Todavía hay 800 millones de personas sin acceso a la comida necesaria para una vida saludable. Así lo refleja el programa mundial de alimentos de Naciones Unidas, en el que además se insiste en la necesidad de mejorar la distribución y el cultivo de los mismos. Pues, entre otros “hándicaps”, el efecto del cambio climático en determinadas zonas geográficas hará que alimentarse sea cada vez algo más complicado. Es por ello que se han puesto en marcha diversas iniciativas para intentar paliar este fenómeno global: desde foie grass sintético hasta pasta impresa en 3D. La última de ellas se centra en la posibilidad de crear productos tan sólo con dióxido de carbono, agua y electricidad. ¿El resultado? Un polvo proteico altamente nutritivo con sabor a harina de trigo.

La principal ventaja de este proyecto desarrollado por la Universidad Politécnica de Lappeenranta y el Centro de Investigación Técnica VTT de Espoo (ambos en Finlandia) reside en la invención de un método de producción que no requiere un lugar con unas condiciones ambientes específicas: ni temperatura ni humedad ni tierra. Todo lo contrario que la agricultura tradicional. “Para conseguirlo, hemos recogido diversos microbios de la Naturaleza, los hemos colocado en un fermentador y les hemos añadido dióxido de carbono y nutrientes (nitrógeno, calcio, fósforo, potasio…)”, explica Pasi Vainikka, uno de los fundadores de Solar Foods. “A medida que la mezcla se vuelve más espesa, parte de ella se elimina y da lugar a un polvo seco”. De esta forma, tras una exposición a la electrólisis –descomposición de sustancias complejas por medio de electricidad–, los investigadores reunieron una pequeña cantidad de material sólido que tenía un perfil nutricional que coincidía con el del alga o la soja.

“El primero tienen una proteína de calidad a baja concentración, pero la segunda acoge otra de buena calidad. En cualquier caso, habrá que deshidratarlas para obtener todos sus beneficios», subraya Jesús Román, presidente de la Fundación Alimentación Saludable. “Lo que habrá que analizar es si este alimento puede producirse en cualquier parte del mundo»”. Según los cálculos de los investigadores fineses, sus centros de producción necesitan 20.000 veces menos de extensión de tierra que la que se requiere para obtener la misma cantidad de alimentos mediante el cultivo de verduras. Labrar toda la proteína que el mundo consume ahora con su técnica necesitaría un área similar a que ocupa hoy Grecia. Los mejores lugares para hacerlo son los desiertos, donde abunda la energía solar, lo que conviertiría también a este proyecto en uno totalmente sostenible.

El objetivo de esta empresa surgida de una incubadora de la Agencia Espacial Europea es producir un millón de kilos de esta sustancia e incluirla como aditivo en distintos alimentos: pan, chocolate, pasta, lácteos… “El ingrediente es cien veces más ecológico que cualquier alternativa de origen animal o vegetal, lo que ahorraría tanto en el uso de agua como de tierra”, mantiene Santiago Delgado, tecnólogo de alimentos y experto en innovación dietética de la Clínica Santa Marta de La Coruña. Desde la compañía aseguran que no cuentan con ninguna evidencia de que este polvo no sea tan seguro como cualquier otra comida existente. “Según los datos que han aportado, contiene todo los aminoácidos esenciales para la salud, así como las grasas, los hidratos de carbono y las vitaminas que se encuentran presentes en otros sustentos habituales. De conseguir desarrollarlo a gran escala, podría solventar algunos de los grandes problemas de la alimentación global”.

No obstante, los investigadores se muestran cautos y señalan que puede tomar hasta una década producir estos productos en cantidades suficientes como para satisfacer esta demanda. “Es un alimento seguro y completamente natural. No es un transgénico. No obstante, todavía tenemos que terminar de pulir aspectos básicos antes de comercializarlo”.




Fuente: La Razón

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