Harry Markowitz, un recién graduado de la Universidad de Chicago, publicó en 1952 un revolucionario artículo en la revista Journal of Finance sobre la composición idónea de las carteras de inversiones. Hasta la fecha, predominaba la visión de que la clave era maximizar la inversión a largo plazo. Markowitz, introdujo el concepto de cartera de inversión óptima, en la que no había que pensar solo en la rentabilidad futura, sino en el riesgo asumido. Durante décadas, se consideró que la combinación perfecta para una inversión estándar era tener un 60% en Bolsa y un 40% en bonos. Así se lograban buenos rendimientos, pero moderando la volatilidad. Sin embargo, ese cóctel clásico de inversión está ahora más pasado de moda que los daiquiris…

Las prolongadas políticas de tipos cero establecidas por los grandes bancos centrales, primero para combatir la Gran Recesión de 2008 y luego para luchar contra los efectos del Covid-19, han provocado que la mayoría de los bonos soberanos ofrezcan rentabilidades mínimas o incluso negativas. “Con las previsiones de rentabilidad de los bonos para los próximos años, las perspectivas no son muy halagüeñas”, explica Diego Fernández-Elices, director de inversiones de A&G Banca Privada.

De acuerdo con los cálculos realizados por el banco estadounidense JPMorgan, una cartera clásica, 60/40, ha tenido un rendimiento desde 1983 cercano al 9% anual, con una volatilidad del 10%. Teniendo en cuenta las perspectivas de retorno para esta combinación de activos, en los próximos diez años el inversor podría esperar obtener un retorno del 4%anual, pero con el mismo nivel de riesgo previo. Mejor abandonar los daiquiris y buscar otras alternativas.

“La mayoría de la deuda pública tiene un retorno cercano o inferior al cero. Con esos cupones, el inversor tiene que olvidarse de lograr un rendimiento anual del 5% invirtiendo en bonos. Ni siquiera con la cartera clásica del 60-40. Deberá asumir más riesgo”, apunta Luis Viceira, profesor en la Harvard Business School y vicedecano de la facultad.

“Las carteras 60-40% han muerto. Son una reliquia del pasado”, constata Hanneke Smits, directivo de BNY Mellon Investment Management. De acuerdo entonces. Ahorrar en una de estas estrategias clásicas para acumular dinero para la jubilación queda descartado. ¿Qué se puede hacer en consecuencia? ¿Solo queda la opción de aumentar el nivel de Bolsa en las carteras, asumiendo los fuertes vaivenes que sufrirán las inversiones?

 

Las nuevas estrategias

“En la parte de renta fija, lo que hay que hacer es ir incorporando cosas nuevas. No vale ya con tener únicamente deuda pública, puesto que no renta nada. Se pueden añadir bonos emitidos por empresa. No hace falta que sean de compañías con la máxima solvencia crediticia. Hay algunas que no están a ese nivel, pero siguen siendo empresas sólidas. También se pueden incorporar bonos de economías emergentes o emisiones de renta fija privada, que no cotizan en los mercados tradicionales”, explica Óscar del Diego, director de inversiones de Ibercaja Gestión.

Del Diego recuerda, no obstante, que el perfil del inversor medio español es más conservador que el estadounidense. “Aquí, esa supuesta cartera clásica se parece más a un 70% de renta fija y un 30% de renta variable, por lo que aún habría mucho camino por recorrer para animar al cliente a que asuma algo más de riesgo”, apunta.

De acuerdo con la experiencia de esta entidad, el proceso ya se está produciendo, aunque lentamente. “El inversor que antes solo tenía fondos ultraconservadores empieza a pasar algo de dinero a fondos mixtos, que tienen algo de Bolsa. A su vez, el que estaba más en fondos mixtos, acepta que una parte de la cartera esté invertida en bonos high yield [deuda emitida por compañías que no tienen la máxima calificación crediticia]”, comenta Del Diego.

El auge de los activos alternativos

El nuevo cóctel inversor, además de tener un poco más de pegada, también ha empezado a incluir nuevos ingredientes. Son los denominados activos alternativos: inversiones al margen de los activos más clásicos, las acciones y los bonos.

“La prolongada política de bajos tipos de interés, además de provocar la necesidad de introducir un mayor nivel de riesgo en las carteras, también ha desatado un fuerte interés por los activos alternativos, ya sean fondos de capital riesgo [vehículos que invierten en compañías que no cotizan en Bolsa], fondos de infraestructuras, fondos de deuda privada… Este tipo de activos permite descorrelacionar la cartera de la evolución de los mercados financieros y, en general, suelen ofrecer unos cupones recurrentes atractivos, teniendo en cuenta los tipos actuales”, reflexionaba el profesor Viceira, durante su reciente participación en un foro organizado por Amundi.

“Olvidarse de la cartera clásica 60-40% va a ser el gran reto de las gestoras de fondos de inversión para los próximos 10 años”, considera Diego Fernández-Elices. “Nosotros estamos concentrando todos nuestros esfuerzos en este objetivo. El inversor debe aceptar que es bueno tener una parte de su dinero en oro, o en materias primas. Al igual que en activos ilíquidos, como los fondos de infraestructuras, el capital riesgo o la deuda privada”, apunta.

Todas las grandes gestoras mundiales llevan dos años desarrollando estrategias para dar la batalla en activos alternativos. Este tipo de inversiones exige mayores desembolsos iniciales e impone un plazo mayor para poder retirar la inversión, por lo que tradicionalmente no han estado abiertas a todos los públicos. “Debemos conseguir democratizar este tipo de inversiones”, aseguraba Anne Richards, consejera delegada de Fidelity International, durante unas conferencias para prensa en Londres.

En España, la gestora de fondos de Banco Santander se ha marcado como principal objetivo de crecimiento el aumento de la captación de fondos para activos alternativos, con nuevos fichajes y lanzamiento de productos muy especializados, como fondos que invierten en instrumentos de leasing de pequeñas y medianas compañías europeas.

CaixaBank, por su parte, ha comercializado en su red de banca privada el fondo de impacto Huruma, con el objetivo de rentar un 7% anual. Este vehículo va a prestar dinero a entidades que conceden microcréditos en África, Asia y América Latina. Se trata de combinar un objetivo financiero, con una vocación de impacto social. El importe mínimo son 125.000 euros y el dinero no se puede tocar en 10 años.

“El inversor debe acostumbrarse a que una parte de su cartera está en activos más ilíquidos, que no se pueden retirar durante un cierto tiempo. Puede que cueste acostumbrarse, pero las perspectivas de retorno y rentabilidad a largo plazo acaban mejorando mucho”, concluye Fernández-Elices.




Fuente: El país

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