Un privilegio. Eso representa disfrutar en directo del desfile que Carolina Herrera celebró en la semana de la moda de Nueva York este lunes. Un evento que destilaba la auténtica esencia de la ciudad, tanto por su ubicación —en unos Battery Gardens flanqueados entre el río Hudson y los rascacielos— como por la colección de Wes Gordon —su director creativo desde hace un año y medio—, que constituía una inteligente evolución del discurso creativo de su fundadora. Pero, como todo privilegio, este también se está cuestionando. Hace ya más de un lustro que las redes sociales se convirtieron en un canal instantáneo, eficaz y barato para dar a conocer cualquier propuesta de moda a una audiencia global. Pero las marcas más prestigiosas, y en general casi todas las que pueden permitírselo, continúan apostando por los arcaicos, carísimos y estresantes desfiles.

Y aunque, en muchos casos, se hayan convertido en máquinas de generar contenido para Instagram o de atraer la atención sobre sus webs, lo cierto es que siguen constituyendo la principal herramienta de comunicación de las firmas, en torno a la giran el resto de sus eventos y campañas. Y, por supuesto, las semanas de la moda, dadas por muertas hace años, y que siguen adelante aumentando su número de participantes y el dinero que dejan en las ciudades donde se celebran cada seis meses. Se calcula que la de Nueva York, que termina el próximo miércoles, genera unos beneficios de más de 450 millones de euros gracias a las reservas de hoteles, restaurantes y, por supuesto, compras.

El aforo de los desfiles resulta ridículo en la era de los followers. El de la presentación de Carolina Herrera era de 400 invitados; y el de Tommy Hilfiger, de más del doble. Cerca de 1.000 afortunados que disfrutaron en el mítico teatro Apollo de Harlem de la fiesta funky organizada por la actriz Zendaya, directora creativa de esta colección. Pero dependiendo del asiento asignado, los looks se aprecian mucho mejor Internet mediante que en directo. En la geopolítica de la moda, la fila representa la importancia que la marca da al medio, periodista, influencer o comprador: en la primera, están los líderes de opinión, y de pie —lo que llaman standing—, aquellos que no son dignos de ver los zapatos o cualquier cosa que haya por debajo de la rodilla de los modelos.

Los días siguientes al desfiles, las marcas organizan los resees (volver a ver): citas individuales en las que se puede contemplar la ropa de cerca y recibir una explicación sobre la inspiración y el trabajo que esconde la propuesta. Así que la pregunta se formula por sí misma: si las modelos se ven mejor (generalmente) en la web, si y los compradores y periodistas pueden apreciar la ropa al detalle en los showrooms, ¿para qué sirven en 2019 los desfiles?

«Son momentos de fantasía y romanticismo únicos. Son muy importantes para dotar a tu proyecto de una narración. Pero también hay un montón de formas distintas de mostrar tu trabajo y se puede ser muy creativo en la forma de hacerlo», explica en el backstage Wes Gordon. La historia que el diseñador estadounidense ha contado este lunes ha sido una de las mejor concebidas de la semana de la moda de Nueva York. Un relato coherente que propone un guardarropa para una mujer que no solo va a fiestas, sino que también trabaja y tiene una vida diurna. Sus vestidos de siluetas limpias con flores bordadas, faldas largas con alegres estampados y pantalones palazzo constituyen un spin off sin fisuras del legado de la fundadora de la marca.

El empeño de las firmas en gastar cantidades ingentes en los desfiles es la última prueba de que la magia y el deseo de los que hablaba Gordon aún resultan necesarios para vender ropa. Son los únicos elementos que justifican semejante despliegue. Y cuando una presentación carece de ellos, cuando no es un espectáculo creativo —o un espectáculo a secas— pierde todo sentido. Como sucedió en el desfile del domingo de Jason Wu, que consistió en ver cómo la versión top model de una treintena de invitadas de boda se probaba los vestidos para una ceremonia de tarde.

Al menos, Tommy Hilfiger supo como convertir una sucesión de pantalones de pata de elefante y americanas de terciopelo. Con música en directo y con modelos mayoritariamente afroamericanas y de distintas tallas bailando en un escenario que recreaba el Harlem de los años setenta. Cierto que el resultado fue una reinterpretación bastante estereotipada, casi Disney, del movimiento black power, pero también que consiguió acaparar toda la atención. 

La moda es política

La política se entretejió con la colección del diseñador estadounidense Prabal Gurung antes incluso de que fuese presentada el pasado domingo. El creador de origen nepalí había escogido la imperial zona de Hudson Yards para celebrar su 10º aniversario en las pasarelas. Pero al descubrir que el promotor de este proyecto inmobiliario es uno de los principales benefactores de la campaña electoral del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió renunciar a esta localización en protesta por la política migratoria del republicano.

Gurung prefirió trasladar el evento a los insípidos Spring Studios y allí, desplegó lo que pretendía ser una revisión contemporánea de la estética folk: una puesta en escena que concluyó con todos los 60 modelos —hombres y mujeres de distintas razas y tallajes— ataviados con una banda de Miss en la que se podía leer el mensaje “¿Quién consigue ser americano”. Si la vida te da limones…




Fuente: El país

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