La implosión del Barça en Liverpool resultó multifactorial. Repitió de cuajo, en una segunda mitad para el desguace, los síntomas de los sonrojos en París, Turín y Roma. El andamiaje del equipo quedó hecho trizas cuando el Liverpool puso más determinación, más convicción, más acierto y más piernas. Lo que le sucede al Barcelona en los grandes escenarios de la Champions no se produce sólo por una cuestión física, ni sólo por un motivo futbolístico, sino también por razones de índole mental y amor propio. El bloqueo psicológico supone una rémora insuperable. Un obstáculo que Valverde, más ordenado que empático y que vuelve a quedar contra las cuerdas, no ha sido capaz de remediar.






Las claves de la debacle

Sin alma. Mientras el Barcelona camina a favor de obra sus futbolistas responden, pero cuando el caballo se les desboca pierden las bridas. De las últimas ocho eliminatorias en la Champions sólo ha vencido en un partido fuera (en Old Trafford) por cinco derrotas (Atlético, PSG, Juventus, Roma y Liverpool) y dos empates (Lyon y Chelsea). Números que demuestran que los futbolistas se hunden en la impotencia. Se produce una parálisis mental considerable. Hasta jugadores tan fiables como Alba acumulan errores. En el minuto 83 hubo un parón por una lesión y los blaugrana permanecieron callados. Su lenguaje corporal era de derrota. Ni un ápice de rebeldía. Tras el segundo gol del Liverpool la capacidad de reacción fue nula. Difícil de entender cuando quedaba más de media hora y un tanto hubiera clasificado al Barcelona. El cuarto de los reds, con el equipo de espaldas a la jugada, es la prueba más evidente de que el Barça había huido de un Anfield febril.

Sin los kilómetros del Liverpool. La media de edad del bloque principal de la plantilla (ver info) es elevada. Aunque el equipo se concienció de que debía dosificarse, en la encrucijada de la Champions el depósito volvió a encender sus luces rojas. El Barcelona registró 6,7 km menos recorridos que el Liverpool (105,4 km los blaugrana por 112,1 los ingleses). El Barça, en la segunda parte, no presionó arriba, se descosió atrás y su dique en la medular estalló por los aires. Los pulmones de Vidal no bastaron cuando Rakitic y Busquets ya no podían dar un paso adelante ni llegaban a tiempo de darlo atrás. Nada nuevo ante rivales fogosos.





Sin respuesta de Coutinho. El comportamiento del brasileño no hay por donde cogerlo. Se antoja intolerable su actitud en partidos de alto voltaje como el de Liverpool. El futbolista sólo se alteró para reivindicar su gol al United y para hacerle un reproche al público del Camp Nou. El fichaje más caro de la historia del club ha supuesto una inversión ruinosa. En Anfield fue un alma en pena. No se trató de un día aislado sino de una constante en el encefalograma plano de su juego.

Sin goles del nueve. Nadie como Luis Suárez refleja las dos caras del Barça, exuberante en la Liga y muy deficiente fuera de casa en la Champions. El uruguayo va camino de los cuatro años sin marcar lejos del Camp Nou en Europa, un dato impropio del delantero centro del Barcelona. No se puede decir que el charrúa no se vacíe pero ya ha dejado pasar excesivas oportunidades y no consigue acabar con un gafe que le ha costado caro al equipo.

Sin compañía para Messi. Europa era su gran ilusión y sus números han sido fantásticos. Doce goles en el torneo y momentos cumbre como los de la ida ante el Liverpool pero cuando no ha estado en modo superlativo no se ha visto suficientemente acompañado por el colectivo. Leo tapa costuras pero cuando su día es discreto sus escuderos no acuden al rescate. Esta vez no se puede decir que no marcara en cuartos ni en semifinales, lo cual no le exime de toda la responsabilidad ante el fiasco. Habrá que ver cómo se recupera moralmente.





Sin empatía en el banquillo. Valverde ha intentado evolucionar tras la pesadilla de Roma, ha intervenido cambiando sistemas, realizando sustituciones sobre la marcha e intensificando las rotaciones. En Liverpool no le dio tiempo a reaccionar entre el segundo y el tercer gol. Pero más allá de las decisiones futbolísticas no ha transmitido a sus jugadores ese extra de convicción que emiten de manera intrínseca entrenadores como Klopp. El carisma nunca fue su principal virtud. En Europa se puede perder pero las eliminaciones de Valverde, con los técnicos rivales pasándole la mano por la cara, son de las que dejan una huella indeleble.

Sin el patrón clásico. Teniendo en cuenta los mimbres y los estados de forma difícilmente el Barça podía emular siempre ese rondó que provoca la nostalgia en parte de la crítica y la afición. Arthur fue el cordón umbilical que entroncaba con Xavi e Iniesta. Pero al brasileño, en su primer año, se le ha apagado la luz. Valverde se decantó por limitar, que no despreciar, la importancia de la posesión (55% para el Barcelona, 45% para el Liverpool). No ha servido para ganar la Champions pero nadie puede asegurar que hubiera valido con el patrón más clásico.








Fuente: LA Vanguardia

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