De forma absolutamente irresponsable se trasladó la impresión de que la mayoría de visitantes extranjeros venía a degradar nuestras ciudades, a ocuparlas, a disfrutarlas básicamente a través de la borrachera y el ruido y los destrozos, con infinitas molestias vecinales. Fue un auténtico disparate, una caricatura. 

Daba la impresión, escuchando hablar a dirigentes tan poco formadas y con tan menguada experiencia profesional como Ada Colau (entre otros arribistas), de que España entera era una suerte de Magaluf, con el alcohol y el vandalismo corriendo a raudales de esquina a esquina de las grandes capitales, sin excepción. Y ese esbozo esperpéntico y no falaz, sino rotundamente falso, llevó incluso a diseñar normas y reglamentos que, una vez aprobados, estrangularon los ingresos que legítimamente llegaban desde el otro lado de la frontera.

Hoy, esos dirigentes irresponsables, o muchos de ellos, siguen acomodados en sus poltronas, sin ver disminuidos muchos de sus inmotivados privilegios, pero ese sector tan rotundamente estratégico para nuestra economía está irremediablemente en la ruina. A la calle se han ido camareros, cocineros, recepcionistas, contables… y todo el ejército de profesionales magníficos que se desempeñan en nuestros magníficos hoteles.

Ahora, esas instalaciones permanecen semivacías o cerradas. Muchas de ellas han puesto a sus propietarios en la tesitura de vender a precio no de saldo sino directamente de derribo. La miseria. 

Sería interesante, aunque no será desde luego fácil, que muchos de esos políticos que tanta aversión sienten por la prosperidad, la economía liberal y las sociedades abiertas no volviesen a incurrir en semejantes errores, tan garrafales y tóxicos. Porque generan mucho dolor, y porque ellos, desde sus atalayas, sordos y muchas veces ciegos, ven inalterables sus cuentas corrientes, nutridas éstas con los impuestos del sufrido y triturado ciudadano.

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Fuente: Estrella Digital

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