Croacia elige este domingo entre mantener en la Presidencia a la conservadora Kolinda Grabar-Kitarovic o confiar el cargo al ex primer ministro socialdemócrata Zoran Milanovic. Ambos llegan a la jornada decisiva muy igualados (un sondeo dibuja básicamente un empate técnico) tras una primera vuelta, el pasado día 22, en la que Milanovic logró el 29,55% de los votos y Grabar-Kitarovic, el 26,55%. Las urnas cerrarán a las 19.00 hora local (la misma en la España peninsular).

La clave del resultado, coinciden los analistas, reside en el 24,45% de votantes que optó en la primera vuelta por Miroslav Skoro, un ultranacionalista cantante folk que ha adelantado que este domingo emitirá un voto nulo. Por ideología, el destino natural sería la actual presidenta, pero las encuestas apuntan a que al menos un tercio se quedará en casa. Los indecisos se calculan entre un 13% y un 20%. «Milanovic es visto como una amenaza ideológica y existencial para la extrema derecha, por lo que es probable que buena parte de los votos a Skoro vayan a Grabar-Kitarovic. Por eso a Milanovic le beneficiaría una baja participación», señala por correo electrónico Robin-Ivan Capar, analista en el think tank European Council on Foreign Relations. A las 16.30, la participación era del 43,52%, casi cinco puntos más que en la primera vuelta.

«Construyamos juntos una Croacia más próspera que mire hacia el futuro y no al pasado», ha dicho Grabar-Kitarovic al votar esta mañana. En campaña, se esforzó por apelar a la unidad para evitar el regreso de “lo viejo y la recesión”, mientras que Milanovic recordó que “cada voto” cuenta en una pugna “muy ajustada”.

Los dos candidatos en liza tienen una edad similar (51, ella; 53, él) pero perfiles notablemente distintos. La presidenta suele definirse como una «mujer del pueblo»: es hija de un carnicero (lo recordó en el cara a cara electoral), creció en el rural noroeste del país y ha bromeado con ser una de las pocas personas en su partido, la Unión Democrática Croata (HDZ), que sabe ordeñar una vaca. Una imagen cercana que le sacó del anonimato internacional en el último Mundial de Fútbol, en Rusia en 2018, en el que Croacia quedó subcampeona, y en el que Grabar-Kitarovic destacó por pagarse una plaza de avión en clase económica para desplazarse a un partido, sentarse en las gradas y festejar los goles como cualquier aficionado.

Grabar-Kitarovic era considerada una centrista cuando llegó a la presidencia en 2015, pero cada vez  ha ido cortejando más a la extrema derecha y mostrado tibieza con el pasado fascista del país. La última polémica, este miércoles, fue el vídeo de apoyo a la candidatura, difundido por su partido en Twitter, de Julienne Busic, estadounidense condenada por participar en el secuestro de un avión en EE UU en 1976 para llamar la atención sobre la causa croata durante la Yugoslavia socialista. Antes de la primera vuelta, publicó —y luego borró— en su cuenta de Instagram una imagen en recuerdo de Slobodan Praljak, el bosniocroata que se suicidó teatralmente dentro del tribunal internacional que le condenaba por crímenes de guerra; prometió llevar pasteles al alcalde de Zagreb —recién imputado por un caso de corrupción— si acaba en prisión; y anunció sueldos de 8.000 euros, diez veces por encima del salario medio, para frenar la sangría migratoria.

En este contexto, el europeísta candidato socialdemócrata, que se define como la «única opción normal” y asegura que tiene «el corazón a la izquierda y la cabeza a la derecha», ha jugado la baza de la moderación. «Un presidente con carácter», ha sido su lema electoral para contrarrestar su extendida imagen de esnob urbanita que brilló cuando estudiaba Derecho en la universidad pero gestionó mal como primer ministro (2011-2016) el impacto de la crisis del euro. «Su temperamento, junto a que a veces puede ser bastante condescendiente, ha afectado en ocasiones a su atractivo electoral», apunta Capar. Una de las claves es precisamente si la gran baza del socialdemócrata (la oportunidad de aglutinar el voto de centro y de izquierda temeroso de una candidata cada vez más a la derecha) pesará más que su falta de carisma.

La decisión que tomen los electores tiene una derivada interna y otra comunitaria. En Croacia, porque las presidenciales sirven de examen para las elecciones legislativas que se celebrarán a final de año y en las que la HDZ aspira a reforzar su mayoría, y los socialdemócratas —que en las europeas de mayo obtuvieron un resultado mejor del esperado— a regresar al poder. El partido de la presidenta gobierna en coalición con una formación liberal y con el apoyo de varios partidos pequeños y de independientes.

La influencia en la UE reside en que Croacia, el último país en ingresar (en 2013, justo antes de que comenzase la actual paralización de facto de la ampliación comunitaria), ocupa desde el pasado miércoles la presidencia rotatoria de la Unión. El jefe de Estado tiene poderes protocolarios, pero también el peso que otorga ser el rostro del país en el exterior e influencia en asuntos de política exterior, seguridad y defensa.




Fuente: El Pais

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