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Cómo dirigir nueve novenas sinfonías en 12 horas


Dirigir nueve novenas sinfonías tiene algo de rito taurino, pues el director de orquesta se encierra con unos astados que no se lo van a poner nada fácil. Es como cuando un diestro de relumbrón se mide frente a seis astados en solitario. Salvando las distancias taurinas y echando un capotazo al batuta es lo que hará el día de San Juan Víctor Pablo Pérez (Burgos, 1954) dentro de la maratón musical que por cuarto año (se celebra cada dos) ha montado el Centro Nacional de Difusión de la Música (CNDM) y el Auditorio Nacional para unirse al Día de la Música que en Europa se celebró ayer. Hace un año y medio que Antonio Moral, director del CNDM, le arrojó el guante en buen plan al director. «Yo le dije que era una locura y le pedí un tiempo para poderlo pensar y reflexionar. Me pareció un imposible en un primer momento. ‘‘¿Qué me estás diciendo?’’, fue lo primero que se me vino a la cabeza. Finalmente acepté porque quería formar parte de algo así. De esas nueve, las seis más grandes las he dirigido a lo largo de mis más de treinta años de carrera, lo que me daba cierta seguridad». Y es ahí donde tercia el incombustible Moral: «Una proeza de este calibre no se la puedes encargar a un recién llegado, sino a alguien que las conozca perfectamente y que tenga callo. Se necesita, ya que, experiencia, conocimiento del material y a alguien que los tenga muy bien puestos. Y yo conozco a Víctor Pablo y sé cómo lo hace. Él era el indicado», explica.

Sin gimnasio

¿Y qué ha hecho el director de orquesta burgalés para prepararse? Que nadie piense que las pesas o los abdominales han estado en su día a día. «No ha habido preparación de gimnasio. Simplemente he caminado más. Ha sido cuestión de planificarse al milímetro para que hubiera ensayos suficientes y poder torear los nueve Miuras, «es algo que ha resultado fundamental. También he trabajado a fondo las partituras para hacer que la labor resultara más ágil», dice. En los últimos meses dirige las sinfonía en casa para él, sin orquesta está para medirse. «Las lee al tiempo que suena la música en su cabeza. A mí me parece alucinante», añade Moral, quien resalta que sin planificación en imposible aceptar un record de este calibre: «Ten en cuenta que el engranaje ha de funcionar a la perfección para que todo esté en su sitio», asegura, de ahí que se haya elegido cuidadosamente el orden en el que sonarán. Por primera vez en la historia se interpretarán en un mismo día nueve novenas sinfonías de Beethoven, Haydn, Schubert, Garay, Mozart, Bruckner, Dvórak, Shostakóvich y Mahler dirigidas por un único maestro, que tendrá enfrente a cinco orquestas diferentes: la Sinfónica de Madrid y el Coro Nacional de España, junto a los solistas Raquel Lojendio, María Rodríguez Cusí, Gustavo Peña y David Ménendez (novenas de Haydn y Beethoven, a las 11, las que abrirán el encuentro), Orquesta de la Comunidad de Madrid (Schubert y Garay, a las 13:30), Orquesta Sinfónica de RTVE (Mozart y Bruckner, a las 17:00), Orquesta Nacional de España (Dvorak y Shostakovich, a las 19:30) y Joven Orquesta Nacional de España (Mahler, a las 22:30 para terminar el atracón), con lo que se abarca un arco temporal de dos siglos que van desde 1762, la más antigua, de Haydn, a 1954, la firmada por Shostakovich. Las tres últimas sinfonía se retransmitirán en directo y la jornada se cerrará con los ya clásicos «Música para los reales fuegos artificiales», de Haendel, que avisa Moral para que nadie se llame a engaño, «sonarán como los ángeles pero es música enlatada».

Hace cuatro años, Jesús López Cobos dirigió las nueve sinfonías de Beethoven en un día y hace dos fue Juanjo Mena quien se enfrentó a las seis de Chaikovski también a lo largo de una jornada.

Para Víctor Pablo Pérez otro de los retos es la diversidad del material estilísticamente hablando, «con autores que son bastante diferentes entre sí y con sinfonías tan poderosas como las de Bruckner, Mahler y Beethoven. Además, al desafío físico y estilístico se suma también el emocional y prepararse psicológicamente para distribuir las energías y las emociones. Todas menos las tres que duran 15 minutos poseen una carga bastante potente. Pienso en Shostakóvich, quien se despachó con una obra en la que pesa bastante su carga de ironía sobre la maquinaria pesada del poder. Hay en ella detalles escondidos en los que se percibe su crítica al sistema», comenta. Si le pedimos que se quede con una, el maestro elige a Bruckner, «a quien veo muy cercano a como yo planteo mi vida. Para mí es especialmente querido y próximo». ¿Y una orquesta? Lo piensa y responde relativamente rápido: destaca aquí a la Jonde, «por poseer la energía típica de la juventud. Sé que lo van a dar todo, pero el director tiene que estar ahí, es necesario ayudar a construir el clímax y las emociones para ser capaz de llegar al final y sé que con ellos, que son los que cierran, lo vamos a conseguir».

Serán casi doce horas frente al atril. Si en cada concierto dice Pérez que puede perder alrededor de dos o tres kilos, calculen lo que le supondrán esta maratón, «pero se recuperan inmediatamente bebiendo agua», tranquiliza. Los ensayos comenzaron el día 15 y se va a cumplir la hoja de ruta a rajatabla. ¿Podría pasar que el director se quedara en blanco? «Yo no dirijo de memoria, tengo un enorme respeto por la partitura. Como decía Solti, conozco bien las obras, pero la miro para encontrar algo interesante». ¿Habrá nervios de más? «Prefiero no pensar en que será un reto histórico, sino en que vamos a construir nueve novenas sinfonías. Iremos toro a toro», deja caer. Los morlacos más difíciles llevan los apellidos de Beethoven Mahler y Bruckner, a los que él añade Shostakóvich «por su enorme carga interna». Pasadas las doce de la noche, el maestro podrá respirar aliviado. Y al día siguiente descansará. La temporada continúa y habrá más orquestas y festivales esperando.

La llamada de fanfarrias

Por otra parte, el haber reunido cinco formaciones del calibre de las que se escucharán ha permitido también que se convierta en un desafío para las propias orquestas, «ya que todas se van a medir entre sí, lo que provoca entre ellas una buena competitividad. No se pueden despistar porque el público es quien las van a juzgar y eso pondrá alerta a los músicos», explica el director del CNDM

Antes de que comience el reto de Guinnes, como lo llama Moral, a las 10:30 se escuchará a un grupo de metales de la JONDE en la calle que llamará al público a la sala. Dentro, en la Sinfónica se escucharán las orquestas y en la de Cámara se tocarán las nueve sinfonías de Beethoven en la transcripción que hizo Liszt por cinco pianistas, otro espectáculo irrepetible. Si no desea salir del Auditorio no tiene por qué hacerlo: en el parón del mediodía habrá una sesión en el hall con las novenas improvisadas a ritmo de jazz. Para los conciertos retransmitidos en directo se habilitarán 1.500 sillas en la calle, a los que se añade el graderío de la plaza que hay frente al Auditorio Nacional. Moral tuvo claro cuál era el objetivo de estas convocatorias cada dos años: «Conseguir que se convierta en un espacio festivo para la música con el objeto de que el público que no acude regularmente lo haga ese día y le pueda servir como enganche para el futuro. Queremos hacer posible lo imposible», añade con satisfacción. ¿Por qué novenas? «Porque a lo largo de la historia se han convertido en un icono. Han sido grandísimas piezas que para muchos de los compositores fueron su testamento o decidieron plantearse tras escribirlas no componer más. Éste es un proyecto cerrado en sí mismo», añade. Cuando le propuso el reto a Víctor Pablo Pérez le puso una única condición: que no las dirigiera en orden cronológico. Y Moral le dio carta blanca. «El cierre de Mahler será una maravilla porque los músicos tocarán sin luz los últimos compases, lo que entraña una dificultad añadida desde el punto de vista tanto musical como técnico. Se trataba de acabar con el silencio y la nada. Era perfecto. Así que acepté encantado el broche con esa novena sinfonía». Y es que el maestro asegura que después de dirigir esta pieza de Mahler es casi imposible dirigir otra si quieres llegar vivo al día siguiente.

Lágrimas en los ojos

Dice Antonio Moral que «desafíos como éste permiten que salgamos de la rutina diaria. No los puedes montar tampoco cada año si pretendes que te salga bien porque es complicado y entraña un trabajo extraordinario. Perdería, además, la excepcionalidad y lo que tiene de acontecimiento único», y añade que si hay algo que merece realmente la pena es «hacer feliz al público. Yo he visto en las convocatorias anteriores a la gente echarse a llorar y darte las gracias, aunque no te conozcan de nada, por lo que han vivido. El que lo conoce lo disfruta, y el que no, viene a descubrir y se puede enganchar, de eso estoy seguro porque tenemos los precedentes de años anteriores». Seguro que ya está dando vueltas al récord que batirá en 2019, un más difícil todavía, pues este año ha colocado el listón a una altura altísima. Atentos, que más de un millar de espectadores ya tienen su abono para vivir esta jornada histórica (taquillas del Auditorio Nacional y teatro del Inaem, por teléfono en el 902 22 49 49 y en la web www.entradasinaem.es).




Fuente: La razon

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