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Confesiones de una señora mayor | Cultura


FOTO: El director de cine Álex de la Iglesia, en EL PAÍS el pasado 29 de noviembre. / VÍDEO: De la Iglesia en el programa de Facebook de EL PAÍS ‘El día del espectador’, el pasado 29. JULIÁN ROJAS / EPV

Me llamo Álex de la Iglesia y soy una señora mayor de 52 años. Hace un par de días, tras diez horas de entrevistas, metí la pata lamentablemente, y mi querida y admirada Elvira Lindo me lo recordó dejándome a la altura del betún, que es donde me merezco estar unos cuantos días. Le pedí perdón por Twitter, a ella y a todas las señoras de este mundo. Y es muy triste, porque si hay alguien a quien amo profundamente es a las señoras mayores. Desde mi madre, de 94 años, que quiere que estrene películas para verme por la tele, porque no tengo tiempo de subir a Bilbao a verla, hasta mi adorada Terele [Pávez] que falleció poco después del estreno de El bar. Ella se hubiera reído mucho, y de hecho, lo estará haciendo allá arriba con Sancho [Gracia], otro señor mayor al que quería con todo mi corazón, por mi torpeza a la hora de explicarme.

¡Pero si tú eres una señora mayor! Me recordaba un amigo periodista. Claro, entonces entendí todo. La gente no sabe que yo me califico a mí mismo como “señora mayor” habitualmente, un calificativo que, obviamente, Elvira Lindo ni nadie que leyera esa entrevista podía conocer. De hecho, mi perfil de Blogger es una foto de Angela Lansbury, y mi nombre, La señora mayor. Carlos Areces es muy señora, y así nos llamábamos mutuamente mientras rodábamos Balada triste de trompeta, y si seguís el Twitter de Antonio de la Torre, encontraréis muchos en los que me llama “señora”.

Ser una señora es maravilloso, porque nadie sabe como ellas ver las cosas con distancia, con tranquilidad, y con una comprensión que las hace únicas. Ser “señora mayor” no es cuestión de edad, es una actitud. Ninguna señora mayor debería enfadarse más de lo debido conmigo (sí un poquito, por decir tonterías), porque ellas entienden perfectamente qué es lo importante y qué no, dónde se encuentran los problemas que nos agobian y que alimentan este estado crispado de opinión en el que parece que todo es objeto de ofensa y crítica. Elvira me ha perdonado. Gracias, Elvira. Lo bueno de todo esto es que mi metedura de pata te inspiró para escribir un artículo muy hermoso.

También es muy triste que no supiera explicar, en mi torpeza, lo que realmente quería decir, que es muy distinto de lo que destacan los titulares. Quería decir que, dentro del mismo cine, hay una corriente de opinión que rechaza las nuevas ventanas de exhibición frente a lo que supone la clásica proyección en una pantalla, y eso me parece un paso atrás. Creo que todos los formatos, salas, televisión y plataformas digitales pueden convivir en paz sin entorpecerse unos a otros. Esto no tiene nada que ver con lo que creo que se me entendió. Culpa mía. Por eso también debo dejar claro, aunque se me antoja obvio, que amo profundamente los cines. Cómo no, pasando la vida entera en ellos, desde que tenía cuatro años hasta ahora, proyectando mis películas. Nadie vive con más pasión el momento mágico en que se apaga la luz y comienza la película, rodeado de gente, pero ahora hay nuevas ventanas de exhibición y son tan legítimas como la original.

Mucha gente no puede ir al cine, porque directamente no hay cines en su ciudad. Mucha gente joven (espero que este término no genere polémica) no puede pagar la entrada de todas las películas que le gustaría ver, y espera a encontrarlas en las nuevas plataformas digitales. Además, y esto es lo más importante, esas nuevas plataformas están haciendo crecer la industria audiovisual de este país, produciendo más películas y series de televisión. La calidad de las obras no se resiente por eso, todo lo contrario, crece la oferta y la demanda, fortaleciendo a las productoras y aumentando la calidad de los proyectos. Prefiero el vinilo al MP3, pero debemos ser sensatos y reconocer que los dos sirven para escuchar música.

Gracias Elvira, porque con tu artículo me has dado la oportunidad de explicarme.




Fuente: El país

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