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Eclipse solar 2017: Eclipse total, fracaso parcial: las expediciones científicas que no salieron como estaba previsto | Ciencia


A lo largo de los siglos, los astrónomos han sido conscientes de que los eclipses totales de sol brindan una valiosa oportunidad científica. Durante la llamada totalidad, la Luna tapa por completo la brillante fotosfera del Sol, esa fina capa superficial que emite la mayor parte de la luz solar. Un eclipse permite a los astrónomos estudiar la multicolor atmósfera exterior del astro y su delicada corona, normalmente invisible en la luz cegadora de la fotosfera.

Pero los eclipses solares totales son poco frecuentes, y solo son visibles desde una estrecha banda de totalidad. En consecuencia, las expediciones para observar un eclipse exigen una minuciosa planificación anticipada que garantice que los astrónomos y su equipo irán a parar al lugar correcto en el momento oportuno. Como enseña la historia de la astronomía, ni siquiera a los cazadores de eclipses más expertos las cosas les salen siempre según lo previsto.

A merced del mapa en tierra hostil

Samuel Williams, recién nombrado catedrático de Matemáticas y Filosofía Natural del Harvard College, ansiaba observar un eclipse solar total. Había observado un tránsito de Venus en 1769, pero nunca había tenido la oportunidad de estudiar la corona del Sol durante un eclipse. Según sus cálculos, el 27 de octubre de 1780 un eclipse solar total iba a ser visible desde la bahía de Penobscot, en Maine.

Samuel Williams estaba dispuesto a cruzar las líneas enemigas con tal de ver el eclipse. New England magazine, 1895

Pero llegar a Maine desde Massachusetts era tarea difícil. Se estaba librando la Guerra de Independencia de Estados Unidos, y Maine estaba en manos del Ejército británico. La Asamblea Legislativa de Massachusetts vino en auxilio de William y ordenó a la Junta de Guerra del estado que habilitase un barco para trasladar a los perseguidores de eclipses. John Hancock, portavoz de la cámara, escribió al comandante británico en Maine pidiéndole permiso para que los científicos hicieran sus observaciones. Cuando el barco cargado de astrónomos llegó a la bahía de Penobscot, se concedió permiso a Williams y a su equipo para que desembarcasen, eso sí, solamente en la isla de Isleboro, a unos cinco kilómetros del continente.

La mañana del gran día el cielo estaba despejado. A medida que se acercaba el momento calculado para la totalidad, a las 12.30 del mediodía, la excitación crecía. La franja del Sol no cubierta por el eclipse era cada vez más estrecha. Entonces, a las 12.31, empezó a ensancharse cada vez más. Para su frustración, Williams se dio cuenta de que resultaba que no estaban en la banda de totalidad. Estaban casi 50 kilómetros demasiado al sur.

Tras un taciturno viaje de vuelta a Massachusetts, el científico intentó averiguar qué había fallado. Entonces y en los siglos posteriores, varios astrónomos han dado a entender que los cálculos de la banda de totalidad eran erróneos. Sin embargo, la explicación de Williams era otra. En su informe a la recién creada Academia Americana de las Artes y las Ciencias, culpó a la mala calidad de los mapas: “La longitud de nuestro punto de observación coincide a la perfección con lo que habíamos supuesto en nuestros cálculos, pero la latitud es casi medio grado menos de lo que los mapas de ese país nos habían hecho esperar”.

Puesto que medio grado de longitud corresponde a 30 millas náuticas, podría explicar por qué Williams acabó demasiado al sur.

Aunque Samuel Williams no logró ver un eclipse total, su expedición no fue del todo un fracaso. Cuando estaba observando la estrecha franja del Sol visible a las 12.31 se dio cuenta de que “se rompía o se separaba en gotas”. Estos puntos brillantes, conocidos hoy en día como “perlas de Baily”, son el resultado de la luz solar que brilla por entre los valles y las depresiones que corren a lo largo del borde visible de la Luna. Recibieron su nombre en honor del astrónomo Francis Baily. Sin embargo, Baily vio y describió las perlas en 1836, casi 56 años después de que Williams las observase.

Difícil de ver si el humo ciega tus ojos

Casi un siglo después, en 1871, el astrónomo inglés Norman Lockyer estaba impaciente por observar un eclipse total de sol. Tres años antes, él y el astrónomo francés Jules Janssen habían medido cada uno por su cuenta el espectro de la cromosfera del Sol. Para su sorpresa, descubrieron una línea de emisión en el rango del amarillo que no correspondía a ningún elemento conocido.

Lockyer se arriesgó a afirmar que la línea de emisión provenía de un nuevo elemento al que llamó “helio” por Helios, el dios del Sol. Al darse cuenta de que los eclipses ofrecían una provechosa oportunidad de buscar más elementos desconocidos, se convirtió en un firme defensor de las expediciones para observarlos. Sabía que el eclipse solar total del 12 de diciembre de 1871 pasaría por el sur de India, y convenció a la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia de que patrocinase una expedición. Deseoso de mostrar que el dominio británico sobre India estaba ligado al progreso científico, el Gobierno de Gran Bretaña contribuyó con 2.000 libras, y la compañía de barcos de vapor P&O ofreció tarifas reducidas para los astrónomos que viajaban en pos del eclipse.

Apunte de un artista de la escena en Bekal durante el eclipse.
Apunte de un artista de la escena en Bekal durante el eclipse. The Illustrated London News, 1872

El periplo transcurrió sin contratiempos. (Algo que no se podía dar por descontado; en 1870, en su viaje para observar un eclipse desde Italia, el científico iba a bordo de un barco que encalló frente a la costa oriental de Sicilia). El equipo instaló sus instrumentos en una torre de Bekal Fort, en la costa sudoccidental de India. La mañana del 12 de diciembre de 1871 amaneció sin nubes. Aunque Lockyer tenía fiebre (además de que estaba bajo los efectos del opio que había tomado para curarla), estaba preparado.

Entonces, en las fases iniciales del eclipse, advirtió una extraña actividad en la zona situada por debajo del fuerte. Los habitantes locales estaban apilando un enorme montón de leña para encender una hoguera. Al parecer esperaban que, con la creación de un fuego radiante en la Tierra, animarían al Sol que se oscurecía a que volviese a brillar. Lockyer estaba alarmado. La columna de humo se iba a levantar directamente entre él y el eclipse de sol y habría arruinado sus observaciones.

Por fortuna, dio la casualidad de que el superintendente local de la policía estaba presente. Reunió a un equipo de policías que apagaron el fuego y dispersaron a la multitud. Durante el eclipse, ahora desembarazado de la humareda, Lockyer hizo importantes observaciones sobre la estructura de la corona solar.

Para ver un eclipse se tiene que ver el Sol

Demos un salto adelante hasta principios del siglo XX. El astrónomo real inglés sir Frank Dyson deseaba fervientemente ver un eclipse solar total. No tuvo que viajar muy lejos, ya que el eclipse del 29 de junio de 1927 tenía una banda de totalidad que atravesaba el norte de Inglaterra desde Blackpool en el oeste hasta Hartlepool en el este. Como era una personalidad dentro de la comunidad científica y un célebre experto en eclipses, Dyson no tuvo dificultades para disponer de apoyo económico para sus observaciones de eclipses.

De lo que no pudo disponer fue del ‒como es de todos conocido‒ caprichoso tiempo inglés. Durante el mes de junio, en el norte de Inglaterra hay una media de siete horas de luz solar directa al día. Sin embargo, esta procede de una combinación meteorológica en la que hay días totalmente nublados y otros totalmente despejados. Dyson ignoraba qué podía esperar.

Después de consultar los registros meteorológicos a lo largo de la franja de eclipse prevista, el astrónomo decidió observarlo desde el pueblo de Giggleswick, en Yorkshire. Mientras él y su equipo se preparaban para el eclipse, la elección del sitio parecía poco acertada. Durante las dos semanas precedentes al fenómeno, el cielo estuvo totalmente cubierto todas las tardes a la hora en que la totalidad iba a tener lugar el 29 de junio.

A pesar de las nada prometedoras condiciones meteorológicas, una multitud de personas esperanzadas se congregó en la banda del eclipse, que había sido ampliamente divulgada. Las compañías ferroviarias habilitaron trenes especiales, los pueblos situados a la largo de la banda de totalidad patrocinaron “danzas del eclipse”, y los periódicos ofrecieron “ecliptogafas” a sus suscriptores.

Por desgracia, la mayoría de los espectadores a lo largo de la franja de eclipse acabaron decepcionados. Desde la nube errante que impidió ver el Sol eclipsado desde Blackpool Tower hasta el cielo totalmente nublado en Hartlepool, el tiempo no colaboró. No obstante, para júbilo de Frank Dyson, el pueblo de Giggleswick estaba cerca de la única localidad de toda la franja de eclipse en la que el cielo estuvo despejado durante la totalidad. Las 70,000 personas que se calcula que se reunieron allí siguiendo el ejemplo del astrónomo real se beneficiaron también de la buena suerte de Dyson.

Después del eclipse, la declaración pública de Dyson fue de lo más exaltada para lo que cabe esperar de un británico: Las fotografías han salido extremadamente bien. Ha sido un eclipse asombroso; muy claro. Nuestras observaciones han marchado pero que muy bien”.

A pesar de las inclemencias del tiempo, de las hogueras humeantes y de los mapas engañosos, los astrónomos nunca han dejado de perseverar en su misión de observar los eclipses.

Barbara Ryden es catedrática de Astronomía de la Universidad del Estado de Ohio.

Claúsula de divulgación:

Barbara Ryden no trabaja para ninguna empresa u organización que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte del cargo académico mencionado.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la web The Conversation.

Traducción de News Clips.




Fuente: El país

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