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El exitazo de Juan Diego Flórez


Obras de Mozart, Gluck, Donizetti, Fauré, Massenet, Gounod y Verdi. Juan Diego Flórez, tenor. Vicenzo Scalera,. Auditorio Nacional. Madrid, 23-V-2018.

Han pasado ya quince años desde que pudimos admirar al entonces joven Juan Diego Flórez iniciando su carrera en un «Stabat Mater» rossiniano dirigido por el añorado maestro Alberto Zedda. Confieso que me pasé calificándole en mi crítica como «el sucesor de Pavarotti». Podría haberlo sido si la voz, como en la gran mayoría de los casos, se hubiese oscurecido y ensanchado con el paso de los años. Para bien y para mal no ha sido así. Flórez conserva prácticamente el mismo caudal, ligereza y frescura de voz que entonces. Se entiende que tantos años cantando rossinis acaben aburriendo a un cantante. Recuerdo a June Anderson cuando me confesaba en un mesón de Pedraza, llorando, que estaba harta de ser la hija del regimiento y que lo que quería era ser Violeta. De ahí que el tenor peruano vaya poco a poco adentrándose en repertorios más pesados como «Puritani», «Lucrecia Borgia» o incluso «Rigoletto», una veces con más fortuna que otras. El recital para lo único que lamentablemente ya queda del veterano ciclo de Isabel Falabella en Juventudes Musicales, con el apoyo para él de Ibermúsica, comprendía una serie de canciones de cámara de Donizetti, Fauré y Massenet intercaladas en arias de ópera de Mozart, Gluck, Masssenet, Gounod y Verdi con el acompañamiento al piano del siempre sólido Scalera. Comenzó con el aria de Tamino de «La flauta mágica», muy correcta de línea, para en seguida mostrar su capacidad para la coloratura en «Il re pastore» y regresar al recogimiento desesperado de «J’ai perdu mon Euridice» de Gluck. Lo cantó con musicalidad impecable, con perfecta e inteligible dicción, pero en la segunda fila del patio de butacas asistía Teresa Berganza. ¿Alguien ha cantado ese momento elguna vez mejor que los hizo ella? Flórez anunció en el turno de propinas su presencia y se tiró al suelo del escenario para poderla besar ante las ovaciones del público a ambos. Era la sal que podía faltar para compensar las abundantes entradas y salidas al escenario por causas diversas, al largo descanso y a los cinco minutos de pausa que solicitó para recuperarse entre dos piezas porque «no me siento bien». Desde luego no era un problema vocal, porque cantó de forma espléndida, aunque «Fausto», «Manon», «Rigoletto» y la traca final de «Ernani» puedan requerir algo más de peso vocal. Pero a estas alturas ya estábamos todos entregados a su arte y a su simpatía. Llegaron las propinas, con una magistral «Furtiva lagrima», el excelso «Fra poco a me ricovero» de «Lucia», «La donna è mobile», una personalísima versión de «Granada» y, acompañándose de guitarra, «La flor de la canela» y «Cucurrucucu paloma». El delirio. Imposible que alguien no pudiese abandonar la sala sino con sonrisa y emoción de haber pasado dos horas y media para el recuerdo.




Fuente: La razon

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