Marta Soto guarda en la garganta sus recuerdos más valiosos. Algunos son glaciales y rasgan sus cuerdas, otros son cálidos y consuelan su memoria. Ahí, en ese recóndito lugar, conviven dolor y energía a partes iguales. La fuerza con la que salen la despedazan por dentro, la aniquilan por fuera. Hay sabor andaluz y esencia folk. Ella es una de esas cantautoras que se cuenta a través de su música. Y, aún más, que perduran a golpe de buenas canciones. Su trayectoria es de fuerte anclaje y de trillado recorrido. Retumba como el grito más visceral cada vez que entona una letra y desentona un sentimiento. Anoche, mientras apuntaba con fuerza a las cabezas de sus seguidores, quedó claro que su palabra atraviesa sin aditivos e hiere con descaro. Casi desnuda, logró que el Teatro Barceló aguantase la respiración mientras abría su pecho en canal y brotaba un torrente de intimidad. Su ‘Míranos’ (Warner Music, 2018) bebe precisamente de esta premisa: la mejor forma de decir siempre las cosas es boca a boca, frente a frente. Sin parapetos. A pelo.

Su único refugio es el piano. Se nota cuando se coloca frente a él y recoge sus sonidos en el paladar. De hecho, si por algo se caracteriza esta joven onubense es por haber aprendido a encapsular esa compleja sinergia en sus melodías. Así lo atestiguó en su cita madrileña en varias ocasiones: mientras se sumergía en la paradoja ‘Qué curiosidad’, justificaba sus primeros pasos en la industria; mientras la declaración ‘Tantos bailes’ tomada pulso, demostraba que este disco es la mejor forma de no perder la conciencia sobre el amor; y mientras serpenteaba el huracán ‘Ya lo sabes’ entre sus dientes, demostraba que su evolución ha sido tan natural como progresiva. Su salto de las redes sociales al mercado discográfico ha sido sensato, razonable y lógico. Es cierto que su repertorio aún no es demasiado amplio y que sus canciones llevan mucho tiempo gestándose, pero la realidad es que despuntan con la misma melancolía y pasión de quien lleva todo la vida sobre un escenario.

Como era de esperar, la historia de Marta comenzó en su habitación, grabando ‘covers’ y colgándolos en YouTube. En esas primeras actuaciones, su voz flamenca coloreaba ya las canciones de Manuel Carrasgo, Rozalén, India Martínez, Antonio Orozco, Vanesa Martín o Alejandro Sanz. Fue precisamente este último, al escuchar su versión de “A que no me dejas”, quién le dio el primer espaldarazo a su carrera. Le habló de ella a Pablo Motos, presentador de ‘El Hormiguero’, que acabó invitándola a cantar en televisión. Así pasó de de versionar artistas a acompañarles en las tablas. Desde entonces, ha actuado con Pablo Alborán o Pablo López, pero lo sorprendente de su concierto, organizado dentro del ciclo Inverfest, fue que no hizo falta recordar a ninguno para disfrutar de una artista con empaque propio. Suena a una mezcla poderosa de todos ellos, así como también genera su misma adicción. Y, aunque aún le quede mucho recorrido, ya es todo lo natural y cercana que podría ser. En cuerpo y en runrún.




Fuente: La razon

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