Sólo recibí un sopapo en la escuela –la Escola Laietania, progre y catalanista, modélica– y fue merecido. En cambio, una frase en la reconvención postsopapo me resultó injusta:

–Somos un país de toreros y futbolistas, un país atrasado.

Hubo un tiempo en Catalunya –y no tan lejano– en el que el fútbol era una afición despreciada que sólo podía apasionar a personas reaccionarias. El desprecio era olímpico y al fútbol se le imputaban todos los males de la sociedad.

–¡Ganan más dinero los futbolistas que los profesores!

Leer la prensa deportiva –y hablo por experiencia– te situaba en el lumpen (algo queda, cuando alguien quiere despreciar a Mariano Rajoy suelta que lee el Marca, un buen diario deportivo). Eras poco menos que un tipo sin inquietudes ni cultura.

Como la religión, el fútbol era “el opio del pueblo” y si uno quería quedar bien con las chicas en fiestas lo mejor era ocultar la pasión y hacer ver que no conocías de nada a Carlos Tartiere. ¿El Plantío? Connais pas…

Por suerte y coherencia, uno nunca renegó del fútbol ni atribuyó el franquismo, los quinquis o la balanza de pagos a este deporte en cuyas gradas percibía lo que de verdad mueve a las personas: la pasión.

Mientras los intelectuales –con contadas excepciones– hablaban del “pueblo” en abstracto y le recetaban lecturas, películas y espectáculos infumables, un chaval como yo sentía lo que era el pueblo sin cartón piedra en las gradas de gol –asiento y general– del campo del Europa. Allí estaba el socio que había reservado el único puro de la semana al alcance de su bolsillo, el espectador que entraba de gorra porque su primo era taquillero, el que esperaba en la calle que cayese un balón y al recogerlo se ganaba la entrada. O el que pedía la hora al árbitro porque en casa había paella, la deseada paella dominical, y el arroz se pasa…

Además de reaccionario, el fútbol pasaba por machista. Quizás lo fuera porque en las crónicas raro era el día que no aparecía escrita la palabra “viril”. Las mujeres cultas veían en el fútbol una mezcla de infantilismo y fanatismo que, en aras del progreso de la humanidad, convendría situar en el siglo XXI en un plano anecdótico. Una afición que desterrar.

Hoy, el fútbol es otro terreno de juego en la lucha por la igualdad. En lugar de despreciarlo como entonces, el movimiento feminista celebra que 60.000 personas llenen el Wanda Metropolitano y ya no habla de un juego ridículo de once hombres contra once corriendo detrás de un balón en calzoncillos. Es una paradoja muy bienvenida.

Al final, el fútbol no era tan malo…




Fuente: LA Vanguardia

A %d blogueros les gusta esto: