Un DJ, dos raperos, un hoster y diecisiete mil personas. Ingredientes normales, reconocibles individualmente. Juntar todos es sinónimo de espectáculo: el primero pone la música para cuando los segundos sueltan punchs o rimas inverosímiles paridas en el momento; estos, los segundos, fluyen sobre la instrumental para ridiculizar al que está enfrente a través del arte de la rima; el tercero controla que los dos raperos no se excedan en agresividad, que el público anime y que los gallos respeten los tiempos de descanso y a ellos mismos (no se permite el contacto físico); y el cuarto alienta, jalea y grita todas y cada una de las puñaladas verbales que retumban en el escenario. Con todo este maridaje, Red Bull pretende cocinar en Madrid (Wizink Center, más concretamente) la receta de la Final Internacional de batallas de gallos que, cinco años después, vuelve a España el mañana. Sin que queme. Con buena cocción. Para no todos los gustos y paladares.

La Red Bull Internacional es el paso definitivo de todo freestyler, la antesala para erigirse como el mejor de todos. Es el torneo definitivo; podría tratarse, por establecer un símil futbolístico, como el mundial de las batallas de gallos, con representantes de todos los países de habla hispana (y, por primera vez en esta edición, de Estados Unidos también) batidos en duelos dialécticos para ver quién humilla, veja, ridiculiza, despreciar, zahiere al de enfrente.

Zasko, o Ginés, ganó la Red Bull Nacional en julio, lo que le da un pase a esta competición; Bnet, o Javier, la ganó el año pasado y quedó tercero en la contienda internacional y, por problemas de visado de otro participante, participará este año de nuevo, buscando redimirse; Aczino, o Mauricio, se colgó la plata el año pasado (el oro el anterior, en 2017), por lo que tiene reservada una plaza el próximo sábado de manera automática; Wos, o Valentín, se alzó con el título el año pasado tras una dulce revancha con Aczino, lo que le permite revalidar el título en esta edición; y Jaze, o Juan Carlos, y Litzen, o Gustavo, son los representantes de Perú: el primero fue elegido por otro problema con la burocracia de otro participante; el segundo ganó el torneo de su país.

“Pienso que quizás Zasko es un alter ego de Ginés mucho más exagerado, agresivo, directo… Sin filtro. Es el mal genio de Ginés elevado a la máxima potencia trasladado al rap”, afirma el alicantino, de 23 años, cuando se le pregunta sobre la dualidad. La misma que cuesta sobrellevar; un personaje sobre los hombros no es fácil de soportar, y más a edades tempranas, como Bnet (21 años), quien afirma que, en su caso, “no se trata de un personaje” porque “Javi es el todo y el personaje es una parte. Bnet tiene mucho de Javi porque forma parte de él”. “Pero es cierto que, por lo que vives, esa parte se potencia y te marca: todo lo que vivo como Bnet afecta a mi todo, a mi Javi”, sentencia el madrileño, algo emocionado por jugar en casa. Pero ese que se ve arriba no es el mismo que aquel que se ve abajo: “Los fines de semana cambia de Clark Kent a Superman”, afirma Zasko, o Ginés, de Bnet, o Javier.

La juventud de los participantes también se trasvasa a la juventud del público: la mayoría de asistentes son gente de alrededor de los 20 años, con todo lo que ello conlleva. “Somos conscientes de que somos ejemplo y que tenemos muchos seguidores, pero no puedo hacer de tutor legal de un niño de 13 años que me escuche”, explica Zasko ante la cámara. La fama, los números, el dinero, el cariño: toda esta macedonia que conlleva ser una persona pública “son cambios”, indica Bnet: “No hay un período de adaptación: antes no me pedían una foto y ahora a lo mejor quieren tres. Pero yo me las hago tranquilo: si llevo 20 años siendo una persona, no voy a cambiar mi manera de ser por ello”.

La edad y la continua profesionalización del espectáculo implica, también, un sentimiento más efusivo y ‘extremista’: Jaze piensa que “hay muchísimo fanatismo. Es algo que ha crecido mucho, hay mucho forofo. Nos hemos ganado el apoyo a pulso, vale la pena volcarse en ello: ya hay gente que paga por ver a Litzen, a Chuty o a Wos”. Este último, de Argentina, opina que la creciente especialización “ayuda a que los que lo hacen vivan bien”, como es su caso, pero tiene su parte negativa: “Da oportunidades y da trabajo… Pero creo que a veces, cuando algo es de nicho y se vuelve mainstream, pierde algo de esencia”.

Lo peor de la fama es el ajetreo, el movimiento constante, el estar lejos de los tuyos. El mexicano Aczino, por ejemplo, tiene mujer y dos hijos a los que ve menos de lo que le gustaría. “Trato de conciliar la vida profesional con la personal dividiendo cada cosa en su tiempo: cuando trabajo, trabajo, y cuando estoy en casa, me vuelco a mi familia. Pero me gustaría estar todos los días con ellos”. Su vida es un vaivén constante: “Un día normal es despertar en quién sabe dónde, con dos horas para llegar a un aeropuerto. Amanecemos en un país y nos preparamos a ir otro”.

Pero, al fin y al cabo, los freestylers son personas: un día normal en el caso de Bnet es “despertarse, desayunar, ducharse, bajarse al parque con los chavales a rapear de vez en cuando y hacer cosas”. Zasko, igual, sólo que él “a veces se levanta a la hora de comer”. Tienen sus miedos, sus inquietudes: en el futuro se ven siguiendo una estela artística, pero, probablemente, lejos de las batallas. Es llevar la vida de antes sin ser la vida de antes: “Vivo como un universitario sin ir a la universidad, que es lo mismo que hacía cuando me matriculé… Aunque ahí tampoco iba”, ríe Bnet, o Javier, un chaval de 21 años que improvisa.




Fuente: La razon

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