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Del suelo pegajoso al techo de cristal

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El suelo pegajoso y el techo de cristal son dos conceptos que se utilizan para hacer referencia a las barreras que sufren las mujeres en el ámbito laboral que las condena a permanecer en la base de la pirámide económica o les impide acceder a un cargo directivo. Se trata de una precariedad laboral que atrapa a las mujeres y que Barcelona se ha conjurado para atajar. No es tarea fácil. Sobre todo cuando cuestiones harto conocidas como la brecha salarial entre féminas y hombres –en la capital catalana se sitúa en un 21,9%– sigue marcando las diferencias en el mercado laboral.





La empresa pública Barcelona Activa ha hecho una radiografía de las mujeres que protagonizan estos dos fenómenos con el fin de aportar mecanismos y herramientas que les permita superar estos límites. La directora de Barcelona Activa, Sara Berbel, explica que difícilmente se puede ayudar a estos colectivos sin disponer de datos pormenorizados y con perspectiva de género que permiten visualizar una solución.


El 32,6% de las mujeres trabajadoras de la capital catalana cobra un sueldo por debajo de los 1.000 euros

Señala que los obstáculos del techo de cristal están claramente identificados y existen muchas entidades y asociaciones de mujeres que están trabajando por la paridad e igualdad. Más desconocido es el concepto de suelo pegajoso que provoca que el 32,6% de las mujeres trabajadoras de la capital catalana cobren un sueldo de 1.000 euros o por debajo de esta cantidad, frente al 23,7% de hombres. “La pobreza y la precariedad tienen rostro de mujer. Ellas son las que tienen los sueldos más bajos, concentran el empleo en actividades menos reconocidas, representan la cotización más baja y una contratación de menor duración”, apunta Berbel. De ahí la definición de suelo pegajoso, en referencia al último escalafón del mercado laboral del que es muy difícil salir.

El estudio realizado por la empresa pública revela que estas trabajadoras se concentran en cuatro actividades; la limpieza de edificios –las kellys serían uno de los colectivos más conocidos–, la atención y cuidados a domicilio, el comercio y la hostelería. El perfil de la trabajadora de estos sectores es el de una mujer de entre 16 y 24 años –las de mayor edad se encuentran en la economía sumergida–, un 45,4% de ellas son inmigrantes y con un porcentaje elevado de estudios primarios y de escasa formación que impiden que puedan acceder a un puesto de trabajo mejor remunerado y más estable.






La situación de la emprendeduría femenina y los retos de futuro, sobre la mesa

El principal problema es que se trata de mujeres que se pasan el día trabajando y resulta complicado que puedan acceder a un curso de formación. “Queremos formarlas a distancia y ofrecerles asesoramiento vía Skype, además hemos detectado que acuden habitualmente a la biblioteca para buscar ofertas de empleo. Por eso estamos poniendo en marcha en estos equipamientos “antenas cibernéticas” para que puedan aprender una digitalización básica y, posteriormente, acudir a algunos de los cursos que ofrecemos”, refiere la directora. Además, Barcelona Activa está obligando a que todas las empresas con las que trabaja paguen un mínimo de 1.000 euros y que los contratos sean superiores a los seis meses.

Al margen de estas empleadas, Barcelona Activa a través de un estudio realizado por la Universidad de Vic ha analizado la situación de la emprendeduría femenina y los retos de futuro. Los niveles se mantienen desde hace más de una década en torno al 30% y es difícil salir de estos porcentajes. Las doctoras Anna Sabata y Anna Pérez y las investigadoras Patrícia Illa y Judit Solà han elaborado este informe que revela que la cifra de autónomas es más elevado en la capital catalana y se sitúa en un 39%.





El perfil de la emprendedora barcelonesa es el de una mujer de unos 36 años –los hombres tienen 34 años– con un nivel de estudios superior al de ellos. Se focalizan sobre todo en actividades del comercio al detalle y la hostelería. La mayoría de ellas lo hacen por necesidad y no ven la creación de su propia empresa como una oportunidad de negocio. Además, ellas reciben menos dinero para financiar su aventura empresarial (15.000 euros frente a los 21.000 de los hombres), y tienen mayor éxito las que tienen referentes familiares de emprendeduría.

Las principales dificultades que se encuentran están relacionadas con la “baja confianza en sus propias capacidades y el conocido síndrome de la impostora que a la hora de pedir la financiación se hace más visible”, señala Illa . También influye el nivel de responsabilidad, en el caso de las que son madres, y cómo les cambia el rol en el ámbito familiar que se convierte en una presión añadida que funciona como barrera para sus aspiraciones.








Fuente: LA Vanguardia

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