Hedonista confeso, propietario de restaurantes y viñedos, coleccionista, viajero… También amigo de tiranos, evasor fiscal, presunto violador, y sin duda, un gigante del cine. Con unas 200 películas a sus espaldas, y a sus 70 años, Gérard Depardieu acrecienta día a día su fama de enfant terrible. Ahora, un documental titulado
El hombre sin límites
emitido en la cadena francesa BFMTV retrata en todas sus desmesuradas facetas al protagonista de Cyrano de Bergerac.

“Ogro”, “monstruo sagrado”, “gigante” son algunos de los calificativos que amigos, compañeros de rodaje, periodistas y familiares utilizan para definirle. El actor se ha negado a participar en este documental que repasa su vida desde su infancia en Châteauroux, la ciudad en la que creció junto a sus cinco hermanos en una familia muy humilde, donde, según cuenta su hermano mayor, Alain Depardieu, la palabra “amor” no se oía nunca.





Depardieu fue analfabeto hasta bien entrada la pubertad, y antes de comenzar la larga marcha hacia la fama, un informe psiquiátrico que le diagnosticaba una “hiperemotividad patológica” lo dispensaba del servicio militar. Con el tiempo, esa hiperemotividad seguro que le ayudó como actor, pero también lo condujo por senderos marginales: se ganó la vida vendiendo tabaco, alcohol y droga de contrabando introducida en Francia por militares norteamericanos, llegó a ser chulo y guardaespaldas de prostitutas, y él mismo se prostituyó con hombres.


El intérprete, diagnosticado de “hiperemotividad patológica”, tiene un pasado marginal

Cuando llegó a París para estudiar teatro, la pareja de cineastas Agnès Varda y Jacques Demy le dieron su primer trabajo honesto, como canguro de sus hijos. Depardieu tardó una larga década en imponerse como gran actor, hasta que rodó Les valseuses (Los rompepelotas, 1974), de Bertrand Blier, junto a Patrick Dewaere y Miou-Miou. A partir de ahí, ha trabajado con los maestros del cine francés: Truffaut, Godard, Pialat, Resnais… y directores internacionales, como Ridley Scott (Cristobal Colón). La gloria y la fama nunca han sido obstáculo para que este gigante protagonice todo tipo de escándalos, como orinar en la cabina de un avión, pegar a un paparazzo en Italia y a un automovilista en París… Él mismo se ha calificado como alguien cansado “de la norma, de los calibres, de los modelos” y aboga por la “violencia del exceso”. Excesos como la presunta violación y agresión sexual de que lo acusó el pasado agosto una actriz de 22 años, que el actor niega.

Tras su primer matrimonio con la actriz Élisabeth Guignont (madre de sus dos primeros hijos), Depardieu vivió diez años con Carole Bouquet. “Gérard es la vida misma, eso no quiere decir que el día a día sea fácil, pero he vivido momentos prodigiosos”, dijo de él. La muerte de su hijo Guilleume en el 2008 a los 37 años, de una neumonía fulminante, fue un duro golpe para Depardieu, aunque no se llevaban bien. Con 56 años, el actor conoció a Clémentine Igou, su actual novia.

Siempre excesivo, el actor siente fascinación por déspotas de todo pelaje: Fidel Castro; el presidente de Chechenia, Ramzan Kadyrov, o el dictador bielorruso Alexandr Lukashenkoy. A estas amistades peligrosas se sumó Kim Jong Un el pasado septiembre, cuando Depardieu visitó Corea del Norte.





A finales del 2012, Depardieu renunció al pasaporte francés y a su tarjeta de la seguridad social, un desamor patrio motivado porque estaba harto de pagar “tantos impuestos”. Un año antes se había instalado en Néchin (Bélgica), con tasas más suaves. Tras las críticas de sus compatriotas, escandalizados por su exilio fiscal, Putin puso en sus manos un pasaporte ruso. Depardieu, amante de Tolstói y Dostoyevski, vive en Saransk, capital de la república de Mordovia. “Está fascinado por la cultura rusa, por todos sus excesos”, cuenta en el documental su amigo Jean-Pierre Castoldi.

Como actor, es tan grande como vago. “Lleva un auricular en los rodajes. Es demasiado perezoso para aprender”, comenta el cineasta Bernard Blier en el documental. Polémicas aparte, Depardieu tiene pendientes de estreno siete películas. En una de ellas, C’est extra, aparece en un dúo improbable con el escritor Michel Houellebecq, otro enfant terrible.








Fuente: LA Vanguardia