Reinventarse. Aprender de los errores y volver a empezar. La Medicina tiene una cuenta pendiente en el campo de la neurodegeneración, más en concreto, con el alzhéimer. Las noticias sobre un nuevo abordaje terapéutico o fármaco que frene o tenga algún tipo de actividad sobre la enfermedad hace casi 20 años que no llegan. Mientras, unos 50 millones de personas que padecen demencia en el mundo esperan una respuesta. Una solución que no sólo sería para ellos, sino también para los cuidadores y las familias, ya que su calidad de vida aumentaría considerablemente. Porque en estas casi dos décadas los fracasos en los ensayos clínicos son importantes y han provocado el cierre de líneas de investigación.

Una decisión dura para muchas compañías que han visto cómo miles de millones de inversión no cosechaban frutos, pero también muy difícil para los pacientes, que han visto frustradas sus esperanzas de tener una “tabla de salvación” a la que agarrarse. La secretaria del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología (SEN), Raquel Sánchez-Valle, reconoce que “es verdad que muchos laboratorios han cesado los proyectos tras los repetidos fracasos, pero de igual manera hay otros que continúan”. Asimismo, Jesús Ávila, director científico de la Fundación CIEN (Centro de Investigación Enfermedades Neurológicas), cuenta que «hay que preguntarse por qué está pasando esto. Lo cierto es que ya hay artículos publicados en revistas científicas, de la talla de ‘‘Science’’, que apuntan a que hay que llegar antes de que la enfermedad actúe de forma silente y aparezcan los primeros síntomas. Cuando éstos se hacen visibles, ya es demasiado tarde: la neurodegeneración y ya no es frenable ni reversible».

Un artículo de Jeffrey Cummings, de la Clínica Lou Rovu del Centro para la Salud Mental de Cleveland (EE UU), pone de relieve todo el trabajo que hay en diferentes fases de investigación (desde la más inicial hasta la anterior a la llegada al paciente) y en esa suerte de hoja de ruta publicada en “Alzheimer & Dementia” se subraya la ausencia de infraestructuras que sirvan de plataforma a estos trabajos. Cummings recoge que el 56,6% de los estudios están financiados por la industria, el 31,6% por centros académicos de Medicina y 8,8% por otros. Además, de momento, predomina el empleo del biomarcador amiloide, pero empiezan a tenerse en cuenta otros mecanismos determinantes en la búsqueda de fármacos que en un 63% son terapias modificadoras de la enfermedad, un 22% para el tratamiento sintomático y un 12% agentes neuropsiquiátricos para el control de los trastornos del comportamiento que sufren los pacientes.

Llegar a tiempo en el alzhéimer se ha convertido en el reto. ¿Cuándo es el momento? ¿Cómo se mide? Pero, si un individuo tiene sospechas, ¿qué hacemos si no hay con qué frenarlo? Esta patología neurodegenerativa plantea muchas incógnitas y la investigación médica trata de conseguir alguna certeza: la única vía para alcanzar resultados es tratar a los pacientes mucho antes de que la placa amiloide se haya desarrollado y la proteína TAU haya dejado mella en el cerebro. Todo está encaminado a “atacar la neurodegeneración en su fase silente, para evitar la muerte neuronal. Hay que buscar los nuevos tiempos para modificar y revertir, a través de nuevos factores que tengan que ver con ella, como la neurogénesis. Esta línea de investigación novedosa es española y ha visto la luz en el Ciberned y su impacto ha sido recogido por ‘Nature’”, explica el director de la Fundación Cien.

Atacar algo que no se ve es complicado, es como intentar que un virus no se desarrolle en la fase de incubación, o como explica Gonzalo Sánchez Benavides, investigador del Barcelona Beta Brain Research Center, el centro de investigación de la Fundación Pasqual Maragall, “hay que conocer bien la biología de la enfermedad cuando no muestra síntomas. Por eso, seguimos a más de 3.000 voluntarios durante unos seis o siete años, en su mayoría hijos de progenitores que han tenido la patología, porque, aunque sólo menos del 0,5% es hereditario, sí sabemos que hay componentes genéticos”.

Dirigidas a estos “pacientes sanos” hay una serie de pruebas de imagen que sirven para medir los cambios neuronales, ya que lo que sí se sabe con certeza es que todo empieza unos 15-20 años antes del “primer despiste”. “Es lo que conocemos como fase preclínica. Podemos observar si hay inflamación, si hay cambio de volúmenes, si hay modificación de las proteínas –TAU y beta amiloide–”, explica Sánchez Benavides. Cuando no se llega a tiempo, lo único que se puede hacer es aliviar la situación de los pacientes y promover su calidad de vida. Nina Gramunt, neuropsicóloga de la Fundación Pasqual Maragall, manifiesta que “sólo nos quedan los fármacos que controlan los síntomas junto a las terapias que facilitan las rutinas diarias. Intentamos dar herramientas a los cuidadores para que no se ‘‘quemen’’ y desarrollen un alto grado de empatía con los enfermos. Así, se reducen las crisis y se alivian situaciones difíciles”.

Para el investigador de la Fundación Pasqual Maragall resulta clave trabajar con las personas que muestran las “quejas subjetivas”. ¿Cómo? “Se trata de que hay muchos individuos que se dan cuenta de que no rinden como antes, que les cuesta hacer las cosas. Pueden llevar a cabo su vida diaria, pero les supone un esfuerzo extra importante y son conscientes. Si además de la persona, a la consulta viene acompañado de un familiar que avala esta teoría, estamos ante un paciente con un alto grado de posibilidad de que haya desarrollado la enfermedad, pero lo hayamos cogido de forma precoz”, detalla Sánchez Benavides.

La detección temprana es la gran herramienta que desean los neurólogos, pero también que haya más concienciación de que existen terapias y fármacos que, aunque no curen, pueden frenar y aliviar los síntomas, “pero hay que encontrar los casos. En algunas zonas poblacionales podemos apuntar a un infradiagnóstico de hasta el 50%, según datos de Ceafa (Confederación Española de Alzheimer). Hay muchos individuos que carecen de una red social y pasan desapercibidos”, subraya Sánchez-Valle.

Los nuevos caminos que se exploran son conseguir que una analítica sanguínea sea capaz de mostrar biomarcadores del alzhéimer y así evitar los pinchazos lumbares. O, determinar el momento clave en el que poder aplicar los fármacos actuales (sintomáticos, como los inhibidores de la acetilcolina y la remantina) para poder elevar su efecto de freno de la neurodegeneración en pacientes de forma más precoz y “arreglar otros mecanismos que tengan que ver con estos procesos y que consigan modificar el curso de la enfermedad”, concluye Ana María Cuervo, co-directora del Instituto Einstein para la Investigación del Envejecimiento de Nueva York (EE UU).




Fuente: La Razón

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