Durante miles de años los seres humanos basaron su desarrollo en la agricultura y la caza. Y las principales fuentes de emisión de CO₂ estaban vinculadas a una sociedad artesanal y rural.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la máquina de vapor lo cambia todo. A la quema de biomasa para generar energía se le suma el carbón como principal alimento de la Revolución Industrial, primero en el Reino Unido y luego en toda la Europa. El carbón sigue siendo hoy la principal fuente de emisiones de dióxido de carbono.

La revolución de la mecanización y la industrialización se extiende por Occidente de la mano del carbón. Pero a esta fuente se le añade otra también rica en carbono: el petróleo. La invención del automóvil y, sobre todo, la producción en masa de coches de la mano del Ford T a partir de 1913 dispara la quema de petróleo y las emisiones de CO₂.

El gran salto se produce después de la Segunda Guerra Mundial. El período de relativa paz unido a más avances tecnológicos y el incremento demográfico dispara también las emisiones de dióxido de carbono. Además, empiezan a reducirse los bosques (sumideros de carbono) y el gas natural se suma al carbón y al petróleo como motores de las economías desarrolladas.

En 1992 se aprueba la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, un texto en el que ya se reconoce la existencia de un calentamiento alimentado por la actividad del ser humano. Y se fija el objetivo de mitigar esas emisiones, que no paran de crecer.

Las emisiones de CO₂ han seguido aumentando durante este siglo de forma casi ininterrumpida. El crecimiento solo se ha visto frenado por las crisis económicas. En 2015, tras décadas de discusiones, se aprobó el Acuerdo de París, el primer pacto que obliga a todos los países firmantes a presentar planes de recorte de sus emisiones de gases de efecto invernadero.




Fuente: El Pais

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