Cuando Catalunya era un oasis, las reglas del juego parecían claras. El juego que se jugaba en la pista central era el de un clientelismo clásico sin muchas sofisticaciones. El viejo juego (tan romano) del patronazgo, con los roles de patrono y protegido, en el que los papeles se adoptaban en función del poder o la capacidad de influencia de que se disponía y en que algunos jugadores podían tener dos roles (uno cuando miraban hacia arriba y otro cuando miraban hacia abajo). Quien hacía de patrono ofrecía cargos y protección y esperaba honor y lealtad. Quien hacía de cliente esperaba progresar comportándose como se esperaba. Ambos intercambiaban bienes o servicios que interpretaban como favores. Tanto el uno como el otro buscaban acumular un capital social y simbólico que les permitiera consolidar o mejorar su posición jerárquica. Y así se reclutaba a quienes querían seguir el cursus honorum y hacer el papel de élites, que acababan siendo el corazón, los ojos, las manos y los brazos de este gran cuerpo clientelar. En lo alto, había la cabeza, la figura carismática del patrono de los patronos, que proyectaba la sombra que permitía que, a los ojos de la nación, se confundieran los intereses particulares con el interés nacional y el interés nacional con los intereses del único partido que supuestamente lo representaba. Sin esta cabeza, el organismo clientelar habría perdido el alma y habría sido una máquina. Pero el nacionalismo no puede funcionar de manera meramente mecánica. Vive del espíritu, como el resto de las religiones.

Ha llovido mucho. Pero las realidades y las ficciones catalanas aún se entienden mejor si no se deja de lado el papel representado por el pujolismo y si se piensa el pujolismo como un fenómeno inseparable de la red de intereses y lealtades que Jordi Pujol empezó a tejer cuando hacía país desde Banca Catalana y que se siguió tejiendo mientras él y Artur Mas, como lugarteniente de la cabeza, hicieron política desde la Generalitat o la oposición. Sería inocente interpretar el procés sin tener en cuenta la evolución de este cuerpo clientelar, los cambios en sus pasiones y en la manera en que cada parte interpretaba sus intereses, las sucesivas amputaciones cuando los intereses de sus miembros dejaban de coincidir, su decapitación, el implante de una nueva cabeza exageradamente insignificante y gritona o los intentos de quienes, como las hijas de Pelias engañadas por Medea, quisieron rejuvenecer este cuerpo, troceándolo y poniéndolo a hervir. Evidentemente, lo que queda de este cuerpo también protagoniza las batallas que se libran en el espacio posconvergente. Se podría jugar a las siete diferencias y ver con detalle qué lo distingue de lo que fue. Pero sería arriesgado intentar adaptar a su estado actual la vieja metáfora del cuerpo político, que, desde la antigüedad, se ha usado para hablar de estas cosas. Ni la imagen del cuerpo sin cabeza de Spinoza ni la de los siameses con doble cuerpo y miembros con una misma cabeza, que usó Montaigne para hablar de la Francia de su tiempo, parece que sirvan.




Fuente: LA Vanguardia

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