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Duran, el sucesor que no fue

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No recuerdo quién intervino como telonero en aquel mitin final más allá de Pere Esteve, que dio la bienvenida a los asistentes como secretario general de CDC y responsable de aquella campaña. Es posible que no interviniese nadie más. Creo que ni siquiera habló Artur Mas. No he consultado la hemeroteca para disipar mis dudas. Sin embargo, creo que sin lo que ocurrió aquel día yo no habría formado parte del último Gobierno de Pujol un mes y medio después ni, por lo tanto, habría dimitido al cabo de un año y poco. Tampoco se habría producido la reconversión de coalición a federación que se engendró a raíz de mi dimisión.





Vayamos por partes. ¿Qué pasó aquel día? Tanto Pujol como Pere Esteve me pidieron que enfocara la intervención de manera que todo el mundo tuviera la percepción de que estaba despidiendo al presidente. Es decir, que fuera una especie de panegírico, una gran loa a su figura. Deseaban que llegara a los electores, a través de la prensa, la convicción de que era la última vez que se presentaba a unas elecciones y que su obra de gobierno y su dedicación al país merecían ser recompensadas en las urnas. Yo era consciente de que estaban utilizándome, pero no dije nada porque me creía las palabras que iba a pronunciar sobre el personaje, sobre su pasión por el servicio público y su amor a Cataluña. Nadie me preparó el discurso, lo redacté yo solo, como siempre, y a pesar de que como abogado podría haber pronunciado aquel discurso y el opuesto con la misma pasión, no engañaba a nadie.


No sé si fui capaz de transmitir el mensaje que quería y debía sobre el presidente Pujol, pero él sí generó la sensación, seguramente sin querer, de que yo era el elegido”


Lo que dije lo sentía profundamente. Sin embargo, no preví lo que ocurriría cuando acabara. El presidente me abrazó como un padre lo haría a un hijo, con emotividad y agradecimiento. Muchísimas personas lo interpretaron como un gesto inequívoco de cara a la sucesión. Recuerdo, entre otras personas, a su secretaria, Carmen Alcoriza, que cuando terminó el acto también me abrazó emocionadísima y me dijo: “Ya tenemos sucesor”. Sinceramente, no sé si fui capaz de transmitir el mensaje que quería y debía sobre el presidente Pujol, pero él sí generó la sensación, seguramente sin querer, de que yo era el elegido.





Yo fui uno de los que se lo creyó. Aquel día, y durante un mes y medio, pensé que tal vez sí podía y debía ser candidato a la presidencia de la Generalitat. Este fue el comentario general en una cena con mi mujer y un puñado de amigos de Unió y sus respectivas parejas. No contaba con ello, no lo quería, y aún menos lo quería mi familia, pero aquella noche tuvimos la impresión de que difícilmente podría escapar de ese destino. Poco tiempo después me quedó claro que los tiros no iban en esa dirección.(…)

Conmigo podía hablar de política: de la catalana, de la española, de la europea o de la internacional. Me consta que con otras personas no podía hacerlo. He querido quedarme con ese afecto. Mucha gente ha escrito que Pujol me prefería a mí como candidato a presidir la Generalitat. Tampoco lo sabremos nunca. Da igual. Solo en alguna ocasión, sin que yo se lo preguntara, había dicho que, si fusionábamos Unió y Convergència, yo podría ser el candidato. Nunca tuve interés en profundizar en esa alusión. (…)


Me despedí de todos el 5 de febrero de 2001. Sabía que presentaría mi dimisión desde mediados de diciembre. Cuando hablé con Pujol me dijo que tenía la intención de designar a Artur Mas conseller en cap”







Pero, como ya he dicho, el espejismo producido por aquel abrazo en el Miniestadi se disipó enseguida. El 16 de noviembre, Jordi Pujol fue investido por el Parlament y en la Cámara catalana afirmó que su elección había sido “emocionante y gratificante. Emocionado, dio las gracias “al pueblo de Cataluña, al Parlament y a este pueblo, que amo y que tantos honores me ha concedido”. Había llegado la hora de formar Gobierno y, con este fin, después de agradecerme las negociaciones con el PP y con ERC, que había dirigido conjuntamente con Pere Esteve, me pidió que le llamara para hablar del tema. Conversamos el 19 de noviembre. El presidente fue al grano: “Duran –Pujol nunca me ha llamado Josep–, después de esta campaña nadie entenderá que no entres en el Gobierno. Tienes que estar. ¿Cómo te ves y dónde?”. Y comprendí que no tenía otra opción. Sé que era un honor formar parte del Gobierno de mi país y, aunque no lo deseaba, tenía la obligación de asumirlo. De modo que seguimos hablando para acabar de dar forma al contenido de una conselleria nueva que terminaría siendo la de Gobernación y Relaciones Institucionales. (…)

Me despedí de todos el 5 de febrero de 2001. Sabía que presentaría mi dimisión desde mediados de diciembre. Una noche, mientras estaba en el Salón de Sant Jordi del Palau de la Generalitat, donde hacía de anfitrión de una coral rusa —el cónsul ruso en Barcelona nos había solicitado que sus compatriotas cantaran allí—, recibí el recado de que pasara por el despacho del presidente al acabar el recital. Cuando finalmente hablé con Pujol, me dijo que tenía la intención de designar a Artur Mas conseller en cap de la Generalitat. El periódico El País había publicado unos días antes que el presidente Pujol tenía la intención de realizar ese nombramiento de manera inminente





La conversación fue muy breve y no hubo escenas de dolor, y la respuesta que le di fue rápida: el día que lo hagas, tendrás mi dimisión como conseller. A él no le sorprendió mi respuesta ni a mí su apuesta por Mas. (…) Insisto: lo supe mientras negociaba el contenido de mi entrada en el Govern. Y digo negociar porque fue una verdadera negociación. La semana del 22 al 28 de noviembre de 1999 me recordó lo que los seguidores de Miquel Roca decían los días previos a la crisis de CDC, la que acabó con Pujol y con Roca enfrentados: “El problema de Pujol es después de dormir en casa…”. Yo lo sufrí aquellos días.


Querían tenerme lo más controlado posible. El 29 de noviembre, antes de jurar mi cargo, entregué a Xavier Trias la carta dirigida a Pujol que había redactado el día anterior, en la que le decía que solo el sentido de la responsabilidad me obligaba a tomar posesión”


Llegaba a un acuerdo con el presidente sobre las competencias de la conselleria y al día siguiente recibía su llamada y me decía: “Duran, si tú asumes el Gabinete Jurídico central, tienes que ayudarme y entender que Mas asuma…”. ¿Con quién hablaba? ¿Con su hijo Oriol y el equipo talibán que rodeaba a Mas? No lo sé, pero imagino que todos, en conjunto, debían presionarle.





El 27 de noviembre le dije al presidente que hasta allí habíamos llegado y que, en vista de lo que había sucedido durante la semana, no tenía sentido que yo entrara en el Gobierno. El presidente movilizó al conseller de Presidència, Xavier Trias, y este llamó por teléfono a Núria de Gispert para que hablara conmigo y me convenciera de que no podía quedarme al margen. (…)

Lo único que querían era tenerme lo más controlado posible. El 29 de noviembre, antes de jurar mi cargo, entregué a Xavier Trias la carta dirigida a Pujol que había redactado el día anterior, en la que le decía que solo el sentido de la responsabilidad me obligaba a tomar posesión del cargo, ya que nadie entendería que no lo hiciera. El espejismo del Miniestadi desapareció. Durante unas semanas había creído que podía llegar a ser presidente de la Generalitat. Pero Pujol se inclinó por Mas y yo lo asumí con absoluta serenidad. Sin embargo, esta serenidad no evitó que me llevara un disgusto. Me supo mal la manera como Pujol me había utilizado. Aquel 29 de noviembre, lo único que ignoraba era la fecha exacta de mi salida. (…)

Ni él ni nadie podrá reprocharme nunca que no aporté todo lo que tenía y más, como si Mas fuera mi candidato. Lo que jamás habría imaginado es que aquella persona una pizca distante, con poca madera de político, que nunca se había caracterizado por sus salidas de tono independentistas, llegaría a ser el líder del independentismo que pondría al país contra las cuerdas. (…)





Artur Mas fue designado conseller en cap. Asistí a su toma de posesión con cierta incomodidad y, sobre todo, con una corbata bien llamativa para que los ojos se fijaran más en ella que en mí. Había llegado el momento de la dimisión.


En antecedentes

El 16 de enero del 2016 Josep Antoni Duran Lleida presentó su dimisión como presidente del comité de gobierno de Unió Democràtica de Catalunya. Un acontecimiento histórico porque Duran fue durante muchos años un personaje clave de la política catalana. Un secundario excelso dirían en términos cinematográficos. Desde 1979, cuando era un joven militante de la democracia cristiana catalana –y también española y europea– Duran Lleida ha ejercido cargos de responsabilidad institucional moldeando, moderando, transaccionando los intereses de la política catalana, conciliándolos con los de la alta política de Estado, tanto en el interior como en el exterior. El testimonio de esta experiencia tiene pocos o ningún parangón. Hay que leer a Duran




Fuente: LA Vanguardia

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