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Economía y elecciones, por Manel Pérez


El dato de crecimiento de la economía española del último año, un 2,5%, ha avivado cierto debate sobre el futuro inmediato. Se trata del primer ejercicio de los últimos cuatro en el que el aumento del producto interior bruto se queda por debajo del 3%, provocando inquietud entre quienes temen que esta pérdida de velocidad presagie un aterrizaje duro, algo preocupante en una economía que mantiene abiertas muchas de las heridas de la crisis. Desde el paro a la ingente deuda, pública y privada, por no hablar del deterioro de los servicios públicos tras los recortes de los años más duros.

Desde el punto de vista político, el dato merece también el análisis de expertos demoscópicos y de los responsables de los partidos, comenzando por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que debe decidir la fecha de la próxima contienda electoral y tendrá en cuenta como una variable básica las perspectivas económica. Se supone que el estado de la economía determina en buena medida la intención de voto de buena parte de la ciudadanía.

La ralentización del PIB ha coincidido con la divulgación de la Encuesta de Población Activa (EPA) también del 2018. En este caso, el dato de creación de empleo ha sido el mejor de los últimos doce años. El Gobierno lo ha acogido con alegría, interpretando que es un contrapunto al enfriamiento económico general. La primera lectura evidente de la combinación de los dos indicadores, más allá de la buena noticia de que muchos desempleados hayan conseguido un empleo, es que la productividad de la economía está bajando: más empleo que genera un crecimiento proporcionalmente menor. Tal vez por eso, la EPA ya recoge que la industria no está participando de la alegría de contratación que se vive en otros sectores como los servicios o la construcción.

La pasada crisis, la del 2008, dejó constancia de que las caídas de la economía no se anuncian de forma paulatina o evidente. El 2007 dejó un crecimiento del PIB de nada menos que un 3,8%. La burbuja estaba en plena efervescencia. En el tercer trimestre del 2008, la economía ya estaba en negativo. En el frente del empleo, el 2007 marcó récord histórico de ocupación, 20,7 millones de personas trabajando. Al acabar el año siguiente, se habían evaporado ya 700.000 empleos. Era sólo el principio.

Sánchez tendrá en cuenta las perspectivas económicas para elegir la fecha de las próximas elecciones
(Àlex Garcia)

Nada parece indicar que el actual estado de la economía se parezca a la del 2007. Aunque algunos rasgos, como el deterioro industrial o la intensa recuperación de la construcción, atestiguan que la estructura mantiene más semblanzas con el pasado de la gran recesión de lo que los propagandistas oficiales quieren reconocer.

Los nubarrones externos son más evidentes. El deterioro del crecimiento de la eurozona es una realidad. Hasta el punto de que el lenguaje oficial del Banco Central Europeo, que preside Mario Draghi, reconoce que podría llegar a plantearse una corrección en la trayectoria de subida de tipos prevista. Una nota agridulce para la economía española, que importa del exterior fuerzas a la baja, menor demanda, que se combinan con dinero barato durante más tiempo, algo bueno para un país tan endeudado.

Europa está sintiendo los efectos de la contracción comercial global y el enfriamiento de China. Excepto por la incógnita sobre la verdadera situación de la segunda economía del mundo, no parece que se esté a las puertas de una explosión financiera o un súbito colapso de las transacciones económicas. Pero, volviendo a las realidades de la política, un enfriamiento de la actividad económica, con sus efectos inevitables sobre la creación de empleo, no sería bien recibido por la ciudadanía. Las encuestas de opinión recogen que la mayoría de los votantes continúan muy descontentos con su situación económica. En parte, porque todavía no se han rehecho de los duros años de crisis, en parte porque la recuperación ha llegado en forma de nuevos empleos más precarios. En parte porque están ligados a los nuevos servicios tecnológicos en los que el ligamen entre la empresa y el trabajador es mucho más
tenue. En parte también, porque suelen implicar salarios más bajos y menos derechos sociales.

La nueva precariedad,
que están intentando compensar los agentes sociales, patronal y sindicatos, pactando subidas salariales más generosas que en el pasado, es un rasgo estructural de la nueva economía y está generando nuevas capas de trabajadores cabreados y de antiguas clases medias.

Un posible debilitamiento de la economía, como el que recogen ya algunos indicadores comerciales y de actividad, alimentaría el voto del descontento. ¿Se mantendrá esta tendencia durante los próximos trimestres? ¿Es sólo un fenómeno pasajero que se contrarrestará con un crecimiento de la demanda mundial producto de un acuerdo entre Estados Unidos y China? ¿Será este último país capaz de superar su actual debilidad con un nuevo impulso similar a los que ya ha acometido varias veces durante las últimas décadas?

La elección del momento electoral adecuado, tarea a la que Sánchez debe dedicar bastantes energías al cabo de los días, se antoja muy complicada ya si se plantea solo en términos económicos. Si además se incorpora la política, ya se puede imaginar cuántos quebraderos de cabeza provoca.




Fuente: LA Vanguardia

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