El último temor que el monje budista gay y maquillador profesional Kodo Nishimura tenía respecto a su identidad sexual quedó superado cuando su maestro le dijo que el mensaje más importante del budismo es que «la salvación es igual para todos».

Compaginar la austeridad de la vida monacal con la exuberancia del maquillaje, los tacones y los trajes de princesa sí le era posible, porque en Japón muchos monjes budistas ejercen otra profesión aparte de su dedicación religiosa, y se visten de manera distinta a los tibetanos. «Tu carrera de maquillador y tus ropas brillantes no te impiden ayudar a los demás y enseñarles que todos somos iguales. Debes tener confianza en tu vocación de monje», asegura Nishimura que le dijo en su momento su tutor.

Nishimura con la candidata española a Miss Universo, en 2018 en Bangkok (Tailandia). K. N.

Hoy, Nishimura es un conocido experto maquillador de reinas mundiales de belleza y, al tiempo, da conferencias conferencias sobre religión y homosexualidad. «El papel de la religión no es limitar el potencial de las personas, sino ayudarlas a ir mas allá de sus limites», explica el monje budista en un inglés fluido que salpica con palabras en español, idioma que aprendió en repetidos viajes a España y gracias a las conversaciones frecuentes que mantiene con el que define como su mejor amigo, un barcelonés llamado Sergio que, como él, tiene 31 años. Emplea en español los términos «maricón» y «reinona» para explicar cómo al escuchar sus equivalentes en japonés sentía un fuerte complejo de inferioridad en su adolescencia.

A los 18 años se fue a estudiar arte a Estados Unidos y se dio cuenta del respeto que inspiraban allí profesionales de éxito que habían salido del armario. Eso lo animó, pero luego le entró ansiedad por las diferencias de sus rasgos faciales. «Mis ojos me parecían muy pequeños», dice, antes de calificar de hito en su vida la coronación de la japonesa Riyo Mori como Miss Universo en 2007.

Estudiando el rostro de Mori, se dio cuenta de que la sombra y el delineador agrandaban los ojos e intensificaban la mirada. Empezó a experimentar con su cara y se matriculó en el Make-up Designory, una escuela de Los Ángeles. Envió un correo a una maquilladora japonesa de la miss universo y se ofreció como asistente. Fue aceptado. Cinco años estuvo haciendo méritos hasta que se hizo su lugar en el circuito de los reinados mundiales.

Su padre y su madre también son monjes y Nishimura creció en un templo del centro de Tokio perteneciente a la secta Jōdo, una de las variaciones del budismo más practicada en Japón, fundada en el siglo XII. Por recomendación materna estudió budismo. Hoy, vive en el templo familiar y su rutina incluye impartir clases de su religión, que considera un credo inclusivo, y las alterna con sesiones de maquillaje de modelos para portadas de revistas.

Acaba de publicar un libro cuyo título en castellano equilvadría a «Libre y honesto. Vivir como la persona que quiero ser», en el que incluye relatos autobiográficos y cuestiona la vigencia en la vida actual de algunos valores tradicionales. Ha sido invitado a dar conferencias en la universidad de Yale, en las Naciones Unidas en Nueva York y aparece en el programa Queer Eye de Netflix como consejero espiritual de un chico angustiado por la discriminación sexual.

Su afinidad con todo lo hispano la confirman una colección de elegantes chaquetillas de estilo torero, decenas de seguidores hispanohablantes en Instagram y una excepcional admiración por Ángela Ponce, la mujer transexual que representó a España en el certamen de Miss Universo de 2018, a quien tuvo oportunidad de maquillar en Bangkok (Tailandia). «Me siento muy orgulloso de haberle podido decir que yo también hubiera querido ser Miss Universo y que ella era la realización de mis sueños».




Fuente: El país

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