Para los muchos viajeros que recorríamos la ruta de la seda en agosto, la noticia cayó a plomo, como un mazo enorme que revienta en mil pedazos la tranquilidad de una ruta. Un atentado del ISIS, el primero de la historia en Tayikistán. Cuatro ciclistas asesinados en la Pamir, dos estadounidenses y dos europeos. Atropellados primero y acuchillados después. La noticia corrió como la pólvora por algunos medios internacionales y llegó a muchos de nuestros familiares y amigos, que lógicamente se preocuparon. Nosotros lamentamos lo que había pasado, pero nadie que llevaba viajando muchos años se dio la vuelta o cambió de itinerario. Mochileros, ciclistas o moteros, seguimos nuestro camino hacia la Pamir, sabiendo que la estadística estaba de nuestra parte y que la mejor forma que teníamos para combatir el terrorismo era ignorándolo.









Yo llegué a la Pamir un par de semanas después del atentado. En mis redes sociales muchos me advertían del peligro de la ruta, alarmados por lo desproporcionado y confuso de una noticia de tal calibre. Desde la ignorancia que otorga la distancia, un atentado en Tayikistán convertía a ese país en peligroso y a todos sus habitantes en sospechosos. Un razonamiento tan comprensible cuando el único dato que tienes de ese país son cuatro muertos, como completamente falso e injusto cuando lo conoces. La inmensa mayoría de sus ciudadanos, como en el resto del mundo, no son asesinos, ni violadores ni ladrones.

Terminaba el capítulo anterior con la moto enganchada dentro de un río, en el Bartang Valley, la ruta más complicada para atravesar la Pamir. Estaba solo y en mitad de la nada, carne de cañón para que esos terroristas de los que hablaban los medios, aparecieran en un cuatro por cuatro y Tayikistán volviera a abrir los telediarios. Y, efectivamente, apareció ese todoterreno…


Seguimos viaje…









Fuente: LA Vanguardia

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