Francia siempre se ha reivindicado, con la modestia conocida, como responsable del redescubrimiento de El Greco a mediados del siglo XIX, cuando el rey Luis Felipe creó la galería de pintura española en el Louvre, en la que figuraron nueve obras del pintor cretense. Desde esas salas fascinaría a los grandes nombres de la época, como Baudelaire o Delacroix. Manet viajó hasta Toledo para exponer su retina a esos colores eléctricos, mientras que Cézanne lo convirtió en su comendador particular y llegó a copiar su Dama del armiño como homenaje. Más tarde, sus enigmáticas composiciones causaron sensación en el Salón de Otoño que se celebró en 1908 en el Grand Palais, seis años después de la gran muestra que le dedicó El Prado.

Más de un siglo después, el artista anteriormente conocido como Doménikos Theotokópoulos regresará al escenario de esa consagración parisina. El Grand Palais inaugura este miércoles una de las mayores exposiciones dedicadas al pintor en la historia, con 69 obras del Greco sobre un total de 73 préstamos. No alcanzan a los más de 100 que concentró la muestra celebrada en el Museo de Santa Cruz (Toledo) en 2014, en el cuarto centenario de su nacimiento. Pero esta retrospectiva sobresale por la calidad de sus lienzos y el nivel de las tesis, a cargo del comisario Guillaume Kientz, que hasta enero ejerció de jefe de pintura española en el Louvre, coproductor de la muestra, antes de ser nombrado conservador de arte europeo en el Kimbell Art Museum de Fort Worth (Texas). La principal es que la obra del Greco parece contener el código fuente de la modernidad: su repetición obsesiva de unos mismos motivos, en un afán perfeccionista e insaciable, tendrá una influencia indudable en los lenguajes pictóricos del siglo XX, del impresionismo al pop art.

Proceso de aprendizaje

Las primeras salas de la muestra, que se verá hasta el 10 de febrero, relatan su aprendizaje. La exposición arranca en Venecia, donde El Greco deja atrás el arte bizantino para convertirse en un pintor plenamente renacentista e italiano, pese a no terminar de encontrar su lugar. Después hace escala en Roma, donde probará suerte como miniaturista, bajo el influjo de Giulio Clovio y como única alternativa viable: ni se le daba bien el fresco ni era suficientemente famoso para recibir encargos de envergadura. Y termina con su llegada a Toledo, donde obtiene el favor de los círculos reales y eclesiásticos. El primer pasillo desemboca en una sala bañada en la luz de la que cuelgan, como pálidos espectros, sus retratos españoles: los que dedicó a Hortensio Félix Paravicino, al caballero de la Casa de Leiva, a Antonio y Diego de Covarrubias o al cardenal Niño de Guevara, préstamo excepcional del Metropolitan de Nueva York. La exposición no cuenta con ninguna aportación del Museo del Prado, que no atendió la petición de tres cuadros de El Greco solicitados por el Louvre y el Grand Palais, coproductores de esta exposición. El comisario Guillaume Kientz solicitó Una fábula (1580), La huida a Egipto (1570) y La Trinidad (1577). El museo madrileño alegó que ningún lienzo podía salir de sus salas en 2019, año del bicentenario.

La exposición pasa revista a sus primeros encargos: La anunciación (del Thyssen madrileño), El sueño de Felipe II (del Monasterio de El Escorial), El expolio (de la Alte Pinakothek de Múnich) o La asunción de la virgen (del Art Institute de Chicago, donde la muestra recalará en 2020). Con su lenguaje pictórico consolidado, El Greco crea a partir de un catálogo de temas y tipologías recurrentes. Emprende un trabajo sobre la repetición, hilo conductor de una exposición que ve en ese método una profecía de la modernidad. Según Kientz, ese gusto por lo serial anuncia “la técnica impresionista, la obsesión de Cézanne por la montaña de Sainte-Victoire y la de Picasso por el rostro femenino”. En la muestra, muy partidaria del ejercicio comparativo, dos retratos de María Magdalena y otras tantas composiciones de la agonía de Cristo, una llegada de Worcester y otra de Budapest, describen a un pintor que nunca parece satisfecho con el resultado.

La puesta en escena de la muestra también es atípica. Parece tener lugar en la nave central de una catedral en desuso donde las paredes hubieran sido pintadas de blanco nuclear, solución por la que también optó la muestra de El Prado en 2014, que subrayó su actualidad colgando sus obras junto a las de maestros modernos sobre una especie de cubo blanco. “He querido exponer al Greco como si fuera Picasso, Miró o Bacon”, reafirma Kientz. Sobre ese fondo incoloro, sus personajes parecen seres fosforescentes, enchufados a la corriente eléctrica. El último lienzo, La apertura del Quinto Sello, otro préstamo del Metropolitan, es el más tardío, enigmático y extemporáneo. “El cuadro que Picasso verá en el taller de Zuloaga”, recuerda el comisario. Cuando uno lo observa de soslayo, parece distinguir en sus siluetas a las prostitutas del maestro malagueño y a las bañistas de Cézanne, los estudios coloristas de Delaunay y los tonos primarios de Mondrian.




Fuente: El Pais

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