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Dios bendiga la música de Estados Unidos


Nunca un viaje evocó tanta añoranza al pasado. El maestro del jazz Louis Armstrong realizó a lo largo de su vida un peregrinaje por las principales ciudades estadounidenses mientras deleitaba con su música a los norteamericanos, aquella que su son y su impronta le catapultaron a los anales de la historia del país. Casi cincuenta años después de su muerte, Estados Unidos se encuentra en un punto totalmente diferente. Las políticas unilaterales del polémico presidente Donald Trump llenan las portadas de todo el mundo, pero para mal. Cuánto bien haría hoy Armstrong tocando su trompeta para ahogar los ladridos del presidente estadounidense.

De hecho, así lo entiende el documental «America’s Musical Journey», promovido por la autoridad turística estadounidense, un filme que viaja a través de la historia de la música del país siguiendo los pasos de Armstrong. Un recorrido por seis ciudades que son prueba de la fuerza cultural que un día traspaso fronteras y que cambió para siempre a Estados Unidos. Este filme se estrenó hace unos días en el Hemisfèric del Museo de les Arts i les Ciències de Valencia cinco meses después de ser lanzado en Estados Unidos.

Descenso en el ranking

La película sigue al cantante y compositor nominado al Grammy Aloe Blacc para descubrir cómo se gestaron formas musicales como el jazz, el blues, el soul, el R&B o el rock&roll. Él, hijo de migrantes panameños, conoce de cerca lo abierta que es la música en su país. La lucha de Trump contra actores, mujeres, periodistas y, sobre todo, hispanos no deja de empañar la imagen de la potencia mundial. En 2017, el año que Trump ascendió al poder, Estados Unidos descendió al tercer puesto de los países más visitados. Sin embargo, para Anne Madison, responsable de Comunicación y Marketing de Brand USA (organización dedicada a promover Estados Unidos) afirma a LA RAZÓN que, a pesar de estas cifras, su país sigue siendo el que más recauda a través del turismo. «El que hayamos recibido menos visitantes no es lo primordial, ya que se debe al cambio dólar-euro. Cada año nos visitan más españoles y nuestro objetivo es alcanzar dentro de poco el millón de turistas españoles», comenta Madison durante su paso por Madrid.

La imagen de una América blanca y solo para los estadounidenses que promueve Trump contrasta precisamente con lo que supone la potente industria musical del país. La cultura musical estadounidense no podría ser concebida sin esa mezcla forjada por migrantes multirraciales. Una enorme saga de músicos, cantantes y compositores que bebieron de esos ritmos africanos que se fundieron con los acordes, tonos e instrumentos europeos. La música americana floreció mucho más allá de lo que jamás alguien se había imaginado. Quién sabe el talento que se habría echado a perder si siempre hubiera habido muros, separaciones forzosas entre familias y verborrea que roza el racismo. Estados Unidos no solamente es Donald Trump y este viaje narrado por Morgan Freeman y dirigido por director el nominado al Oscar Greg MacGillivray demuestra que hay mucho más allá hacia donde mirar y, por supuesto, escuchar.

Trump también ha dejado en la estacada a Europa en varios tratados internacionales. Según la mayoría de expertos está destruyendo el orden mundial que ha regido en los últimos veinte años. Directamente, ha tachado a la Unión Europea de enemigo. «Tenemos muchos enemigos. Creo que la Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en el comercio. No lo pensarías de la UE, pero es un rival». Es más, la semana pasada miles de personas se manifestaron ante la llegada de Trump a Londres. Con este contexto, se entiende que desde el turismo de Estados Unidos se quiera potenciar algo tan universal como la música frente al aislacionismo «trumpiano».

Por ello, que «America’s Music Journey» recorra el viaje que realizó Louis Armstrong no es cuestión baladí. Él fue capaz de superar todos los presagios y convertirse en el «embajador» de la música estadounidense. Desde las plazas de Nueva Orleans a la calles de Chicago, de los éxitos de Detroit al «music row» de Nashville y del romance con el jazz en Manhattan a la fiebre por la salsa en Miami. Su periplo se convirtió en inspiración a toda su generación que vio en la música una forma de expresión libre. De ahí surgieron tonos, ritmos y letras que sirvieron de escape para muchos.

La ciudad más musical es, sin duda, Nueva Orleans. En sus vibrantes calles siempre hay algo que escuchar. Y pocas urbes del mundo pueden decir que son la cuna del jazz. En 1913, Armstrong ya tocaba alguna de sus canciones en la calle por primera vez. Nueva Orleans se ha hecho a sí misma a raíz de sus descendientes europeos, africanos y caribeños. La libertad que transmitió el jazz se fue trasladando a muchas ciudades. De las idas y venidas a orillas del río Missisipi, una parada obligatoria para los músicos afroamericanos era Memphis (Tennessee). Reclamos históricos sobran, tales como los clubes donde debutaron grandes artistas como Aretha Franklin o Roy Orbison. El famoso Sun Studio donde Elvis Presley grabó su primera canción y por donde pasaron Jerry Lee Lewis y muchos otros, sigue siendo todo un imán para el estado de Tennessee. El rock&roll creció de este mix de estilos musicales. Y no se pueden olvidar de Nashville, en el mismo estado, donde Johnny Cash se hizo un nombre y donde el «country» se volvió religión.

El «blues» de Chicago

Chicago y Detroit son prueba de la mezcla. En la calle nació el «footwork» de aquellos niños que se pasaban el día en la calle y canalizaban toda su fuerza y energía en la música. El blues no se puede despegar de Chicago, pues fue en la ciudad de Illinois donde se refinó. De esos migrantes que buscaban una vida mejor y se trasladaron al norte para perseguir su sueño. Los ritmos musicales del soul y del rythm and blues se asentaron en la cultura de Detroit. Su mezcla desembocó en el motown y fue aquí también donde se creó la primera discográfica afroamericana: Motown Records, responsable de apostar por a Stevie Wonder, The Temptations o The Jackson Five, escuela de Michael Jackson.

A finales de los años setenta, en el Bronx neoyorquino encontramos ya aquel hip hop de la calle, el de la provocación, que encontró en la música la única forma de romper las barreras étnicas entre los diferentes barrios de la ciudad de los sueños. Aquellos jóvenes que agarraron el lenguaje de la calle y con un rap que a muchos les parecía obsceno y vulgar, enccontraron su vehículo para demandar justicia social. Finalmente, no existe una urbe más mestiza que Miami, en Florida, que acogió a miles de cubanos, dominicanos, colombianos y brasileños. La salsa y el pop latino de Gloria Stefan pasarán a la historia concebidos allí. Pero muchos años antes, en las ramblas y avenidas de Miami, surgieron esos ritmos latinos tan característicos que han llegado a nuestros días. Ahora, solo queda esperar que el «America First» no silencie lo que tiene que ofrecer la cultura estadounidense. Aquella que otrora fue pionera y difundió su arte por todos los rincones. La música como motor del cambio, levantar ciudades y acompañar los mejores y peores momentos. Es el momento de bajar el volumen a los comentarios racistas de Trump y subir el de la música creada por los talentos que jamás hicieron distinción entre razas, colores ni procedencias. Que el pasado siempre vuelve no fue nunca tan anhelado.

Un cicerone que tenía que ser inmigrante

Puede ser que a todo el mundo no le suene el nombre de Aloe Blacc, pero este compositor y cantante de Los Ángeles es hijo de panameños y aprendió el blues y el soul en EE UU sin cerrarse a las nuevas tendencias hace de guía en el viaje musical de la película.




Fuente: La razon

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