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Cuando los extremos se cruzan | Cultura


Que tu padre sea Clint Eastwood tiene que ser una faena. Al menos si quieres ser contrabajista de jazz, porque todo el mundo sabe que al bueno de Clint le pirra está música, y las suspicacias saltan a la mínima: si Eastwood hijo está inmerso en el circuito profesional del jazz ha de ser por ser hijo de quien es, ¿no?

Por eso, porque es más que natural albergar ese tipo de dudas, intentar que el público le tome a uno en serio conlleva cierta dificultad con semejante apellido a cuestas. A cambio, está el hecho de que, efectivamente, si Kyle no fuese Eastwood, las probabilidades de escucharle en el programa principal de un festival de jazz como el de Vitoria serían prácticamente inexistentes. Si el contrabajista fuese un portento, a estas alturas ya lo sabríamos. Y no. Por otro lado, a su favor juega que tampoco es, ni por asomo, un completo inútil. De hecho, siendo un músico sin ningún atributo particularmente destacable, Eastwood muestra cierta evolución con respecto a sus inicios, y se le puede considerar un instrumentista solvente.

Así se confirmó en Vitoria durante el concierto del trío acústico formado por Eastwood y dos músicos de extensa carrera como Jean-Luc Ponty y Biréli Lagrène, ambos con una capacidad técnica mucho más apabullante que él. Estos habían grabado en 2015 un disco en este mismo formato junto a Stanley Clarke, y aunque realizar una gira con Eastwood en lugar de Clarke puede parecer una auténtica locura de buenas a primeras, en Vitoria el contrabajista estuvo a la altura.

Cada uno en su papel: Lagrène es un técnico incontrolable desde sus años como niño prodigio, Ponty sigue siendo un violinista refinado y Eastwood ejerce de contrapeso sin perder el tempo e improvisando con más aplomo del que muchos esperábamos. La música del trío no tuvo absolutamente nada memorable, pero tampoco nada cuestionable: todo sonó en su sitio, con algunos originales y standards como Blue Train, Oleo o Mercy, Mercy, Mercy, interpretados a medio camino entre la calidez de una jam session y la esterilidad de una gira diseñada para grandes festivales.

Lo de escuchar una propuesta original y arriesgada había sucedido unas horas antes en el Teatro Principal de mano de Linda May Han Oh, un nombre ya esencial en la actual escena de Nueva York, que presentaba su nuevo disco, Walk Against Wind. La joven es una contrabajista poderosa, con una pulsación firme y gran capacidad de improvisación, pero sus composiciones parecen querer decir tantas cosas a la vez que acaban resultando frías y recargadas.

A pesar de eso, con una banda completada por el saxofonista Ben Wendel (fundador de Kneebody), el guitarrista Matthew Stevens (hombre clave de Christian Scott durante años) y el baterista suizo Arthur Hnatek, la contrabajista facturó hora y media de música original que sonaba a diamante sin pulir, pero diamante, al fin y al cabo.

Aparte de un par de solos de la líder, Wendel protagonizó los mejores momentos del concierto con un lenguaje muy atractivo; una curiosa mezcla de trazos del fraseo de Mark Turner y un enfoque cercano a Chris Potter y a la herencia de Michael Brecker. Aunque en conjunto fue un concierto farragoso, sin duda entre los mimbres de la propuesta de Linda May Han Oh estuvo lo mejor —y, de lejos, lo más moderno de esta edición— que sonó el viernes en Vitoria.

Una jornada que se clausuró con Patti Austin, estupenda cantante con una carrera llena de momentos fulgurantes entre las tres décadas que separan su colaboración con Michael Jackson en Off The Wall y el Grammy que ganó en 2008 por su disco Avant Gershwin. Ejemplo de vocalista todoterreno, Austin posee una trayectoria inabarcable e infunde el respeto que se tiene por los auténticos trabajadores de la música. En 2002 grabó un disco en homenaje a Ella Fitzgerald y, como la excusa de su centenario sirve lo mismo para un roto que para un descosido, Patti Austin se presentó en Mendizorroza para presentar su disco For Ella con quince años de retraso, en un concierto dolorosamente decepcionante.

Pocas veces se ha dado como el viernes en Vitoria el triste hecho de que, tal vez, poner el disco por los altavoces del escenario podría haber resultado mejor que el concierto en sí. El show de la vocalista resultó tan artificial, tan falto del más mínimo atisbo de frescura, que uno tenía la sensación de estar frente a una reproducción negligente del disco. Y nombramos el disco una y otra vez porque el repertorio de la cantante fue exactamente el del CD, tema a tema, sin una sola variación aparte de la pobreza del trío que la acompañaba como lo haría una grabación enlatada, y la baja forma de la propia cantante.

Puede sonar inmisericorde, pero más inmisericorde fue plantarse ante un show tan en piloto automático, conformado por un puñado de tópicos del repertorio de Fitzgerald interpretados sin gracia, con la falta de emoción con la que un funcionario sella impresos mientras mira el reloj esperando que llegue la hora del café. Incluso las extensas presentaciones en las que la vocalista se explayaba con comentarios y anécdotas sobre Fitzgerald, el amor o cualquier cosa que contextualizase, de forma más o menos peregrina, la canción que fuese a continuación, sonaron falsas y sobre ensayadas. Un concierto, en resumen, más propio de un casino o un bar que del escenario principal de un festival de jazz como el de Vitoria.




Fuente: El país

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