A estas alturas, la derecha española ya debería saber que algunas estrategias electorales le sientan fatal. Por ejemplo, la tensión, las exageraciones y –por qué no decirlo– las mentiras, como ya le ocurrió en los dramáticos comicios del 2004. Es verdad que esas artimañas le permiten movilizar todo el voto conservador y arrastrar a las urnas a millones de personas políticamente desquiciadas ante la perspectiva de que se rompa España o de que Madrid se convierta en una enorme checa bolivariana.

Pero, al mismo tiempo, esa estrategia catastrofista, trufada de implícitas amenazas para todos aquellos que tienen una visión más sosegada de España –o que directamente no tienen ninguna–, solo consigue provocar una contramovilización de signo contrario que neutraliza el despliegue conservador. Ya pasó alguna vez en los años 90 y alcanzó la máxima expresión en el 2004 o el 2008. Y el domingo volvió a ocurrir con efectos aumentados.





Para empezar, el tronante tremendismo de PP, Cs y Vox provocó una movilización extraordinaria, que rompió todos los pronósticos: casi el 76% del censo de residentes y más de 26 millones de votantes. Es decir, mucha más gente (hasta un millón más) que en unas elecciones de cambio de ciclo como las del 2015 (que la derecha perdió en votos pero salvó en escaños).

Ahora, la consecuencia de esa participación extraordinaria ha sido que los 11.169.796 electores que las fuerzas conservadoras han conseguido llevar ante las urnas se han tropezado con una cantidad similar de votantes de la izquierda (44.000 más, y menos divididos) que también han visitado los colegios electorales. Un gran acierto estratégico si los números se contrastan con los de los anteriores comicios del 2016.





Entonces votaron dos millones menos de personas, pero el PP y Ciudadanos reunieron 650.000 votos más que PSOE y Unidos Podemos y cosecharon 13 escaños más: 169, a apenas siete de la mayoría absoluta. Ahora, en cambio, PP, Cs y Vox han sumado 18 diputados menos que la izquierda y se han quedado a 27 de la mayoría absoluta que acariciaban tras el milagro andaluz.

Y luego está el precio interno que ha supuesto para el bloque conservador el relato apocalíptico sobre los males de España, que, sin duda, ha contribuido a agigantar a Vox. Cuando Pablo Casado se hizo con los mandos del PP e inició su andadura como aprendiz de brujo mediante invocaciones a salvar la patria, la ultraderecha apenas asomaba en el radar de los sondeos. Nueve meses después, Vox logró el 10,3% del voto, aunque muchísimos menos escaños de los que perdió el PP.

Sin embargo, tampoco deberían sentirse demasiado eufóricos los liberales extremos de Cs. Su alegría bebe de la desdicha ajena. Rivera ha sumado apenas tres puntos a su resultado del 2016 (y cerca de un millón de votos más, que se reducen a casi la mitad si se comparan con los tres y medio que obtuvo en su estreno del 2015). Es cierto que ha obtenido 25 escaños más (pero se reducen de nuevo a 17 si se contrastan con los logrados en el 2015).





Ahora bien, la de CS es una magra cosecha, a la vista de las cuantiosas pérdidas del PP, que ha extraviado tres millones y medio de papeletas y 71 diputados. Es decir, de los 16 puntos que pierde el PP, Cs se hace con menos de tres. Y de los 71 diputados, con solo una tercera parte. El mérito de Cs reside en que el PP ha sido el principal contribuyente del despegue de Vox. Los populares han pagado sus errores de gestión, una corrupción casi sistémica en algunos territorios y un relevo abrupto, entregado a un discurso de agitación incendiaria. Y está por ver si no acaban perdiendo la hegemonía del centro derecha, como ya ha ocurrido en Madrid, Aragón, Andalucía, Baleares o Catalunya.

En definitiva, la artillería retórica de Casado ha multiplicado las capacidades hipnóticas de un partido espectral, como Vox, que confunde Burgos con Montana y cuyos líderes exhiben una destreza retórica limitada y trayectorias políticas individuales más bien lúgubres.





El segundo efecto de la ingeniosa estrategia de la derecha ha consistido en ayudar desde la oposición (mientras Sánchez lo hacia desde el Gobierno) a reactivar a la izquierda en términos muy operativos. Podemos ha salido de la UVI y el PSOE se ha hecho con dos millones de votos útiles, de los que el 66% proceden de la formación de Iglesias y el resto de otros partidos o de la abstención. Eso se llama izquierda asustada.

Sin embargo, hay un tercer impacto en la estrategia de tierra quemada del PP y Cs. Su terapia recentralizadora ha provocado simultáneamente una reacción inédita en la periferia. No solo sube la participación y la derecha pierde votos en Euskadi, Galicia y Catalunya. Además, mientras en la anterior legislatura los diputados nacionalistas o regionalistas ocupaban 25 asientos en el Congreso, ahora ocupan 38.

Y en este marco, el éxito final de un discurso orientado a la rendición sin condiciones del nacionalismo catalán ha sido un nuevo impulso a la escalada electoral del soberanismo. En el 2016, el independentismo catalán sumó menos del 33% de los sufragios. El domingo rozó el 40% si se cuentan los votos del fantasmagórico Front Republicà. Una cifra inédita. Es decir, la invocación a la España áspera frente al secesionismo sólo ha servido para achicar el voto dual en Catalunya, en favor de un sufragio puramente defensivo y de la fijación de las trincheras.





Aun así, el PSOE y Podemos disponen de un menú muy amplio y diverso de socios para sumar al menos la mitad de la Cámara y sacar adelante sus proyectos sin aparecer como “rehenes de los separatistas”. El aterrizaje del secesionismo catalán en la realidad deberá, por tanto, acelerarse, no sea que incluso los cuatro diputados furtivos de Bildu se incluyan en el cóctel de apoyos nacionalistas y regionalistas con el que Sánchez podría gobernar y dejar a la Catalunya insurgente sin gran cosa qué decir en el diseño de la salida a la crisis territorial








Fuente: LA Vanguardia

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