«Venga, que ahora empieza lo bueno: el secarral». Un cachondo, Juan García, 72 años, campeón de maratones y miembro de Ecologistas en Acción. Llevamos tres horas de caminata, menos de la mitad de lo que andaremos hoy y ya aprieta el sol. Desde La Latina hemos cruzado Madrid Río y el Parque Lineal del Manzanares. Ha sido agradable, algo que repetir un domingo con los niños, pero se acabó el paseo. A partir de aquí nos alejamos del río. Ya no hay bancos, pista asfaltada, ni runners. Tampoco una gota de sombra.

Hay descampado.

Un páramo desangelado donde sientes que termina la ciudad. Caminamos orillados a las vías del AVE. Son un cauce infranqueable protegido por vallas con la parte superior en diagonal, como en las fronteras. Por la pista de tierra pasa un operario de Adif en furgoneta. Nos mira raro. Va a una subestación eléctrica que alimenta la catenaria y parece el laboratorio del doctor Frankenstein. Entre sus transformadores imagino rayos de peli de serie B.

Enjambre de cables eléctricos junto a las vías del AVE a la altura de Villaverde (Madrid).
Enjambre de cables eléctricos junto a las vías del AVE a la altura de Villaverde (Madrid). David Expósito

Este camino largo hasta Rivas Vaciamadrid (25 minutos en coche, cinco horas andando, nosotros siete, entre fotos y paradas) forma la Ruta Verde del Canal del Manzanares. Suena mono y antiguo, hay hasta mapas turísticos. Sin embargo, pasamos por muchos puntos —una escombrera, unas ruinas siniestras, perros ladrando, un sofá hecho jirones en medio de la nada, el esqueleto de un coche quemado— en los que agradezco ir acompañada.

Además así Jesús Sánchez, 57 años, historiador, también de Ecologistas, nos ilustra sobre los antiguos caminos de sirga por los que las mulas tiraban de las chalupas que transportaban mercancías por el canal del siglo XVIII y sobre cómo funciona una esclusa (lo hace en una medio ruinosa, con arbustos donde hubo agua). El transporte a pulmón o en carro fue sustituido por el fluvial, este por el tren, aquel por las autopistas. Las vías que se quedaron lentas se han ido recuperando como sendas para el deporte. Caminamos pues por la obsolescencia.

Juan García retrata a su compañero de Ecologistas en Acción Jesús Sánchez junto a un banco en el Parque Lineal del Manzanares marcado con la ruta GR 124.
Juan García retrata a su compañero de Ecologistas en Acción Jesús Sánchez junto a un banco en el Parque Lineal del Manzanares marcado con la ruta GR 124. David Expósito

“El vagar parece un anacronismo”, dice el antropólogo francés David Le Breton en Elogio del caminar. Hacerlo ha pasado de ser una forma de desplazarse a convertirse en una actividad de recreo: “La manera en la que se denigra masivamente el caminar en su uso cotidiano y su revalorización paralela como instrumento de ocio son hechos que revelan el estatuto del cuerpo en nuestra sociedad”.

El cuerpo que deambula es sospechoso. Tenemos claro que los ciclistas que nos adelantan están haciendo ejercicio, pero cuando en el erial nos cruzamos con un señor vestido normal que arrastra un carrito de la compra, o con un viejo rockero que aparece de la nada… me pregunto, ¿qué hará aquí este? ¿Quién se transporta a pie por un paraje así? El vagabundo, el inadaptado, el loco.

Caminar es un acto radical. Lo es en las marchas y manifestaciones, y también en esta periferia de subestaciones eléctricas, huertos, casuchas hechas de sobras, campos de trigo y sol de justicia. Andar no es nunca productivo, “se opone a las poderosas exigencias del rendimiento, la urgencia y la disponibilidad absoluta en el trabajo o para los demás”, escribe Le Breton.

Un campo de cultivo con las bóvedas blancas de la depuradora de Butarque (Madrid) al fondo.
Un campo de cultivo con las bóvedas blancas de la depuradora de Butarque (Madrid) al fondo. David Expósito

Colonia de nidos de cigüeñas sobre el canal del Manzanares a la altura de la M-50.
Colonia de nidos de cigüeñas sobre el canal del Manzanares a la altura de la M-50. David Expósito

Juan y Jesús son la resistencia. Me interesan más sus batallas de activistas del caminar que la historia del canal de Carlos III. A finales de los noventa, tras el accidente de un amigo escalador, decidieron regalarle una ruta para salir de Madrid andando, porque igual a escalar no volvía. “Siempre acababas en una ratonera”, cuentan, “bloqueado por las infraestructuras que sostienen la ciudad, frenado por un nudo de autopistas o por vallas que privatizan caminos sin permiso”. Para “demostrar que hay alternativas y reivindicar los caminos históricos fagocitados por la lógica del coche” (y también por su amigo, tan vendado en el hospital que aún le llaman Tutankamon), los ecologistas pasaron años marcando con pintura blanca y roja la GR124, una ruta que llamaron Senda Real porque iba del Palacio de Oriente a Manzanares el Real (luego la alargaron hacia el sureste). Tuvieron “que montar algún pollo” admiten. La prensa acudía cuando se encadenaban a árboles, corrían por arcenes en calzoncillos o cortaban la M-30 para que cruzaran 100 personas. Una vez entraron con cizalla en un campo de golf para soltar dentro 1.000 ovejas y reclamar su derecho de paso.

Nuestro camino de hoy está todo marcado, no tienes que romper nada. Hay trechos hermosos, pero la magia del paseo no es su belleza, sino su liminalidad. Es un umbral entre lo urbano y lo rural, con una sucesión de encuentros marcianos.

Desde debajo de la M-50 —dos serpientes de cemento sobre pilotes que vibran enormes sobre nuestras cabezas— el tráfico suena a mar. Hay basura, unos neumáticos viejos, un váter roto entre hierba alta. En una de las columnas Vianca y William han grafiteado su amor que imaginas clandestino. Es un lugar perfecto para el trapicheo, para esconder droga o cobrar un secuestro. Aprietas el paso y, ni cien metros más allá, en la vega del canal, surgen de pronto unos árboles secos con una colonia de cigüeñas. Cincuenta, setenta nidos… Parece la aldea de los Ewoks, con sus casitas de palos. O África. Las aves largas y egipcias crotoran –un sonido de carraca– sobre el rumor de los camiones de Ikea.

El esqueleto de un coche quemado cerca de La Cañada Real, donde se acumula basura a los lados del camino.
El esqueleto de un coche quemado cerca de La Cañada Real, donde se acumula basura a los lados del camino. David Expósito

Una subestación eléctrica medio oculta por el bosque de ribera del río Manzanares.
Una subestación eléctrica medio oculta por el bosque de ribera del río Manzanares. David Expósito

Una y otra vez el paisaje campestre se ve interrumpido por uno de estos círculos concéntricos (las autopistas, las vías del AVE, la Cañada Real y su cicatriz de droga) que cierran la ciudad sobre sí misma. Puedes cruzar sin problema, pero los alrededores de estas fronteras son tramos inquietantes que huelen a vertedero, a depuradora, a donde esconde la ciudad sus miserias. Entremedias, hay hermoso campo duro castellano: conejos y mudas de serpiente, barro seco y fortines de la guerra en los cortados. Y al final del todo, a las siete horas de salir, cuando te sientes toda una exploradora porque has salido de Madrid a pata con 38 grados, tienes que cruzar la A-3 por el arcén de una rotonda que te devuelve a tu sitio. Arrinconada en la curva, no eres nadie frente a un camión con prisas. Al menos, al otro lado, hay un bar con cerveza helada para el consuelo.




Fuente: El Pais

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