Hay quien escribe como si despertase de un gran letargo y saciara su sed con el agua que se estanca al fondo, la que pudriéndose alimenta a las flores. Y aquí pienso en Marosa di Giorgio, Silvina Ocampo y Hilda Hilst. Tres mujeres tan misteriosas como lo fueron sus obras, que de inocentes tienen muy poco, aunque se nos invitara a creer lo contrario por aparecer entre hadas, muñecas viejas y pistas de tenis. Aviso: no es más que el envoltorio. Su lectura deja poso. Es más, con esos nombres ¿quién iba esperar otra cosa? Claro que nada indica que se los inventaran. Si hasta parece que fue al revés, que escribieron para estar a su altura, como quien obedece a un designio.

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Fuente: El país

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