Hubo un tiempo en el que, además de cuatro amantes, otros tantos aviones, un yate o una red de casas en diferentes playas, el Chapo se montó un zoológico.

En el boom del tráfico de cocaína, a principios de los noventa, la finca de su mansión en la ciudad mexicana de Guadalajara disponía de unas instalaciones en las que coleccionaba tigres, leones, panteras, cocodrilos o ciervos.

Incluso construyó un pequeño tren para disfrutar de sus animales, según uno de sus colaboradores, el arrepentido Miguel Ángel Martínez, el mánager.

Cuando se está en la cresta de la ola no se piensa en la marea baja. Poco se podía imaginar entonces Joaquín Guzmán Loera, conocido como el Chapo por su escasa estatura, que décadas después, cumplidos los 61, sería el gigante de un show de atracción mundial desde un tribunal de Nueva York.





Sexo, drogas a toneladas, corrupción de presidentes –que si 100 millones a Enrique Peña Nieto…– y funcionarios trajeados o de uniforme, lujo –viajes a los casinos de Macao o a Suiza para tratamientos de rejuvenecimiento–, fiestas, negocios sucios a gran escala –por tierra (furgonetas, camiones, túneles, cargamentos legales de pimientos), mar (barcos, submarinos) y aire (una flota de aeronaves)–, matanzas entre bandas, brutalidad, traición y espectaculares fugas de la policía y de un par de cárceles. El mito.

Demasiados ingredientes para no condimentar un novelón de no ficción en el Macondo del Triángulo de Oro de sustancias varias.

Ahí está el Chapo, “enjaulado” como una fiera más en el banquillo de los acusados, en el juicio del siglo contra la leyenda del narcofolklore –¿el Robin Hood de Sierra Madre?– o, simplemente, uno de los máximos proveedores internacionales de estupefacientes, como jefe del cartel de Sinaloa, y criminal despiadado, capaz de enterrar a un rival vivo tras pegarle un tiro en la cabeza o de ordenar la muerte de un colaborador por negarle el saludo, por no darle la mano.

Pequeño pero matón, dijeron 13 antiguos socios o empleados, que se han convertido en cooperadores del Gobierno de Estados Unidos, en el estrado de los testigos.

Toda “una fantasía”, aseguró el principal abogado defensor, Jeffrey Lichtman, en su apelación “al corazón” de los miembros del jurado en el cierre de su informe final, el pasado jueves. Les invitó a “aferrarse a sus dudas” a la hora de decidir su veredicto –la deliberación empieza mañana–, porque la Fiscalía “confía en un desfile de arrepentidos que mienten, roban, engañan, venden drogas y matan”.

Si la Fiscalía, que pide la perpetua por una decena de delitos, ha presentado 56 testigos, la defensa, uno: media hora. El propio Chapo declinó hablar. La acusadora Andrea Goldbarg insistió en “la avalancha de pruebas” contra un hombre que se enriqueció con no menos de 14.000 millones de dólares inundando EE.UU. de veneno.





Frente a la argumentación de Lichtman, la Fiscalía desclasificó ayer documentos. En uno se relata cómo sus ayudantes facilitaban al Chapo niñas de trece años, a 5.000 dólares, a las que ponía “cosas” en la bebida para que se rindieran a sus encantos. A estas menores él las calificaba de sus “vitaminas”, porque decía que tener sexo con ellas reverdecía su juventud.

En las filas del público, por la sala 8-D del tribunal federal de Brooklyn, han desfilado abogados interesados en el enorme despliegue de la fiscalía y la interpretación de los defensores, curiosos de las causas judiciales de renombre o turistas –les llaman “narcoturistas”–, en busca de experimentar en directo emociones cinematográficas en el plano de la realidad. Se han dejado ver Alejandro Edda, el actor que encarna al Chapo en Narcos: México en Netflix –“me ha mirado y me he sentido intimidado”– o Eric Newman, productor y guionista de esa serie. Ningún lugar mejor para su inspiración.

Los espectadores en el territorio del juez Brian Cogan han ido cambiando. Salvo un grupo de periodistas y Emma Coronel, de 29 años, la esposa del “señor Guzmán”, que, excepto contadas excepciones, día sí día también a lo largo de once semanas –38 jornadas efectivas de vista oral–, se ha sentado en el segundo banco, el reservado para los familiares. Ha asistido con gesto inexpresivo. Ha escuchado impertérrita que su marido, tras torturar a dos rivales del cártel de los Zetas hasta dejarlos “como muñecos de trapo”, les pegó sendos tiros y ordenó que los quemaran “hasta que no quede ni un hueso”.





Ni se inmutó al escuchar el testigo que la implicó a ella en la construcción del túnel que facilitó la última huida carcelaria del Chapo (julio del 2015) o las grabaciones que hizo Christian Rodríguez, experto que encriptó sus comunicaciones y luego pasó a colaborar con el FBI, clave en la localización del acusado, en el que se constatan negocios y relaciones con otras mujeres. Tampoco pareció afectada por la comparecencia de Lucero Sánchez y su explicación de cómo escapó junto al Chapo (desnudo) del acecho de la DEA (agencia federal antidrogas de Estados Unidos).

“Hablo de años de convivir con él. No me pueden vender otra versión de Joaquín y, aunque hace tiempo que no tenemos contacto, mi esposo sabe lo mucho que lo quiero y siempre contó, cuenta y contará conmigo”, recalcó Coronel en una carta publicada el viernes en su Instagram. “Todo lo que se habló de Joaquín para mí no cambia de ninguna manera la forma que tengo de pensar de él”, añadió.

El “gerente” Martínez confesó que aún sufre de ansiedad. No olvida que, ya encarcelado, lo intentaron matar dos veces. En la segunda sobrevivió a un ataque con granadas. Supo que iban a por él al escuchar a unos mariachis entonar el corrido Un puño de tierra, el preferido del Chapo, al que le salió la supuesta alimaña que lleva dentro.





“…Lo que pasó en este mundo

no más el recuerdo queda

ya muerto voy a llevarme

no más un puño de tierra…”.








Fuente: LA Vanguardia

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