Ha vuelto a pasar con el avión accidentado en Rusia. Segundos antes de que las llamas abrasaran a la mitad del pasaje (hay 41 muertos) hubo quien hizo gala de mucha sangre fría, pero no para ayudar. Ese pasajero o pasajera tuvo temple para sacar su teléfono móvil, con el fuego a un palmo de la ventanilla, e inmortalizar la tragedia. Con una estremecedora banda sonora: los desgarradores gritos de las personas atrapadas en ese aparato.

Aunque la noticia no habría que buscarla a estas alturas en la existencia de ese vídeo viral filmado por uno de los pasajeros (se presume que ha sobrevivido) antes de que las llamas devoraran el avión. Lo extraño, vistos los antecedentes por hechos similares en las redes sociales, es que no estén apareciendo más imágenes similares de ese infierno filmadas por otros pasajeros, apunta Ferran Lalueza, profesor de Comunicación y Social Media de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigador de GAME.






“Vivimos en un mundo que ya no reflexiona sobre la conveniencia de sacar o no el teléfono para grabar”

“Esto es un círculo vicioso –añade Lalueza–, la difusión reiterada de este tipo de imágenes nos ha insensibilizado hasta tal punto que ya no nos planteamos objeciones morales, ni legales ni de mero sentido común a la hora de captarlas y ­compartirlas, lo cual a su vez contribuye a incrementar dicha insensibilización”.

“Lo que sorprende de las imágenes del accidente de Moscú es que hasta ahora sólo haya trascendido un vídeo del interior de la aeronave –reitera este profesor de la UOC– pues estos comportamientos son altamente imitativos: si vemos a alguien grabando, tendemos a hacer lo propio. Y cuantas más personas graban una escena que tenemos delante, mayor es la sensación que nos embarga de que, si nosotros no lo grabamos también, nos estamos perdiendo algo valioso”.





La existencia de esas imágenes es, con toda seguridad, un duro golpe para los familiares de las 41 víctimas mortales de ese accidente. No necesitan ver un vídeo ni escuchar esos gritos para imaginar cómo fue el final de sus seres queridos. Un sentimiento reflejado en unas manifestaciones hechas el pasado mes de enero por el padre de la ciudadana española muerta tras la explosión en una pastelería en París. “En brazos en la calle, pidiendo ayuda, ayuda, y la gente, qué poco corazón, con el puto móvil en las manos, grabando, y nadie se dignó en dar ayuda a ese hombre”, declaró el padre de esa víctima al narrar el escenario con el que se encontró su yerno mientras deambulaba por la calle con el cuerpo de su esposa herida en brazos.





Esta es una guerra que muchos dan por perdida en esta sociedad de la tecnología. Ferran Lalueza apunta: “Inmersos como estamos en una cultura de la inmediatez y la ubicuidad, no hay una reflexión previa sobre la conveniencia o no de capturar esas imágenes, o sobre el uso que les acabaremos dando, o sobre el coste de oportunidad que conlleva estar pendientes del móvil en lugar de preocuparnos por nuestra propia seguridad o la de otros”. Este experto en comunicación estima que en pocos años hemos interiorizado este comportamiento hasta convertirlo en algo meramente instintivo y alejado de toda lógica racional”.

¿Y por qué caemos en esa trampa? “En las redes sociales, somos adictos a los likes, pero conseguirlos resulta cada vez más difícil. El listón está hoy muy alto. Ya pocas cosas nos impactan y sólo aplaudimos lo insólito o lo inalcanzable”, afirma Lalueza. Así que las escenas cotidianas no generan ningún interés. “En cambio –añade este profesor de la UOC– mostrar el interior de un avión aterrizando en llamas es algo que muy pocos pueden hacer. Por tanto, la captura de esos momentos tan dramáticos puede tener mucho que ver con el deseo, consciente o no, de conseguir la admiración de públicos masivos”.





La Cruz Roja holandesa ha sido pionera en tomar cartas en este asunto. Han lanzado una campaña que reza: “No filmes, ayuda”. Va dirigida a las personas que contemplan un accidente y, en lugar de llamar a emergencias, usan sus teléfonos para grabarlo todo y colgar las imágenes en las redes.








Fuente: LA Vanguardia

A %d blogueros les gusta esto: