Noche en blanco y poco más, de momento. Los líderes de la Unión Europea negocian desde las seis de la tarde del domingo el nombramiento del futuro presidente de la Comisión Europea, entre otros cargos, pero avanzan con grandes dificultades hacia una posición de consenso.

El único aspirante con posibilidades de éxito al comienzo del encuentro, el socialista holandés Frans Timmermans, se ha topado con las objeciones de los gobiernos del Partido Popular Europeo (PPE). El nombramiento de Timmermans supondría un giro de calado al frente de la institución más visible del poder comunitario, al pasar por primera vez en 15 años de un mandatario conservador a otro socialdemócrata. Pero los equilibrios de poder entre las tres principales familias políticas de la UE (populares, socialistas y liberales) mantienen por ahora en vilo el reparto de cargos.

Al filo de las 10 de la mañana, la candidatura de Timmermans parecía con posibilidades de salir adelante, según fuentes diplomáticas. El acuerdo in extremis que se busca podría pasar por otorgar a los populares tanto la presidencia del Consejo como la del Parlamento Europeo y dejar a los liberales la jefatura de la diplomacia comunitaria. Pero la decisión definitiva seguía pendiente de una delicada negociación y no se descartaba siquiera la posibilidad de nuevas rondas de contacto o, incluso, de una nueva cumbre europea.

El riesgo de un descarrilamiento de las negociaciones había crecido a partir del amanecer y empezaba a verse como muy elevado al cumplir 13 horas de reunión. La amenaza de una grave crisis institucional, con un choque de las grandes familias políticas sin precedentes, se cernía en la mañana del lunes sobre un club comunitario que afronta en los próximos meses la posible consumación del Brexit, el riesgo de una guerra comercial con EE UU, la negociación del marco presupuestario para 2021-2027 y los expedientes por la presunta deriva autoritaria de socios como Polonia o Hungría.

«Timmermans es el candidato que concita el apoyo de socialistas y liberales, pero los populares siguen sin encontrar el consenso entre ellos para apoyarlo», señaló una fuente diplomática a las ocho de la mañana del lunes, tras un sinfín de reuniones bilaterales y multilaterales organizadas durante toda la noche.

La profunda división de los conservadores parece condenar al fracaso la segunda cumbre europea organizada para repartir los altos cargos pendientes de renovación (presidente de Comisión, de Consejo, del Parlamento, del BCE y Alto Representante de Política Exterior). La anterior, el 20 de junio, también acabó en fiasco tras constatar que ninguno de los llamados spitzenkandidaten (candidatos designados por los partidos políticos antes de las elecciones al Parlamento Europeo) reunían los apoyos necesarios para ser elegidos como presidente de la Comisión.

Las negociaciones recuperaron pulso la semana pasada y, en particular, durante la cumbre del G-20 en Osaka (Japón). Los líderes de Alemania, Francia, España y Holanda, presentes en la ciudad japonesa, tejieron un principio de acuerdo que otorgaba la presidencia de la Comisión a Timmermans, spitzenkandidat socialdemócrata, y la presidencia del Parlamento al de los populares, el alemán Manfred Weber.

Pero el acuerdo se tambaleó durante la reunión del PPE previa a la cumbre de Bruselas. Buena parte de los populares se rebelaron contra el pacto suscrito en Osaka por la canciller alemana, Angela Merkel. La otrora omnipotente dirigente alemana se encontró con una inesperada hostilidad entre líderes hasta ahora proclives a aceptar los dictados de Berlín. La sensación de fin de era ante una canciller en franco declive político se apoderó de la cumbre del PPE y saltó poco después a la cumbre europea.

«Merkel no controla su partido y el asunto parece habérsele ido de las manos», lamentaba una fuente diplomática en los primeros compases de la cumbre. Las objeciones planteadas por los conservadores retrasaron el comienzo de la cumbre durante casi tres horas y media, hasta las nueve y media de la noche.

Y al poco de comenzar, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, constató que la cumbre avanzaba hacia el fracaso y suspendió la sesión para volver a los contactos bilaterales y a las reuniones por colores políticos.

Las idas y venidas se prolongaron desde las 11 de la noche hasta las ocho de la mañana, cuando se ha reanudado de nuevo el plenario con un desayuno de trabajo marcado por la fatiga y el desánimo de muchos de los asistentes. «Las posiciones apenas se han movido en toda la noche y seguimos en el mismo punto de desacuerdo», señalaba una fuente comunitaria. «Los populares siguen sin encontrar una posición común sobre la presidencia de la Comisión y así no se puede pactar tampoco el resto de cargos», añadía la misma fuente.

La larga noche ha dado espacio para numerosos encuentros de coreografía y composición variable. Muchas de las citas han tenido en la delegación española, prueba del protagonismo adquirido por el presidente del Gobierno español en funciones, Pedro Sánchez.

Sánchez, que asumió la representación de los socialistas tras las elecciones del 26 de mayo, concertó sus esfuerzos, sobre todo, con el presidente francés, Emmanuel Macron, cabeza visible de los liberales. Ambos lideran la ofensiva para forzar la alternancia política en la Comisión Europea tras 15 años de presidencia ininterrumpida del PPE.

Una parte del PPE, incluida Merkel y el propio Weber, parecen dispuestos a ceder el relevo del poderoso organismo al candidato socialista. El presidente saliente de la Comisión, el conservador Jean-Claude Juncker, también se mostraba abierto a ser sustituido por Timmermans, que ha sido su vicepresidente primero durante la pasada legislatura. Para vencer las últimas resistencias, incluso se le llegó a ofrecer al PPE presidir el Consejo Europeo, la segunda institución con más visibilidad de la UE, que representa a los Estados miembros.

Porque en la reunión del PPE surgieron con fuerza los partidarios de reclamar la presidencia de la Comisión, aduciendo que han ganado las elecciones europeas (con 182 escaños) y que han sido la fuerza más votada en 15 de los 28 países de la UE. La actitud de Merkel, que negoció un reparto de cargos con socialistas y liberales al margen de las directrices del partido, también ha soliviantado a los conservadores. La misma estrategia de la canciller hubiera pasado desapercibida hace solo unos meses. Pero con la líder alemana en su último mandato y entre serias dudas de que pueda agotarlo su voluntad ha dejado de ser incuestionable.




Fuente: El Pais

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