grabado en el reverso en reconocimiento por sus servicios. Tras salir de la cárcel en México, el camarada Ramon Ivánovich López vivió un tiempo en la Unión Soviética y luego en Cuba, donde falleció en 1979. Cuando estaba a punto de morir, su mujer le preguntó si tenía miedo. “No, pero todavía le oigo gritar”. ¿A quién? “A Trotsky. Todavía le oigo gritar y sé que me está esperando al otro lado”, se cuenta que dijo Mercader.








Fuente: LA Vanguardia

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