Qué ha sido del poder, durante muchos años prácticamente omnímodo, que llegó a acaparar CiU? Desde la ruptura de la federación el 2015, por las diferencias entre los socios sobre el proyecto de independencia, el espacio que durante casi treinta y siete años habían compartido Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) y Unió Democràtica de Catalunya (UDC) ha quedado fragmentado en un sinfín de siglas y grupos que no sólo han perdido la fuerza conjunta que tenían,
sino que han desconcertado a su propio electorado sobre el reparto de la herencia política, que muy pocos consiguen distinguir dónde y cómo ha quedado. Es el que podríamos llamar el escenario posconvergente, desintegrado en al menos ocho nuevos espacios, tan empequeñecidos como irreconciliables. Un auténtico microcosmos.





La descomposición se ha producido especialmente en el campo de CDC, pero no de forma exclusiva. El de UDC también la ha sufrido. El caso más evidente de todos es el del PDECat, surgido de la refundación de CDC el 2016 y, como tal, descendiente directo del histórico partido de Jordi Pujol, filtrado a través de Artur Mas, pero su nacimiento y su existencia han sido y son tan traumáticos que pocos le reconocen como el auténtico depositario de su herencia, sea por exceso o por defecto sobre todo en relación a la asunción del ideario de la independencia y a la defensa de un determinado modelo de sociedad.


La descomposición se ha producido tanto en el campo de CDC como en el de UDC y nada indica que se haya frenado

La consecuencia es que los descontentos por esta sucesión mal resuelta han impulsado, con Carles Puigdemont al frente y otros nombres procedentes de sectores distintos del catalanismo –UDC, ERC, PSC, ICV…–, nuevos espacios sobre el papel más transversales, desde Junts per Catalunya (JxCat) –donde también están integrados los independientes de Junts per la República– a la Crida Nacional per la República, que pretenden corregir las carencias del PDECat y hacerse con la hegemonía del independentismo. Y el resultado de momento es el conflicto permanente entre ellos, con el partido que ahora comanda David Bonvehí en el ojo del huracán y las perspectivas de futuro menos halagüeñas de todos. De hecho, son pocos los que apuestan por su supervivencia.





Un espacio mucho menor de la antigua CDC han aspirado a ocuparlo las marcas que ya de entrada se distanciaron del que en teoría era el relevo oficial: Convergents, de Germà Gordó –aunque en este caso tras un breve paso por el PDECat–, y Lliures, de Antoni Fernández Teixidó, la primera más democristiana y la segunda más liberal, pero hasta ahora las dos sin apenas éxito. El futuro de la primera estará muy vinculado a la suerte del exconseller de Justícia, que está imputado en la causa del 3% de presunta financiación irregular de CDC, y el de la segunda, de la que también forma parte el segmento de la extinta UDC encabezado por Roger Muntañola, dependerá del resultado de su participación en la candidatura del exprimer ministro francés, Manuel Valls, a la alcaldía de Barcelona, que en la práctica le sitúa en la órbita de Cs.


El elector tradicional está desorientado y no sabe a qué siglas corresponde el voto que antes tenía muy claro

El resto de la herencia de la formación de Josep Antoni Duran Lleida, desaparecida el 2017, se la han repartido sus críticos de siempre, los Demòcrates de Catalunya de Antoni Castellà, que han ligado su destino al de ERC, y la que sería la línea oficialista, Units per Avançar, que de la mano de Ramon Espadaler ha optado por caminar junto al PSC –en la que podría considerarse como la mejor expresión de la llamada sociovergencia que en su momento nunca llegó a cristalizar– y a la vez solicitar el ingreso en el Partido Popular Europeo. Un ejercicio de malabarismo propio del espíritu convergente de las mejores épocas. Y en esta parcela está asimismo en construcción una plataforma que se propone aglutinar transversalmente al catalanismo moderado para competir de forma directa con el independentismo en las elecciones catalanas, pero que no se dará a conocer hasta después del actual ciclo de generales, municipales y europeas, y cuya cara pública más visible es de momento Eva Parera, antigua portavoz de UDC hoy en las filas de Units per Avançar, que personalmente, además, respalda también el proyecto de Manuel Valls y formará parte incluso de su lista.





El resultado de tanta fragmentación es que el electorado tradicional de CiU, que tantas mayorías absolutas le dio, está hoy, en el mejor de los casos, desorientado, sin saber exactamente a qué siglas corresponde el voto sobre el que antes no tenía la más mínima duda. Ahora, en cambio, no son pocos los que no se reconocen en ninguna de las nuevas ofertas electorales y los que cada vez que tienen que enfrentarse a las urnas se preguntan, y preguntan, dónde están “los suyos”. Y el caso es que la mayoría no lo sabe.


La historia

La historia al revés

El camino de fragmentación que está recorriendo actualmente el antiguo espacio de CiU es exactamente el contrario que siguió cuando se fraguó y que le llevó después a la cúspide. Fue aquel un proceso de suma, tanto entre CDC y UDC (1978), a pesar de que las diferencias internas estuvieron siempre a flor de piel, como dentro de CDC, que durante los años en que fue pal de paller del catalanismo, en definición de Jordi Pujol, tuvo notable capacidad de atracción de otros espacios menores. Entre ellos absorbió, por ejemplo, la Esquerra Democràtica de Catalunya (EDC) de Ramon Trias Fargas (1978) y las distintas escisiones de ERC que se iban produciendo en aquellos tiempos: desde la Esquerra Catalana (EC) de Joan Hortalà (1993) hasta el Partit per la Independència (PI) de Àngel Colom (2000), a pesar de que la formación se había disuelto formalmente un año antes. Y ya en los tiempos de Artur Mas se le acercó el Reagrupament de Josep Carretero, con el que firmó convenios de colaboración y que participó incluso en la fundación del PDECat, pero que en realidad ha llevado siempre vida aparte.








Fuente: LA Vanguardia

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