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El Gobierno de Merkel cierra filas ante las incertidumbres europeas


Europa mira en estos tiempos a Alemania con perplejidad. El liderazgo interno de la otrora todopoderosa canciller, Angela Merkel, está cada vez más desdibujado, lo cual tiene algunas repercusiones en la fortaleza germana en la esfera internacional. Y, sin embargo, Alemania y Francia –con un presidente, Emmanuel Macron, también en horas bajas en su país– firmaron hace dos semanas el tratado de Aquisgrán, un nuevo acuerdo de cooperación bilateral que, pese a su escaso contenido práctico, envía a la UE un poderoso mensaje francoalemán de compromiso europeísta ante los populismos ultranacionalistas que pululan por el continente.

El Gobierno de gran coalición de conservadores y socialdemócratas, trabajosamente negociado por Merkel y el SPD tras un impasse de meses después de las elecciones de septiembre del 2017, cumplirá en marzo un año, con la voluntad de unos y otros de agotar la legislatura hasta el 2021. Para lograrlo, en términos filosóficos y existenciales las miradas están puestas en las elecciones europeas del 26 de mayo, en las que todos los países de la UE medirán el alcance de sus respectivos partidos ultraderechistas.





Pero en términos de permanencia política, el objetivo principal de los partidos de la gran coalición es rearmarse para las elecciones regionales de Brandemburgo, Sajonia y Turingia, que se celebrarán en septiembre y octubre. En estos tres länder del este del país, el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) tiene fuerte implantación y aspira a ampliarla.


Más que las elecciones europeas, preocupan los comicios de otoño en tres länder del este

Si esa triple cita con las urnas no resulta ser fructífera para los partidos del Gobierno federal, podría haber consecuencias. En el último trimestre del año 2018, los flojos resultados obtenidos en dos elecciones regionales por los socialcristianos bávaros (en Baviera) y de los ­democristianos (en Hesse) desencadenaron los procesos de renovación de liderazgo en ambas formaciones. Merkel anunció que no se presentaría a la reelección como presidenta del partido, y lo mismo hizo el entonces líder socialcristiano, Horst Seehofer, ministro del Interior del Gobierno federal.

La nueva líder democristiana, Annegret Kramp-Karrenbauer, conocida como AKK, y el nuevo líder socialcristiano, Markus Söder –presidente de Baviera–, se proclamaban juntos la semana pasada como die Mitte (el medio, el centro), ese lugar mágico que, en todos los países, suele dar la victoria a los partidos. Con esos dos relevos, no queda ningún miembro del Gobierno que sea líder de su partido, pues la presidenta del SPD, Andrea Nahles, ya ni entró en el Ejecutivo. Esta circunstancia es también indicativa de la debilidad de este Ejecutivo.

Con todo, y pese al perfil discreto que mostró en el reciente foro de Davos, Merkel, que lleva 13 años en el poder, nunca debe ser subestimada. “La canciller está aún en una posición muy fuerte, especialmente porque su confidente más cercana, Kramp-Karrenbauer, fue elegida presidenta del partido”, sostiene Thorsten Faas, politólogo de la Universidad Libre de Berlín. Según ­Faas, también Andrea Nahles, presidenta del SPD y jefa de su grupo parlamentario en el Bundestag, está muy implicada como líder política.






Reproches al Estado alemán por resistirse a gastar pese a su enorme superávit

“Hay que tener en cuenta que los partidos, con sus apuestas sobre personas concretas, intentan ser percibidos no sólo como parte de la coalición de gobierno, sino también como órganos independientes con su propio personal –alerta Faas, especialista en procesos y campañas electorales–. En términos de competición y discurso, esto es definitivamente bienvenido”.

En realidad, el clima de tensión interna entre los socios de Gobierno ha amainado en las últimas semanas. En la espinosa cuestión migratoria, que en el último semestre del 2018 fue excusa para querellas salvajes entre la familia conservadora (la democristiana CDU de Merkel y la socialcristiana CSU bávara), reina ahora la paz. Se debe sobre todo a que la CSU se percató en las elecciones de Baviera de que perdía votos al emular el agresivo discurso antiinmigración de la AfD.

Contribuye también a esa menor tensión en el Ejecutivo la caída objetiva de solicitudes de asilo en Alemania desde el pico máximo del 2016, que fue resultado de la apertura de fronteras a los refugiados auspiciada por Merkel en el verano del año anterior. En el 2016 hubo 745.545 solicitudes de asilo, y el año pasado, 185.853 (véase el gráfico).





En medio de esta madeja política, se entretejen para este Gobierno los dilemas económicos, y en concreto la inquietud por la ralentización del crecimiento. Según datos provisionales de la Oficina Federal de Estadística (Destatis) –las cifras definitivas se sabrán el 14 de febrero–, en el 2018 el PIB alemán aumentó un 1,5%, cuando en el 2017 y el 2016 el aumento fue del 2,2%. Ha sido su peor dato en cinco años.


Zanjadas las querellas entre Merkel y sus socios bávaros por la política de asilo

Estas cifras sobre crecimiento –descorazonadoras al tratarse de la primera economía de Europa– se combinan con otro récord de excedentes en el erario público, un asunto casi embarazoso para muchos alemanes, sentados sobre un montón de millones de euros que el Estado se resiste a gastar. El superávit público, que incluye los tres niveles de la administración (Ayuntamientos, länder y Estado federal) más la Seguridad Social, fue en el 2018 de 59.200 millones de euros.

Instituciones y economistas de todo el mundo, alemanes incluidos, llevan años acusando a este país de invertir poco. Pero en materia presupuestaria hay también divergencias en el seno del Gobierno. El ministro de Finanzas, el socialdemócrata Olaf Scholz, dijo a inicios de enero en una entrevista en el diario Bild que se habían acabado los “fette Jahre” (traducible por “años de vacas gordas”); que los tiempos en que el Estado recaudaba más impuestos de lo esperado ya han quedado atrás, y que no cuenta en el futuro con otro superávit como el del 2018. Mientras, el ministro de Economía, el democristiano Peter Altmaier, llama a una “política industrial” y a una bajada de impuestos que haga a Alemania más atractiva. “Ahora es el momento de estimular el crecimiento”, declaró recientemente al rotativo económico Handelsblatt.





El rumbo que tomarán es todavía difícil de predecir, según el politólogo Thorsten Faas. “Cuando el socialdemócrata Olaf Scholz relevó al democristiano Wolfgang Schäuble al frente del Ministerio de Finanzas, se esperaban también muchos cambios importantes, que al final no se produjeron –apunta Faas–. Lo cierto es que el Gobierno federal tiene opciones para reaccionar a cualquier crisis, porque en los últimos tiempos la situación fiscal se ha tranquilizado enormemente”. Pese a esas declaraciones de Scholz y Altmaier, cuesta pensar que los ministros vayan a enzarzarse en broncas públicas por este asunto en un año de elecciones europeas y de comicios en tres länder.

A Alemania siempre le queda su baja tasa de paro (5,3% en enero), próxima al pleno empleo. Pero es un flaco consuelo, pues falta mano de obra: hay más de un millón de puestos de trabajo sin cubrir. Tanto el Gobierno federal como los ejecutivos regionales se devanan los sesos para poner fin a la escasez.








Fuente: LA Vanguardia

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