Aseguran los liberales que el Estado sólo da al ciudadano el dinero que le ha quitado antes. Se nota que los liberales han escuchado pocos debates electorales en España porque aquí se lleva discutir sobre las formar de pulirse el erario y no se lleva fastidiar los debates con previsiones aguafiestas sobre el erario.

¿Trabajo? ¿Vivienda? ¿Pensiones? Lanzado el triple interrogante, sólo una candidata –Álvarez
de Toledo, la muy aguafiestas– se atrevió a mencionar “los atisbos de crisis internacional”, una observación muy pertinente a la vista del mundo en que ­vivimos y ciertas previsiones como la de la Organización Mundial de Comercio que recorta el crecimiento de este año al 2,6%.






Las posturas de los candidatos

La receta del PP: bajar impuestos. La de Cs también. “Nosotras queremos sumar”, coincidieron Arrimadas y Álvarez de Toledo (no ha venido a Catalunya a tener muchas coincidencias, de ahí el valor de la frase compartida). También les unió un fraternal repelús a una economía bajo la guía de Pedro Sánchez (“el factor Sánchez”, resumió sin más la candidata del PP, “Sánchez nos ofrece la podemización” de la economía, en verbo de Arrimadas).

La socialista Batet parecía muy cómoda en este segundo capítulo del debate. “Si aquí, al final, la fórmula es la socialdemocracia clásica”, resumió. Puestos a entendernos, la socialdemocracia clásica no deja de ser una receta saludable, sobre todos entre los electores de una cierta edad que aún distinguimos entre Olof Palme o Willy Brandt y dos blogueros del norte de Europa. “Vamos a poner en pie de nuevo el Estado social”, señaló la ministra.

El resto de candidatos optaron por fórmulas más creativas y rumbosas. Laura Borràs (JxCat) se mantuvo fiel a la piedra filosofal del 2012: en cuanto Catalunya se emancipe de España, en cuanto nos dejen ser los más trabajadores del mundo y no tengamos que enviar, ¡a diario!, 41 millones de euros a las arcas de un país que nos devuelve “tanta pobreza”, en cuanto eso suceda, ya no tendremos que sufrir por las pensiones de los ciudadanos. Su formación, en resumen, “lucha contra el Estado del malestar” –malestar, que no bienestar–. ¡Ah! También contra “el Estado del Ibex y el palco del Bernabeu”, sobre cuya rutilante remodelación no dijo que vaya a ser financiada por los catalanes.





Jaume Asens (de la Casa Gran a la carrera de San Jerónimo) y Gabriel Rufián (ERC, ni una mención de la palabra “independencia” en todo el debate ) rivalizaron en propuestas de las que gustan a cualquier elector bondadoso hasta el punto de que el primero prometió un salario mínimo de 1.200 euros y el segundo se conforma con uno de 1.000 euros. Sólo les faltó decir: ¿lo dejamos en 1.100 euros y tan amigos? “Los salarios tienen que subir”, reivindicó Jaume Asens, un deseo formidable que evoca al de “¡feliz Año Nuevo!”.

Con el Reino de España y Catalunya sin presupuestos, lo natural y previsible fueron los reproches y las bajas por fuego amigo. Álvarez de Toledo mencionó las 5.300 empresas catalanas que han trasladado sus sedes, movimiento que Gabriel Rufián atribuyó a un “nefasto decreto” de Madrid.

En resumen: “Quien calcula, compra en Sepu”.








Fuente: LA Vanguardia

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