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El dolor y la felicidad tatuados en el cuerpo | Cultura


Durante el rodaje de La leyenda del tiempo, en 2006, Isaki Lacuesta tuvo un pálpito. “Yo lo llamaría fantasía”, aseguraba hace unos días en San Sebastián: rodar una segunda parte. “No queríamos que acabara. En la primera rodamos el paso de la niñez a la adolescencia, y en mi cabeza una voz me decía que no podríamos hacer la continuación y otra aseguraba que ni siquiera querría hacerlo”. Ni siquiera cabía el sueño de ganar la  Concha de Oro de San Sebastián, la segunda de Lacuesta tras Los pasos dobles(2011).

Por otro lado, ahí estaban los hermanos Gómez Romero, pidiendo esa oportunidad. Cheíto e Isra, con el dolor y la felicidad de una corta vida tatuados para siempre en el cuerpo. En su espalda, el rostro de su padre muerto en trágicas circunstancias, junto a una calavera y una mujer que llora lágrimas de sangre. Se lo hizo durante la película, en contra de las recomendaciones de Lacuesta, que le aconsejó hacerse un tatuaje más optimista. Delante, el brazo marcado por un diamante grande y unas flores junto al nombre de sus tres hijas: Manuela, Erika y Daniela, y, en un costado, el de su compañera, Rocío. Atrás queda la tragedia del pasado frente a la felicidad del presente. A sus 26 años, Israel Gómez ya arrastra mucho equipaje. “No miro nunca para atrás, pero es algo que llevo conmigo. Solo miro para adelante. Me tatué a mi padre para no olvidarle nunca”, asegura el actor.

Entre dos aguas supone el reencuentro, 12 años más tarde, de los hermanos y el cineasta. Isra recuerda cómo tras el asesinato de su padre, la suerte le vino a ver con el rodaje de La leyenda del tiempo. A él, que confiesa, que siempre ha soñado con ser un actor de cine, que se quedaba embobado con las películas en la televisión. “Isaki me sacó adelante, me dio la oportunidad de mirar de nuevo la vida. Siempre me decía que era muy grande”, asegura orgulloso el intérprete, sentado con el cineasta catalán, con el que nunca perdió el contacto.

Mucho ha pasado desde entonces. Israel, que con 19 años tuvo a su primera hija, abandonó su barrio, en San Fernando (Cádiz), huyendo de un ambiente irrespirable y desolador, plagado de peleas y discusiones. “No quería que mis hijas vivieran la experiencia que viví yo”. De aquí para allá, con una pequeña ayuda por orfandad, buscándose la vida, trabajos esporádicos y mal pagados. Hoy, vuelve a vivir en la casa de su madre, agobiado por problemas económicos que, de momento, le impiden pagar el alquiler de una casa en el centro del pueblo. Pero Israel está feliz. En San Fernando le espera un posible trabajo en los astilleros Navantia y, aquí, en San Sebastián, donde ha viajado con su esposa, Rocío, y sus tres niñas, le chisporrotean los ojos de dicha: “Tengo un orgullo muy grande de que la gente aprecie nuestro trabajo que ha sido el de mostrarles la vida real. Es lo que siempre he deseado hacer”.

Entre dos aguas es un filme de ficción que toma algunos apuntes de la vida real de Israel, como el rodaje del parto y nacimiento de su pequeña hija Manuela, hace ya tres años, y el trabajo de tatuaje en su espalda, realizado por Paco, su amigo y hermano de Niña Pastori.

“Es importante destacar que es un filme de ficción para resaltar que lo que hace Israel en la película es una actuación en toda regla. Es un actor prodigioso”, apunta Lacuesta. “Mi hija nació el mismo día que sendas hijas de Isra y Cheíto. En 24 horas nacieron tres niñas, una señal mágica”, aclara el director que se ha confirmado con el triunfo en el Zinemaldia. La gloria de San Fernando ha llegado a San Sebastián.




Fuente: El país

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