Puede confundirse con una gran confianza en sí mismos, con una aparente falta de interés por el aspecto físico o por simple despreocupación por los kilos de más, pero lo cierto es que detrás de muchos de los que podrían parecer «gorditos felices» se esconde un problema: un desorden alimenticio que, al revés de lo que sucede con la anorexia, les hace verse delgados y sanos cuando la realidad es que son obesos. Y lo peor, este sobrepeso repercute negativamente en su salud.

Hablamos de la megarexia, un término acuñado por el nutricionista español Jaime Brugos en 1992 que, si bien no está todavía catalogado como enfermedad, describe a aquel sujeto obeso –que no «fofisano»– que no se reconoce como tal pues cree que su peso es normal, y por tanto, no toma ninguna medida para disminuirlo.

«Son personas que comen lo que quieren en grandes cantidades y con obesidad pero que se ven delgados. Por eso no les importa comer sin control porque esto no tiene, aparentemente, una repercusión emocional en ellos», explica Marina Díaz Marsá, jefa de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Aunque matiza: «No es tanto que se vean delgados, sino que no les importa ser gordos porque se ven bien, aunque debajo de esto suele haber una negación».

Porque, como en todos los trastornos de la conducta alimenticia en la que existe una distorsión de la imagen corporal, hay una base psicológica en esta actitud que encuentra en la comida la vía con la que solventarla. En este caso, y como señala la experta, se trata de personas con alteraciones en la ingesta, con aumento del apetito y ansiedad que calmarían comiendo. Por eso «cuando “rascas” un poco, te das cuenta de que no es que no les importe sino de que no lo quieren ver, lo que denota que les afecta más de lo que quiere hacer ver», cuenta Díaz Marsá.

Según un estudio realizado por la Asociación Americana de Psiquiatría, el 85% de las personas obesas en el mundo sufre este trastorno, una cifra que la doctora Díaz Marsá encuentra desproporcionada. Sin embargo, como apunta Francisco Tinahones, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo), en un trabajo de investigación realizado por esta sociedad, «observamos en una encuesta que el 80% de los sujetos que eran obesos, por la talla y el peso que aportaban, no se reconocían como tal y se etiquetaban como sobrepeso o incluso como normopeso. Si reconociéramos este transtorno también en España habría cerca de un 80% de personas obesas que sufre megarexia».

Y es que, subraya Tinahones, «aunque no esta reconocido como una patología independiente, sí existen personas que no consideran que su obesidad sea un problema o incluso que su exceso de peso no es tan perjudicial o incluso sano, creencias que existen aún en las sociedades desarrolladas. El problema que ocasiona esa actitud es que estos sujetos no toman medidas para cambiar su estilo de vida y continúan padeciendo esta enfermedad».

El problema de la obesidad

La obesidad es uno de los grandes problemas de la sociedad occidental y, lejos de ir a menos, parece que cada vez es más preocupante. Tanto es así que, según la Organización Mundial de la Salud, entre 1980 y 2014 la prevalencia de la obesidad en el mundo casi se ha duplicado. Así, en España, el 39,3% de la población tiene sobrepeso; y un 21,6% obesidad (según el estudio ENPE publicado en 2016). Cifras que no son de extrañar si tenemos en cuenta que, según datos de la EASO (European Association for the Study of Obesity), las personas en la Unión Europa están consumiendo 500 kilocalorías al día más que hace 40 años.

Las repercusiones de este incremento se hacen notar porque más del 80% de los obesos padece enfermedades como consecuencia de su exceso de peso. Concretamente, en una persona pueden coincidir hasta 12 enfermedades por este motivo que van desde insuficiencia respiratoria (como apneas del sueño), problemas cardiacos, hipertensión arterial o diabetes, hasta alteraciones del ánimo, pérdida de autoestima. De hecho, cada vez se tienen más en consideración los trastornos y las dificultades psicológicas que pueden acompañar a la obesidad, ya sea precediéndola, o apareciendo posteriormente y que pueden mermar la adherencia al tratamiento y condicionar su fracaso.

Además, los pacientes con obesidad tienden a infravalorar su ingesta calórica en comparación con las personas sin problemas de peso y tienden a minimizar la cantidad de comida que comen, no siendo del todo conscientes de que su ingesta es excesiva. Una característica, esta, común con las personas que sufren otro tipo de adicciones.

«Más que un distorsión real de imagen corporal, como ocurre en la anorexia nerviosa, lo que sí vemos como mucha frecuencia es una negación del problema en sí, no reconocen el problema por que hacerlo significaría cambiar de estilo de vida y dejar de hacer cosas que les gustan», cuenta Tinahones. Porque los megaréxicos se caracterizan por comer sin preocupación, sus alimentos suelen no ser nutritivos, y ese déficit de nutrientes, además de anemia, provoca una alteración en la bioquímica del cerebro, por lo que no son conscientes de que padecen una enfermedad.

Un caso singular es el que cuenta Luis Rojo, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Valencia y jefe del Servicio de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital La Fe, también de Valencia, el de un chico de 23 años al que empezó a tratar hace cuatro por megarexia. «Tiene miedo a perder peso porque piensa que se quedará sin fuerza, a sentirse vulnerable. Tenía fobia a quedarse ‘‘flojo’’, a ser débil. Comía exageradamente para sentirse fuerte, no por atracón. Pesaba 120 kilos pero estaba muy musculado y con una ansiedad terrible a moverse por el mundo porque para hacerlo tenía que buscar previamente sitios en los que supiera que, cerca, podía comer bien», explica.

Es por eso que el apoyo psicológico de muchos sujetos que padecen obesidad es fundamental pues, en numerosos casos, detrás de esta enfermedad hay cuadros depresivos o ansiosos que han provocado el problema, en ocasiones las insatisfacciones en la vida que la persona las palia con atracones de comida. Por otro lado, muchos de los que tienen obesidad desarrollan disminución de su autoestima y cuadros depresivos que deben ser abordados antes de proponer un tratamiento dietoterapeutico ya que si no se aborda antes estamos abocados al fracaso», asegura Tinahones.

Así, aunque aún no hay datos suficientes como para hacer un perfil tipo de la persona susceptible de padecer este problema, algunos rasgos de carácter que podrían dar una pista sobre el mismo serían cuando «el paciente se encuentra bien y sigue comiendo; falta de autocrítica y limitaciones, no sólo en la salud, sino también del tipo personales y en su vida social», explica la jefa de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Clínico de Madrid.Por todo ello, su abordaje «requiere de un tratamiento multidisciplinar: endocrinos, psiquiatras (para el autocontrol de la impulsividad) y haciendo psicoterapia para que cambie la conducta y que sepa por qué se está produciendo y que cambie», concluye la experta.

PICAR ENTRE HORAS, SÍNTOMA DE OBESIDAD

El sedentarismo es uno de los factores que más contribuye al aumento de peso. Según el estudio sobre hábitos de vida que llevó a cabo la Seedo para conocer la percepción que la población adulta tiene sobre su peso, la población con Ìndice de Masa coropral (IMC) normal es la que menos tiempo pasa sentada fuera de sus horas de trabajo o estudio, mientras que las personas con obesidad son las más sedentarias. El 63% de los obesos pasan más de tres horas sentado al día fuera de sus horas de trabajo o estudio y uno de cada cuatro obesos (25%) pasa más de cinco horas sentado, por el contrario, solo uno de cada diez (19 %) pasa más cinco horas en la población con normopeso. Además, la población cuyo IMC los define como obesos son los que menos actividad física hacen a diario. También son llamativos los datos de conducta alimentaria recogidos en este estudio según los cuales, las personas con obesidad son las que más picotean a cualquier hora. Lo hace el 50,4% frente al 21% de la población con un peso considerado normal.




Fuente: La Razón

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