Temerosos de no saber elaborar un discurso que subraye el valor intrínseco de la Liga ganada el sábado, recurrimos a una perspectiva más global. Retorcemos la estadística para que no pase desapercibido lo que alguien debe considerar que podría pasar desapercibido. Sean las siete Ligas de diez, las ocho de once o las diez de Messi, la contabilidad –como quedó demostrado en el discurso de Òscar Dalmau–, intenta añadir elementos racionales a lo que para muchos forma parte de una dimensión íntima.

El esfuerzo teórico debe combatir evidencias que, por suerte, la emoción no tiene en cuenta. Por ejemplo: que buena parte del partido del sábado fue un disparate. O que las Ligas que no se le disputan al Madrid arrastran una sordina mediática que en vez de acomplejar a los madridistas, oscurece la alegría de parte de los culés. El barcelonismo tiene sus propias liturgias y debemos pensar que el sábado hubo muchos feligreses, de cinco, seis o siete años, que vivieron la plenitud de la Liga ganada por primera vez.

El entorno en el que la ganan no es el mismo que acompañó a los que vivimos nuestra primera Liga en 1974, en un entorno en el que el fatalismo sentimental y el victimismo antimadridista ensombrecían el paisaje. Entonces la acumulación de deseos era proporcional a la diversidad de matices en la esperanza. Por eso la explosión de alegría que se produjo cuando el Barça ganó en el El Molinón, a principios de abril de 1974, nunca podrá ser reproducida de manera artificial. Cinco jornadas antes de acabar el campeonato, el Barça ganó y, retransmitido sobre todo por relatos radiofónicos, convocó espontáneamente a los culés en Canaletas. Se cantó el Virolai y la crónica de La Vanguardia (de Juan Antonio Casanova) habla de “incontenible gozo individual y colectivo”.

¿Eso significa que aquella Liga fue mejor que esta? Ni mucho menos. El intento de poner en valor el contexto de continuidad normaliza la proeza y refuerza el sentido de una tradición deportiva que hoy se encarna en Messi pero que en otras épocas se encarnaba en Samitier, Kubala, Cruyff o Ronaldinho. La apariencia de trámite que desprendió la celebración del sábado es comprensible y nos recuerda que la celebración institucional es una opción no obligatoria porque la celebración importante es la que cada uno se monta de manera íntima. La costumbre de disputar títulos reblandece nuestra capacidad de celebrarlos y, como pasa con los jugadores, a veces nos hace perder facultades en la euforia. Y del mismo modo que nunca olvidaré las primeras rues de la era Laporta (especialmente en tiempos de Rijkaard, con la logística poliédrica de Alejandro Echevarria), el sábado muchos culés amamantados en la opulencia se permitieron el lujo de seguir el partido a distancia y de enterarse de la victoria del campeonato a través de una aplicación del móvil. Y en este contexto de libertad a la hora de gestionar su alegría, los jugadores también relativizan las liturgias y ya no se vuelven locos por tocar la copa y están más pendientes de complacer a sus hijos o de compartir situaciones tan insólitas (en comparación con la tradición del fútbol) como que las mujeres y las novias se empoderen en el césped para inmortalizarse en Instagram con fotos de grupo que también son el síntoma de que los tiempos han cambiado.




Fuente: LA Vanguardia

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