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Cuando Bruce no quería ser Springsteen


Es la medianoche del 2 de octubre de 1985. Bruce Springsteen acaba de interpretar “Glory Days” en Los Angeles para concluir una extenuante gira de más de un año que le ha llevado a contemplar los cielos de medio mundo y la rendición de su millonaria audiencia. Es el final del “Born in the U.S.A. Tour”, uno de los acontecimientos más masivos de la historia del rock and roll. El artista descansa tras acabar, una noche más, mucho más que exhausto después de ofrecer otras tres horas de show.

Efectivamente, son sus días de gloria. Con los Rolling Stones por entonces de retiro, Springsteen es lo máximo dentro de la música a nivel popular, el artista más aclamado, la cima del llamado “rock de estadios”, un género en sí mismo que asistió a su apoteosis en los años 80. Quizá no lo sabe, pero acaba de cerrar una época.

Sony publica hoy “Bruce Springsteen. The Album Collection Vol.2, 1987-1996″, una caja que recopila en vinilo todo lo que hizo durante la década que siguió a “Born in the U.S.A.”, una de las etapas más controvertidas y polémicas de un artista que entonces parecía cansado del mastodóntico mito creado en torno suyo, y seguramente a propia voluntad. Fueron años extraños, sin duda, aunque ni siquiera sus fracasos artísticos pudieron siquiera erosionar la leyenda generada. La caja incluye los discos “Tunnel of Love”, “Human Touch”, “Lucky Town”, “In Concert / MTV Unplugged” y “The Ghost of Tom Joad” más los EP’s “Chimes of Freedom” y “Blood Brothers”.

“Born in the U.S.A.” se había convertido en una carga demasiado pesada incluso para Springsteen, un hombre de espaldas anchas y enorme capacidad de carga, tanto física como emocional. Era la estrella del momento y, como en el caso del rock de estadios, su sonido había contribuido a crear casi un género en sí mismo, el de la “radiofórmula”, un producto consumible por todas las edades y gustos. Y en cualquier momento y situación. Un tipo de música robusta, capas y capas de sonido, una sección de ritmo estruendosa, sintetizadores en lugar de pianos y hammonds, voces en primer plano… Los shows también se magnificaban con columnas de sonido capaces de llegar al fondo de cualquier estadio de fútbol, dar el gusto a todos los aficionados que justificaban la grandeza del concierto en función de la intensidad del pitido de los oídos. La apoteosis del exceso.

En 1987 se anunció la publicación de “Tunnel of Love” y los fans de Springsteen comenzaron a frotarse las manos con la ilusión de escuchar otro “Born in the U.S.A.”. Pero lo que se encontraron fue algo que casi nadie esperaba. Para su octavo disco de estudio, el artista había prescindido de la E-Street Band para grabar con enorme austeridad una colección de canciones decisivamente influidas por el divorcio de su mujer, la actriz Julianne Phillips, y también por el innato deseo que entonces tenía Springsteen de no ofrecer lo que todos esperaban. Lo más obvio del álbum es lo que a la mayoría más le gustó –”Tougher than the rest” o “Spare Parts”-, pero la esencia del disco estaba en temas como “Walk like a man”, “Brilliant disguise”, “One step up” o “When you’re alone”. Canciones de extraordinaria intimidad y sensibilidad que sin embargo produjeron decepción en muchos. La portada del álbum, con Springsteen vestido de rocker y apoyado en un Cadillac, no ayudaba a ilustrar lo que estaba dentro, sonidos sin banda robusta y composiciones nada amables. En perspectiva, se trató de un disco sensacional y no son pocos quienes opinan que fue el último gran álbum de Springsteen. En lo que no transigió el artista fue en su exposición pública y lo que organizó después no fue precisamente una gira íntima, sino que volvió a reunir a la E-Street Band –ampliada con una fantástica sección de vientos- para ofrecer otro tour masivo entre febrero y agosto de 1988. Sería la última vez en 11 años que tocaría con su grupo de siempre.

Testimonio de esa gira fue el magnífico EP “Chimes of Freedom”, que incluía cuatro canciones en directo: la espectacular versión de su añejo inédito “Be True”, la versión de Dylan que daba título a la publicación, “Tougher than the rest” y una sorprendente recreación acústica de su célebre “Bort to run”. Para entonces, Springsteen ya tenía nueva mujer a su lado, Patti Scialfa, la corista de la E-Street Band.

Lo que vino después sí que fue un verdadero terremoto musical. Tras cuatro años de silencio, el artista de New Jersey presentó al mundo su última idea: dos álbumes vendidos por separado –“Human Touch” y “Lucky Town”-, grabados junto a músicos de la escena de Los Angeles –Jeff Porcaro o Randy Jackson- y una larga nómina de vocalistas con gente tan reputada como San Moore, Bobby Hatfield o Bobby King. De la E-Street Band sólo le interesó contar con el teclista Roy Bittan y la novia de Springsteen. Los músicos elegidos ayudaron a perfilar un sonido que sin duda no era el tradicionalmente asociado a él. Era “música angelina”, la más tópica posible, un sonido de fácil consumo para un enorme y variado número de oyentes. Y generalmente de poca inspiración. Escuchar algunos versos –”Voy a ir a la Ciudad Afortunada / Donde no se encuentran perdedores”- producía incluso sonrojo si se tiene en cuenta el talento para la escritura que había desarrollado durante dos décadas. Una autoparodia.

Para defender su producto en directo, Springsteen reunió una banda compuesta por músicos desconocidos en su mayoría y no pudo resistirse a la nociva moda del momento: el temible “Unplugged”. Pero, fiel a su instinto de entonces, decidió cambiar el paso y se presentó en el canal “enchufado”. Es decir, con todo su grupo. “In Concert”, de 1993, fue el testimonio sonoro de aquella grabación con un contenido compuesto casi exclusivamente por las canciones de sus últimos dos discos. Sin embargo, los dos grandes momentos del show fueron “Atlantic City” y “Thunder Road”, dos viejas creaciones que hacían palidecer todo lo recientemente escrito.

Aquellos fueron sin duda los momentos más bajos del artista, tanto a nivel creativo como de críticas. Su música angelina no conectó con quienes habían gozado con álbumes como “Born to run”, “The River” o hasta “Tunnel of love”. Con todo, Springsteen pudo desarrollar más una faceta que había pasado más inadvertida en los años anteriores y a menudo asumió la tarea de guitarrista solista. Y con notables momentos.

Mientras, el mito seguía vivo, si bien no fue una gira por estadios como tal. La adoración continuaba y la audiencia se le entregaba cada noche. Springsteen ya había entrado en la categoría de una divinidad dentro del rock and roll. Y cuando alguien asciende a ese estatus ya no hay demonio que se lo lleve al infierno.

Pero a nadie se le oculta que artísticamente aquello fue un enorme paso en falso. El problema estuvo en la vulgaridad, un término que nadie hubiera pensado en atribuírselo a un músico que hasta entonces se había manejado generalmente en terrenos próximos a la excelencia. El propio

Springsteen pareció ser consciente de todo eso porque abandonó a aquella banda y aquel sonido para no volver a recuperarlos. Y las canciones de aquellos dos discos rara vez fueron incluidas en los conciertos de años venideros. Poco después llegaría un chute de ego con el Oscar ganado con la canción “Streets of Philadelphia”.

Llegaría otro prolongado silencio y sus seguidores tendrían que esperar hasta 1995 para tener nuevas canciones. Y lo que se encontraron fue, de nuevo, a otro Springsteen. No era el de la E-Street Band ni el de “The other band” –como sarcásticamente se denominó a su último grupo de acompañamiento-, sino un regreso a la “anticomercialidad”. Volvió a hacer lo de “Nebraska”, el disco que en 1982 siguió a “The River”, en lo que fue otro regreso al folk. Se llamó “The Ghost of Tom Joad”, en referencia al protagonista de “Las uvas de la ira”, de John Steinbeck, doce canciones de corte social y político. Era un sonido marcadamente austero –aunque con un grupo en el que estaban los fabulosos Gary Mallaber, Garry Tallent o Marty Rifkin- y poco amable. A sus defensores les pareció una muestra de valentía y sus detractores hablaron de impostura.

Springsteen emprendería una nueva gira él solo por primera vez para tocar en recintos más pequeños de la habitual. Eran conciertos de dos horas con las canciones de su reciente disco y sus clásicos presentados en un nuevo formato. Sus fans lagrimearon generalmente.

El final de la gira fue también el epílogo de una larga etapa de huidas hacia adelante y suficiente desconcierto como para pensar en que ya era hora de regresar a tierra firme. Volvió a reunir a la E-Street Band para grabar varias canciones que serían incluidas en un “Greatest Hits” y que también serían publicadas en el EP “Blood Brothers”, el tema estelar de una pequeña colección que también incluía “Murder Incorporated”, “Secret garden”, “Without you” y el “High hopes” de Tim Scott McConnell. El hijo pródigo volvía a casa.




Fuente: La razon

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