Se han escrito muchas páginas en contra de las emociones. Y yo suelo percibir en esas voces alzadas en pro de la racionalidad el empeño algo histérico de certificar que razón y emoción se sitúan en nuestro cerebro en departamentos estancos. Yo veo a los racionalistas muy emocionales. Es como si trataran de convencer al pueblo ignorante de la no existencia de Dios dando un puñetazo encima de la mesa, con la intención de que se entregue a la ciencia a la manera ciega en que se profesa una fe. Dicen que del territorio de la política las emociones deben quedar descartadas, y una no se explica cómo se afirma tal cosa cuando no hay político, ni lo ha habido, que no apelara a ellas para tratar de comunicarse con la ciudadanía, de manera que su discurso tocara alguna fibra personal, que vinculara proyectos políticos con aspiraciones individuales.

En abril, los votantes de izquierda, de la que va del centro a la más radical, expresaron un deseo, difuso como cualquier anhelo colectivo, pero bien encaminado, de que un nuevo Gobierno mejorara las condiciones de vida de quienes habían sido castigados por la crisis y no han levantado cabeza. Eso, junto con la aspiración, ya no eludible, de enfrentar el desafío de conciliar mejora social y limpieza del aire, el reto de la igualdad cuando soplan vientos de retroceso y la asunción de una sociedad diversa que poco se parece a la que teníamos hace veinte años. Se trata de reivindicaciones justas que precisan reformas necesarias, algunas urgentes en un país que lleva años dando bandazos. Cada cual fue a votar con un programa político en su cabeza; cada uno concediendo un nivel de importancia distinto de estas aspiraciones según marcaran las legítimas preocupaciones personales. Aspirar a un país más justo es una reivindicación de la izquierda (aunque solo sea porque la derecha siempre tiende a favorecer a los privilegiados la diferencia entre derecha e izquierda es irremplazable), pero es necesario que alguien despierte de alguna manera la ilusión necesaria para salir de casa y prestar un voto.

Esa ilusión se palpaba en las pasadas elecciones. También intervino el miedo al avance reaccionario; emoción, por cierto, la del miedo, muy criticada, porque “votar en contra” está muy castigado por los expertos. La cuestión es que esas emociones, sean cuales fueran, han sido dilapidadas con un feo espectáculo: el de las conversaciones insuficientes, el de las filtraciones inapropiadas, el de los políticos tuiteros (¡dejen Twitter ya de una puñetera vez!), el de las manías personales, la desconfianza, la arrogancia, las exigencias inasumibles, la falta de química escenificada ahí mismo, con vistas al público, para vergüenza de todos nosotros, que bien podíamos preguntarnos, “y si se quieren tan poco, ¿a qué santo sonaron campanas de boda?”.

Ha faltado prudencia, trabajo, altura. Se ha confundido el necesario ejercicio de la transparencia con ese discurso impúdico tan en boga, como si no fuera necesario un pacto de privacidad entre adultos que pretenden llegar a un acuerdo. Un diálogo de reproches en el Congreso es el resultado bochornoso de una falta de conversación verdadera en privado, la prueba de que no se han hecho los deberes. Y al otro lado, asistiendo estupefacta, la ciudadanía. Algunos se engolfan debatiendo sobre quién ha sido el culpable de este desencuentro penoso, cuando lo que deberíamos exigir es un mínimo de autocrítica, porque nos han arrebatado una ilusión. Ilusión no reñida con esperanzas razonables, y muy bien van a tener que hacerlo ahora para volver a despertarla.

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Fuente: El Pais

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