Las televisiones de hoy en día se apagan solas si no las tocas. Entienden que si no hay contacto directo y constante es porque no hay nadie al otro lado. Fundido a negro. Si mi abuelo hubiera tenido estas televisiones, cuando cada verano a la hora de la siesta ponía la vuelta ciclista a España y se dormía, roncando con los ciclistas de fondo, se habría dado unos sustos terribles. Habría gritado con cada fundido a negro, sobresaltado por el silencio: “¡Estoy despierto, coño, no me apaguéis la tele!”.

La televisión de este salón oficina donde trabajo este verano, donde hago pequeñas facturas de autónoma y escribo pedigüeños correos de autónoma a los Ayuntamientos que aún (por los cambios de Gobierno, dicen) no me han pagado las pequeñas facturas que emití hace meses, se ha apagado sola hace unos minutos. No me he asustado; al revés, ha sido como cuando apagas la campana de la cocina y la vida vuelve a recuperar su cadencia de mundo soportable. Un alivio. No sé quién hablaba en el momento de desconexión súbita: cualquiera de ellos (son mayoría) pedía cosas a Sánchez para luego decir, en tono amenazante, que por favor. Llevo desde ayer con esa música de fondo, intentando apresar algo sustancioso que me dé pistas sobre el futuro que nunca llega. Abascal dijo que había conocido (no sé si personalmente) a un autónomo que no podía cogerse ni un día de vacaciones. También dijo ETA, ETA, ETA, y viva España. Sánchez ha conseguido que eche de menos a unos cuantos expresidentes. Un rato antes de que la televisión se apagara sola, mi cerebro ya solo registraba lo que de verdad me apasiona: Julio Verne, Mercè Rodoreda, y así. Al final, un montón de noes. ¿Mañana habrá síes? Desconozco los símbolos de la estrategia política de las investiduras. No sé qué significa abstenerse un martes. ¿Será tan triste como la burda estrategia del romanticismo patriarcal? ¿Cómo se interpreta la callada? ¿Como un próximo sí? Ahora ya sabemos que no es no.

No quiero encender la tele ni abrir las redes sociales hasta que tengamos un presidente. O hasta que me paguen los Ayuntamientos. O hasta nunca. Igual me pongo los cascos y cierro los ojos y escucho en bucle Afilando los cuchillos. Si me llaman de nuevo a las urnas, que me pille cantando la letra que Residente le ha compuesto a Ricardo Roselló: “La hipocresía del país en general, tirar piedras en Venezuela está bien, pero en Puerto Rico está mal”. @lara_morenom

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Fuente: El Pais

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