Nueva fase del conflicto catalán: final de legislatura, defenestración de moderados en el PDECat, infranqueables líneas rojas o lazos en el Palau, todo apunta al regreso de la unilateralidad. Nada que objetar. Cualquiera es libre de decidir lo que cree le convenga. Pero toda opción debería basarse en una clara comprensión de sus costes y beneficios.

Algo de lo que podría sucedernos lo ilustra el Brexit. Y aunque es cierto que no sabemos cómo terminará Gran Bretaña y que, además, el caso catalán es ciertamente distinto, las similitudes entre ambos procesos son relevantes. Déjenme destacar algunas.

Primero, en la falta de consideración de los que no comparten la visión dominante. Philip Stephens afirmaba hace poco en el Financial Times que la voluntad del pueblo, mencionada siempre por May, refleja más la visión de un demagogo que la de un demócrata. Y se lamentaba que el 47% de los que votaron por quedarse en la UE sean “ciudadanos de ninguna parte”, a diferencia del “pueblo”, es decir, el 52% que sí apoyó el Brexit. Segundo, en la honda fractura social que refleja esta división. De hecho, parece que ni un segundo referéndum permitiría solventar el frontal antagonismo que ha emergido entre los británicos acerca de su futuro. Esa fractura está ahí, y ahí va a permanecer, porque traduce la ausencia de consensos básicos y el auge de la radicalización. Tercero, y como reflejo de lo anterior, en la implosión de los principales partidos, escindidos cada vez más en sectas que exigen tests de pureza. Finalmente, en el potencial descalabro económico y social de un hard Brexit. Me reconocerán que parte de lo anterior tiene, desde Catalunya, un ­aire de déjà-vu.

Pero supongan que el Brexit termina en acuerdo. Habrá que recordar entonces que nada habría finalizado: sólo será el inicio de la discusión acerca de la futura relación entre Gran Bretaña y la UE, que, a la luz de los acuerdos UE-Canadá o UE-Japón, se extenderá varios años.

¿Y nosotros? Pues sumen a esas similitudes substanciales diferencias: ausencia de moneda propia y de banco central, y mayor integración financiera, monetaria y comercial con el resto de España y la UE. Y apliquemos la secuencia del Brexit: incluso con una separación pactada, la salida de la UE, la instauración de fronteras o el abandono del euro serían inevitables consecuencias iniciales. Posteriormente vendría, se supone, la petición de ingreso en la UE y la eurozona. Y, no se sabe cuándo, la respuesta ­europea final.

¿Unilateralidad? ¿Acuerdo de separación? La experiencia británica muestra que, incluso en este segundo caso, las barreras que aparecerían serían de difícil superación. O quizás no lo parezcan, si no preocupa que se quiebren las esperanzas y proyectos de gran parte de la ciudadanía por un largo periodo.

Por ello, si regresa la propuesta unilateral, espero que esta vez sus defensores tengan la valentía de explicarnos, a partidarios y contrarios de la secesión, lo que nos podría aguardar.




Fuente: LA Vanguardia

A %d blogueros les gusta esto: